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  • Foto del escritor: Caminando hacia la Paz
    Caminando hacia la Paz
  • 5 oct 2023
  • 1 Min. de lectura

De la tercera sesión de los conversatorios "Transformación de conflictos, justicias, no violencia activa y cohesión social", realizada por la Comunidad de práctica Caminando hacia la Paz, en abril de 2023, el padre Jesús Mendoza, Coordinador de la Pastoral Social de la Arquidiócesis de Acapulco, Guerrero, nos invita a reflexionar sobre la No violencia activa para transformar nuestras sociedades.


Caminando hacia la Paz - Comunidad de Práctica

© 2023

 
 
 
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    Caminando hacia la Paz
  • 5 oct 2023
  • 11 Min. de lectura

Un testimonio del Evangelio hecho carne y de optimismo transformador


“Y hablo de países y de esperanzas,

hablo por la vida, hablo por la nada,

hablo de cambiar ésta, nuestra casa,

de cambiarla, por cambiar, nomás.


¿Quién dijo que todo está perdido?

Yo vengo a ofrecer mi corazón”. Fito Páez


Las realidades sociales nos abarcan a todos los seres humanos; nos mojan, nos moldean, nos mueven, nos transforman a lo largo de nuestras vidas, de una u otra manera. Y el experimentar, el conocer o el darse de frente con esas realidades, que muchas veces van más allá de nuestro contexto cercano y de nuestra zona de comodidad, o nos hace comprometernos con la vida, o nos convierte en indiferencia hecha carne, en muro insalvable que frena la posibilidad de mejorar nuestras mismas condiciones de existencia y las de los demás seres que nos rodean. Optar por lo primero, siempre, desde la esperanza, desde la persistencia, desde el corazón, desde el respeto por la dignidad y la integridad con todas las personas, desde la corresponsabilidad con nuestra casa común, es lo que identifica a los y las caminantes de paz.


Siendo niño, el sacerdote costarricense Francisco Hernández Rojas –o mejor, el “Padre Chico”, como lo reconocemos con cariño (por cómo se le dice a los Franciscos en su país)– creció en un entorno que más que una familia formada por padres y ocho hijos (tres mujeres y cuatro hombres), era un micromundo de intercambio constante de ideas diversas e, incluso, opuestas, sobre situaciones políticas y comunitarias lejanas y próximas, y sobre alternativas o estrategias para modificar aquello que se veía como injusto e inhumano; nació en 1956, año de guerra fría, pruebas de bombas nucleares, independencias no necesariamente pacíficas entre territorios, enfrentamientos entre el capitalismo y el comunismo… múltiples asuntos problemáticos que se volvían agenda de conversación constante e inevitable en su hogar. Y tal vez por eso aprendió que esa pluralidad de visiones, posiciones y propuestas, en lugar de dar paso al conflicto, podía llegar a ser una gran posibilidad para dialogar y compartir, descubrir, crear y trascender en el paso por este mundo, ayudando a los demás.


Recuerda Chico que en su hogar (en Cartago, ciudad natal) era normal escuchar y hablar con frecuencia de filosofía desde los planteamientos de Platón o de otros pensadores clásicos o más contemporáneos, de marxismo o capitalismo, de la caridad desde los principios de los franciscanos o de la contemplación desde los capuchinos… y ese popurrí maravilloso “te hace crecer con una cabeza muy abierta, escuchando diversas formas de pensar y, al mismo tiempo, reconociendo que somos distintos en los esquemas”, y añade: “éramos totalmente diversos en el mundo de las ideas, pero totalmente unidos en el mundo de la familia; pese a que había diferencias, estábamos por encima de esas ideas, defensas y convicciones particulares. Eso, de alguna manera, te ayuda a ir gestando el reconocimiento del valor de las otras personas”.


En él, tal reconocimiento se fue agrandando y consolidando a medida que crecía, al igual que sus inquietudes sociales. En gran parte, como él afirma, por su pasión por diferentes artes –“sobre todo teóricamente, porque no tengo ninguna facultad artística”, confiesa con humor–, lo que considera que da pie a tener una sensibilidad social especial por los otros seres humanos y por lo que expresan. En parte, además, por su gusto por el cine de la época, que no en pocas películas reflejaba las consecuencias de las guerras mundiales, lo cual lo acercó, casi sin darse cuenta, a la Doctrina Social de la Iglesia. En parte, también, por su llegada a la Universidad de Costa Rica, donde cursó cuatro años de ingeniería civil y otros de filosofía. Todo ello, entonces, determinó su vocación y su camino, pues pese a lo previsto, tomó nuevos rumbos para asumir un compromiso más activo con aquellas situaciones de injusticia que percibía y que no le eran indiferentes, comprometiéndose con el sacerdocio:

Esa confluencia empezó a darme cierta inclinación hacia algo que yo andaba buscando, y era encontrar cómo lograr una simbiosis entre ese mundo vinculado a la búsqueda de la justicia social, y una experiencia de fe propia. Entro, entonces, al Seminario Mayor, y empiezo a enlazarme, aún más, a la proclama de la equidad, la justicia, los derechos humanos, especialmente participando en la Pastoral Social, todavía siendo seminarista.


Pero si algo lo llevó a abrir la puerta, y salir a caminar por la paz, sin duda, piensa él, fueron algunos hechos claves que le hicieron cuestionarse sobre cómo vivir su vocación: estudiar Pacem In Terris, sobre la paz entre todos los pueblos que ha de fundarse en la verdad, la justicia, el amor y la libertad; conocer personalmente a S.S. Juan XXIII, autor de dicha carta encíclica, y constatar la coherencia entre su estilo de vida y sus palabras; asistir al Segundo Encuentro Latinoamericano y del Caribe de Derechos Humanos, organizado por el Consejo Episcopal Latinoamericano y Caribeño (CELAM), donde hizo presencia Luis Pérez Aguirre, “Perico, un gran maestro” (jesuita promotor y defensor de los derechos humanos), y acercarse a las posturas de la Teología de la Liberación desde la visión latinoamericana.


Yo me ordeno sacerdote en 1984; aún era estudiante de Filosofía en la Universidad de Costa Rica. Por eso, el arzobispo me envía allí a ejercer la Pastoral Juvenil, desde la parroquia universitaria. Tiempo después, surge la posibilidad de viajar a Lima a estudiar Teología Latinoamericana, y ahí me acerco a la Liberación, gracias al padre Gustavo Gutiérrez Merino Díaz. Yo había leído su obra en el seminario, pero tuve la fortuna de ser su alumno […].

Al regresar, me designan director, en la Arquidiócesis de San José, de la Pastoral Social-Cáritas; ahí estuve hasta el año 95. Después pasé a ser el secretario ejecutivo de la Pastoral Social Cáritas de la Conferencia Episcopal, hasta el 99, cuando el arzobispo me comunicó que había sido designado por el CELAM como Secretario Ejecutivo del Departamento de Pastoral Social; feliz memoria, porque hoy ya no existen los departamentos en el Consejo Episcopal. Allí continué la obra de otro gran maestro, como es el padre Leonidas Ortíz, compañero, hermano y amigo maravilloso […].


Todo eso, entonces, empieza a inclinarme hacia los derechos humanos desde una dinámica transversal (será después Juan Pablo II el que nos dirá que es ése el eje vertebrador de la pastoral social) y a acercarme a esas tres grandes autopistas del magisterio social, especialmente a las dos primeras (que eran de las que se hablaba a finales de los 70): la relación trabajo-capital, los derechos humanos vinculados al concepto de desarrollo, y la relación con la ecología y el medio ambiente. Todo ello, iluminado desde textos como Pacem In Terris –promulgado por Juan XXIII, 1963–, Gaudium Et Spes –por el Papa Pablo VI, 1965– y, ya, más recientemente, Laudato si' –sobre el cuidado de la casa común, del Papa Francisco, 2015–.


La búsqueda de la defensa y la comprensión integral de los derechos humanos guio su paso por el Secretariado del Departamento de Pastoral Social del CELAM (1999-2003), y más adelante, su desempeño como Coordinador Regional de Cáritas de América Latina y El Caribe, servicio que le fue comunicado por el actual cardenal de la Ciudad de México, Carlos Aguiar Retes, por aquel entonces secretario general del Consejo.


Su vida en Costa Rica, primero, y después ese ministerio en el Consejo Episcopal Latinoamericano y Caribeño (entre 2003 hasta 2007, en una primera etapa, y luego entre 2011 y 2023, en la segunda), fue, pues, lo que le permitió permearse, ver en vivo y en directo, convivir y acercarse a las realidades y problemáticas disímiles de nuestra región.


En 2007, el arzobispo de mi país me pidió regresar para sustituir al padre director del Instituto de Formación en Doctrina Social de la Iglesia, Escuela Social Juan XXIII, en mi país, pues desde allí se hacía un trabajo fundamental con organizaciones de trabajadores y con el sector empresarial, desde los principios del Evangelio y de las teorías de la Responsabilidad Social Empresarial. Pero en 2011 regreso al Secretariado, siempre en coordinación y comunión con el CELAM y el CEBITEPAL, hasta el 30 de junio del 2023.


Es, pues, esa larga experiencia lo que le ha permitido enfrentarse a grandes retos de la Iglesia. Entre ellos, las dos últimas reestructuraciones del CELAM; el desarrollo de la Fase Continental del Sínodo (tiempo de escucha y discernimiento de todo el Pueblo de Dios y de todas las diócesis que conduce a una serie de asambleas regionales, para seguir construyendo la Iglesia sinodal en comunión, participación y misión), aún en desarrollo; el dilucidar, orientar y poner en práctica una Coordinación General que, desde las bases de la Iglesia, introyecte y ponga en práctica el principio fundamental de Pastoral Social, la dignidad de la persona, desde una postura crítica y constructiva.


Así mismo, esa perspectiva al servicio en Latinoamérica y el Caribe es lo que le ha permitido compartir el sendero del compromiso y el activismo transformador con grandes caminantes de paz, como lo son monseñor Héctor Fabio Henao, el mismo Luis «Perico» Pérez Aguirre, o sus compañeros y compañeras de Cáritas y el CELAM, entre muchos otros, para aportar, con ellos y ellas, a la transformación de heridas y circunstancias complejas que tienen que ver, entre otros asuntos, con las dinámicas de las nuevas economías en el marco del desarrollo humano integral y de las construcciones de la paz; los procesos de reconciliación en países como Guatemala, El Salvador o Colombia; la formación de laicos y religiosos comprometidos con una pastoral viva y en ejercicio; con el diseño y puesta en marcha de estrategias para la atención a las personas que viven tipos variados de violencias.


De ahí que su memoria sea una caja repleta de recuerdos que son valiosas enseñanzas para quienes escuchamos sus anécdotas:


Han sido muchas… Quiero recordar, por ejemplo, la lucha pacífica de unas comunidades de la zona Brunca, en el Pacífico sur de Costa Rica, que, lideradas por una mujer maravillosa, Pilar Ureña, lograron hacer frente y detener la penetración de una empresa que quería explotar la fuerza hidráulica en nuestros ríos; fue una linda y una hermosa articulación para ganar una primera batalla para frenar ese tipo de violencia contra nuestra casa común. Y gracias al poder de la organización, a la articulación comunitaria pensando en el bien de todos y todas, se ganó.


También me acuerdo del poder de participación y organización de un grupo de campesinos, pequeños caficultores, también en mi país, que se unieron para competir con grandes productores, pero defendiendo un cultivo ecológico, amigable con el ambiente. Prefirieron, por ejemplo, sacrificar y arrancar sus sembrados y perder la cosecha para limpiar y sanar la tierra… Trabajamos con ellos y hoy son una gran cooperativa exportadora de café orgánico a Europa; un caso testimonial, sobre todo por insertarse en la economía desde una producción en equilibrio con la naturaleza y caracterizada por la ayuda mutua […].


Valoro, además, experiencias al activar la vida sacramental, no necesariamente desde el templo, obviamente lugar privilegiado, sino desde otros lugares en los que podemos llevar y vivir la Palabra, como lo son las calles, las plazas, los mercados, las fábricas. O los Foros Sociales Mundiales, donde compartimos con diversas organizaciones de economía solidaria y economía popular; las Ferias Mundiales de Economía Solidaria, los encuentros de memoria histórica en diversos países, o las experiencias que buscan transformar la educación desde dinámicas de formación popular […].


En todas entendí lo que es realmente ‘vivir en abundancia’, y que el desarrollo social y humano es una dinámica muy distinta, desde una economía neoclásica, pues es más que un intercambio de bienes: lo es de valores… Por eso, deberíamos defender la economía del don.


Finalmente, de forma muy especial, una experiencia con una comunidad que considerábamos ‘muy pobre’, en la Amazonía. Les pregunté, desde el modelo que yo tenía en mi cabezota sobre lo que es la pobreza, qué consideraban que era ser pobre. Y la respuesta me sorprendió: ‘Aquí no hay pobres, porque todos vivimos en comunidad’… en sus palabras, me explicaron que en comunidad se protegían, se asumían, se sentían amados, se sentían valorados, se recreaban… No recuerdo haber padecido ahí hambre; en cambio, sí, los espacios y momentos de intercambio, de caminar con ellos, de conocer sus procesos formativos. Yo recuerdo que desde el seminario yo rezaba cada noche el Cántico de Simeón (Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has prometido, porque mis ojos han visto la salvación…) pero cuando terminé de vivir esa experiencia, fue cuando me convencí de que ahí, en ese lugar, con toda su limitación, había visto realmente al Señor asumido y seguido en una comunidad; antes no tenía conciencia de que una comunidad viviera el Evangelio y fuera un testigo para mí de la Salvación en sentido comunitario, pero ahí lo vi tangible.


En fin… son muchos los momentos donde he podido dimensionar a ese Jesús servidor, a ese Jesús rey, a ese Jesús profeta, con ese Jesús que se celebra. Donde me he topado con la fuerza de su Palabra; todos han sido muy significativos.


Y es por esa fuerza que no pierde la esperanza de superar obstáculos que dificultan la edificación de la paz, como lo son, para él, los modelos de desarrollo humano y sociales que privilegian estilos de vida, “absolutamente violentos porque promueven una cultura de la indiferencia y la inequidad”, como lo explica. Del mismo modo, los desafíos que conllevan los modelos económicos que van en contra de la solidaridad, del bien común, de la sostenibilidad social y ambiental, y de los derechos humanos económicos y culturales.


Para Chico, también son piedras y derrumbes en el camino los modelos educativos que solo buscan preparar a los seres humanos para aportar a esos modos económicos dañinos, que solo enriquecen a unos y empobrecen a la mayoría, al basarse solo en el desarrollo de ‘competencias’, de habilidades para el hacer, descuidando el ser individual y el ser en comunidad, y al tratar de homologar y globalizar las culturas, acabando con quien piensa diferente, con quien es culturalmente opuesto y con el valor de lo local. Por eso, defiende la propuesta del Pacto Educativo Global que hizo el Papa Francisco, en 2020, pues para él “es una opción fantástica para ver si podemos considerar al ser humano como sujeto de su propio destino y desarrollo, no como un depósito en el que hay que meter una serie de conocimientos que favorece a un determinado modelo de sociedad, sino un ser con compromiso social y ambiental”.


Además, se preocupa por esas miradas y juicios que, incluso desde la misma Iglesia, no promueven la equidad de todas las personas, no solo de hombres y mujeres, sino también de quienes se consideran de otros géneros, pues defiende férreamente que “como personas, son sujetos de derechos, y por eso tenemos que reconocerlos desde la igualdad, la equidad y la dignidad, dentro del desarrollo social, pues la vida está por encima de las ideas y de las doctrinas, y porque todos y todas somos hijos amados por Dios”, afirma.


Nos advierte, igualmente, sobre los peligros que acechan a la paz y la democracia, pues ve tanto en las derechas, como en las izquierdas actuales (de las que se siente decepcionado), propuestas radicales, acciones e ideologías que nada tienen que ver con el sentido y el compromiso con lo social; partidos y gobiernos que más que unir, dividen, sin un corpus de ideas que lleven a la concertación social, por eso clama por la organización y cohesión comunitaria y la participación de la sociedad civil, como forma organizativa.


Finalmente, se preocupa por los fenómenos migratorios, en especial por aquellos que se producen debido a razones ambientales, los menos atendidos, además de aquellos ocasionados por los conflictos y la pobreza. Por eso, sugiere, es necesario promover la dignidad humana en armonía con los territorios y con el medio ambiente.


El Padre Chico anima a quienes a veces nos sentimos cansados, impotentes y paralizados con esas y otras situaciones de profunda injusticia, desarticulación social e indiferencia, pues “por lo que he vivido en estos años, palmo a palmo, codo a codo junto a comunidades sencillas, en lugares sencillos, con profundas dificultades, puedo afirmar que sí es posible transformar el mundo, hacer todo lo contrario a las violencias, construir una paz viva protegiendo los derechos humanos y del planeta”.


Por eso, el Padre Chico es un caminante de paz a seguir, a quien agradecemos sus muchos años de entrega a su país y a nuestra región, pues es ejemplo de compromiso con la vida, Evangelio hecho carne y ejemplo de optimismo y servicio transformador: “¿Quién dijo que todo está perdido, yo vengo a ofrecer mi corazón?” (nos canta con una enorme y franca sonrisa). “La paz, pese a los enormes problemas, es posible. Solo sigamos ofreciendo el corazón en esos procesos comunitarios, en esas redes de comunión y de solidaridad”, nos deja como reflexión el gran caminante de paz Pbro. Francisco (“Chico”) Hernández Rojas.


Para más información, consultar: CELAM (2023). Video Rostros y Voces: Pbro. Francisco Hernández, balance de su gestión en Cáritas Latinoamérica. https://www.youtube.com/watch?v=eS1Vx9rpEuo

Textos: Gloria Londoño Monroy

2023

 
 
 
  • Foto del escritor: Caminando hacia la Paz
    Caminando hacia la Paz
  • 15 sept 2023
  • 10 Min. de lectura

Fundación El Buen Pastor, con acompañamiento de Catholic Relief Services: Su experiencia al implementar la metodología ¡Mujer, no estás sola!


"GAM ha transformado mi vida en una mujer más entregada a sí misma, a mi personalidad, a mi físico, a mis emociones. Yo puedo compartirles a otras mujeres que no podemos dejarnos maltratar, ni violentar, ni que nos bajen la autoestima, por ninguna cosa que esté pasando; que sí podemos tomar nuestras decisiones. En lo espiritual, me ayudó con muchas experiencias a conectarme con Dios y conmigo misma, participante Seccional Cartagena (Colombia).


Mujer, no estás sola! es una metodología impulsada por Catholic Relief Services – CRS, basada en evidencia, que busca brindar atención psicosocial integral (primaria, secundaria y terciaria) a quienes se han visto afectadas por los impactos nocivos de las violencias, haciéndolo mediante un proceso con enfoque vivencial que promueve vínculos sanadores de conversación y soporte emocional gracias a la participación e integración en los Grupos de Apoyo de Mujeres (GAM).


En 2021, la Fundación Internacional del Buen Pastor (GSIF, por sus siglas en inglés), en alianza con CRS, comenzó a promover el uso de la metodología en las provincias de la Congregación Nuestra Señora de la Caridad del Buen Pastor de América Latina, para responder al llamado urgente que clamaban cientos de mujeres que buscaban recibir ayuda debido a dolorosas situaciones de violencia; en aquel momento, incrementadas por el contexto de pandemia.


La Fundación el Buen Pastor (FBP), con presencia en seis ciudades de Colombia y dos de Venezuela, obra de la Congregación, hizo parte del proceso inicial de formación de formadoras, y desde entonces aplica la metodología en su provincia.


Conversar con la hermana Adriana Patricia Angarita, directora de la FBP, y con Laura Valeria Zapata, coordinadora de Programa y Planeación, nos permite aprender de esta significativa experiencia a partir de un testimonio real de cohesión, organización y empoderamiento de mujeres resilientes:


Lo primero que hicimos fue participar de la formación regional ofrecida por CRS a organizaciones hermanas en América Latina; participamos responsables psicosociales, coordinadoras y religiosas por parte de la Fundación. Por la pandemia, la formación fue virtual, pero luego, en 2022, nos reunimos en Medellín (Colombia), donde se hizo un encuentro formativo que culminó con la certificación como facilitadoras. Este proceso de formación presencial fue financiado por CRS contando con la participación de hermanas, colaboradoras y voluntarias de la fundación, en la que se certificaron un total de 30 mujeres.


Producto de ello, iniciamos un ejercicio de irradiación de lo aprendido en nuestras seccionales, desde una modalidad híbrida (presencial y virtual). En Colombia, solo se había certificado, en la primera formación, una mujer como facilitadora por cada ciudad, así que lo que hicimos fue que ella, con otra compañera formada en otra ciudad, pudiera acompañar un grupo que, si bien tenía unas sesiones presenciales, tenía otras remotas, aprovechando recursos tecnológicos y metodológicos que promueven la participación, la cohesión y la escucha durante la experiencia. Después, facilitamos otros grupos en Venezuela y Colombia de forma completamente presencial.


Desde entonces, en Colombia hemos hecho réplicas en Medellín, Manizales, Palmira, Cúcuta, Cartagena, Bogotá y recientemente comenzamos también en Cali. En Venezuela, solo en Caracas, pero estamos analizando la viabilidad para comenzar en Barquisimeto, nos cuenta Laura Valeria.

La experiencia inicial de formación de facilitadoras ha dado como resultados cuantitativos, hasta el momento, el acompañamiento a 172 mujeres, quienes han vivido la propuesta metodológica en grupos conformados por 15 a 20 participantes. Gracias a ello, como nos cuenta la hermana Adriana, se ha podido complementar y vigorizar la apuesta hecha por la fundación, en coherencia con la opción apostólica de su misión de trabajar con mujeres expuestas a las violencias o que viven condiciones de exclusión, para que “puedan transformar esas creencias que las han llevado, muchas veces, a justificar esas relaciones de violencia que viven no solo en su dimensión doméstica, por violencia física y/o psicológica, sino también violencias que se gestan y manifiestan en las comunidades”, brindándoles la oportunidad “de que analicen las causas estructurales de lo que viven, y de que visualicen, construyan y pongan en práctica, de forma autónoma, pero con ayuda mutua, discursos, mecanismos y decisiones que transformen para sí mismas, y para otras mujeres, esas relaciones, ideas y costumbres dañinas”, aclara Laura Valeria.


Para la misma hermana, optar por la implementación de ¡Mujer, no estás sola!, e integrarla con otras metodologías, estrategias y programas de la FBP que se orientan a mujeres, ha sido muy valioso, en tanto ha permitido, de una forma holística, abordar asuntos complejos que son como raíces gruesas y profundas de problemáticas frecuentes en estos dos países:


Nos hemos encontrado con violencias patentes en los contextos, pero más allá de ello, con algo más preocupante, y es que, en el discurso y hablar de muchas participantes, no se reconoce que se viven [dichas violencias]. A veces no hablan de ellas. A veces, no asocian ciertas acciones, actitudes u omisiones que hacen parte de las violencias con ellas, o directamente las excluyen como manifestaciones de las violencias. Eso genera todo un ejercicio de legitimación de esas relaciones malsanas de poder en las que han crecido y que viven en desventaja.


Adicionalmente, especialmente en territorios de frontera, también nos hemos encontrado con las caras de lo que ha significado la migración insegura, pues supone el inacceso a los derechos de las mujeres, por una parte, y por otra, la vulneración y transgresión de estos en las relaciones fuertes y en los espacios en los que se ven obligadas a vivir. Por ejemplo, al tener que compartir una misma habitación, vivienda o refugio, en condiciones de hacinamiento, con varias familias o personas que, en ocasiones, ni siquiera conocían; pierden sus entornos de confianza, la libertad y la privacidad, y se exponen a muchas situaciones de agresión y maltrato.


Así mismo, especialmente en el caso de las venezolanas, hay otros asuntos muy preocupantes. Uno es la inseguridad patrimonial y económica que viven tanto quienes emigran de forma irregular, por la explotación que sufren debido a que deben conseguir recursos, como sea, no solo para ellas mismas sobrevivir, sino para sostener a sus hijos o familiares en el país que abandonaron, como, también, para las mujeres que se quedan: madres que se enfrentan a la vejez totalmente solas, desamparadas por sus hijos, hijas o familiares; abuelas que deben hacerse cargo de los hijos e hijas de quienes se marcharon del país; hermanas muy jóvenes que deben asumir el rol de madres y cuidadoras de sus hermanos o hermanas. Se crean para todas cargas muy pesadas, económicas y emocionales, estrés y, por supuesto, graves afectaciones sobre la salud.


Otro es la violencia simbólica por la estigmatización que hay alrededor de la estética de las mujeres venezolanas, pues por los imaginarios y los estereotipos creados y reforzados a lo largo de los años, a veces sufren no por falta de dinero para alimento, sino porque tienen una presión muy alta relacionada con el sentirse bonitas, con maquillarse, pintarse el cabello y asumir su cuerpo en ese entorno cultural que las obliga a ser y estar siempre hermosas. Eso no solo las lastima en el ámbito psicológico, en su autoestima, sino que refuerza violencias machistas, las induce a la prostitución o explotación sexual, o propicia la seducción a cambio de una ayuda. También produce violencia por parte de otras mujeres no migrantes de otros países, que sienten que las venezolanas migran para quitarles a sus parejas y sus oportunidades laborales, describe la hermana.


Así, lo que les ha desvelado la metodología a las participantes, en estos casos, han sido las múltiples formas de violencias que hacen parte de las vivencias constantes de cientos de mujeres, su relación sistémica, sus causas y consecuencias; a las facilitadoras, por su parte, el reconocimiento de situaciones que difícilmente se verbalizan y que caracterizan las vivencias de quienes participan en sus grupos:


El abuso es mucho más frecuente de lo que uno se imagina, porque generalmente solo se reconoce cuando hay violencia física, que es la punta del iceberg. Incluso, muchas mujeres creen que no hay violencia si no hay maltrato corporal. Pero aparte de las violencias físicas, hay otras que son las más difíciles de reconocer, como las simbólicas, las gestuales, las expresadas con el lenguaje, las que vienen de la cultura de las comunidades, o las que se regularizan en los medios de comunicación.


A veces no las nombran porque no las reconocen. Otras, porque cuando manifestaron el abuso no hubo ninguna reacción protectora de la familia (o de personas responsables de ciertos entornos, como los laborales, o de ciertos procesos, como los legales). Otras, porque en algunas comunidades los límites son muy difusos, y no comprenden que los límites sobrepasados son formas de violencia. Incluso, porque fueron condicionadas a no expresar aquello que duele, al crecer escuchando de sus propias familiares mujeres frases como “la ropa sucia se lava en casa”. O bien, por temor a ser culpadas o responsabilizadas de lo que les sucedió o lo que les sucede.


Así, callan cosas dolorosas por vergüenza, por costumbre, porque no alcanzan a identificar que no son responsables de las agresiones, porque no han recibido apoyo de sus otros familiares cuando se han atrevido a hablar, porque las respuestas institucionales ante los abusos han sido inadecuadas o inexistentes, o por temor a ser criticadas o rechazadas por sus entornos y comunidades cuando se rebelan contra el ‘deber ser’ establecido.


Por otra parte, es más frecuente narrar las propias situaciones de violencia cuando se vivieron en el pasado, pero no es fácil que salgan y se reconozcan cuando se viven aún.


Y, además, es más fácil reconocer las violencias que vienen de parte de otra u otras personas concretas, que de las comunidades e instituciones. Es el caso de las mujeres en Cartagena, pues su entorno las lleva a ser madres siendo adolescentes o muy jóvenes, por presión social y cultural; a repetir costumbres por esa influencia de la comunidad, explica la hermana.

Por eso mismo, Laura Valeria resalta que la metodología, tanto en la formación inicial como en los grupos GAM, significa poderse “leer y leer las propias realidades”, superar esa dificultad de interpretar las violencias no físicas, atreverse a decir asertivamente a otras personas lo que uno está viviendo en el momento, superar toda forma de (auto)censura, aprender qué hacer ante las violencias, desarrollar capacidades para poner límites y desvelar la afectación de las violencias estructurales e institucionales.


La metodología lleva a comprender la relación con su padre y su madre, con sus hijos, con sus parejas, con sus entornos, con ellas. Es como un mecanismo que les ayuda a ‘aflojar’ y tocar eso que les está doliendo, y crear condiciones tanto para hacerse más conscientes de lo que viven, dándole la importancia que merece, como para actuar y transformar lo que vivencian, destaca.


Por otra parte, hay otros resultados positivos de la implementación que, si bien no han comprobado con estudios rigurosos, ni se pueden generalizar, sí han observado las facilitadoras. Entre ellos, el que algunas participantes han logrado empoderarse a tal punto que han creado mecanismos grupales, con sus mismas compañeras, para lograr su inclusión económica, o para acceder a cursos técnicos, buscando tener mejores posibilidades laborales, lo cual da pistas para pensar que la metodología no solo tiene incidencia individual, sino también en lo colectivo.


Ahora bien, tanto para la hermana Adriana, como para Laura Valeria, las experiencias que han tenido con ¡Mujer, no estás sola!, han demostrado que la propuesta metodológica es bastante completa y fácilmente adaptable a diversos contextos, pues incluye temáticas que son vitales para el empoderamiento de la mujer, así como una variedad de actividades y recomendaciones muy variadas y pertinentes. Por ello, mencionan que el único cambio que han hecho, con respecto a la propuesta original, concertado con CRS, ha sido adaptar la intensidad de algunas sesiones o aumentar el número de sesiones por temáticas, de acuerdo con la disponibilidad de las mujeres participantes, en el primer caso, o para reforzar las reflexiones sobre algunos asuntos y profundizar en temáticas que requieren algunos grupos, en el segundo.


Las adaptaciones responden a las características de los grupos, pero las hacemos solo con propósitos estratégicos y de apropiación de la información.


Por ejemplo, a veces aumentamos el número de sesiones si vemos que es necesario profundizar mucho en relación con el ciclo de las violencias, en temas normativos con relación al contexto global, o en asuntos relacionados con los ejes temáticos, según demandan las mismas participantes, como cuando hablamos de los mecanismos de protección (acceso a redes, derivación de casos de acuerdo con el marco normativo, etc.), pues les inquieta mucho eso. O también lo hacemos, cuando vemos que los ejercicios les demandan más tiempo del planificado, como nos ha sucedido cuando se hace el mapeo de las organizaciones y actores territoriales que pueden brindarles protección.


De todas formas, preservamos la esencia de la propuesta, la estructura temática, y la sugerencia de cuidar que haya equilibrio entre lo teórico y los espacios de conversación que dan relevancia a las experiencias y vivencias de las participantes.

En cuanto a las perspectivas de continuar implementando la metodología en la provincia, la hermana Adriana menciona que, si bien hasta ahora se ha animado a las mujeres formadas a que se integren a la red de GAM que lidera CRS, lo que se desea es, también, fortalecer el acompañamiento y el diálogo formativo posterior desde la misma FBP, pues si bien las animan a seguir participando y a replicar la metodología, no tienen garantías de que lo hagan.


De ahí que, en coordinación interinstitucional, estén planificando el fortalecimiento de una comunidad de práctica provincial en la que tengan cabida todas las participantes de los GAM existentes en Colombia y Venezuela, así como crear mecanismos de apoyo para que las mujeres certificadas puedan llevar a cabo réplicas con nuevos grupos, pues, como afirma la hermana, han comprobado que “es más significativo el proceso para una mujer facilitadora, que para una que solo participe”.


Así mismo, están pensando complementar los esfuerzos con la puesta en práctica de otras metodologías de CRS, como Hombres nuevos, hombres libres y Un viaje hacia una masculinidad pacífica, para promover en los entornos de las mujeres formadas, la vivencia y la promoción de masculinidades pacíficas.


Por otra parte, tienen como objetivo reforzar la atención a mujeres que ejercen la prostitución con la metodología de ¡Mujer no estás sola!, precisamente por la complejidad de las vivencias y la alta vulnerabilidad a las que se ven sometidas:


En la Fundación hacemos un trabajo importante con población prostituida, y ello nos ha permitido detectar que viven múltiples formas de violencia que, en ocasiones, no asumen como tales. Por ejemplo, les es difícil dimensionar que no en pocas ocasiones viven violaciones y agresiones sexuales, pues consideran que eso es parte de su trabajo. Por eso es un colectivo que queremos fortalecer con esta metodología, pero aplicándola en las comunidades y en los contextos de donde ellas vienen o donde viven (no en las comunidades en las que ejercen), pues es en ellas donde son ‘una mujer como cualquier otra’, donde no tienen estigmas y, por tanto, donde pueden hablar con más tranquilidad. […]. Consideramos que la propuesta puede ser un gran aporte para ayudarles a reconocer esas violencias que padecen, a reconocer qué las llevó a ser inducidas y a aceptar la prostitución como medio de vida, y a reconstruir sus imaginarios y sus entornos, explica la hermana Adriana.


Y finalmente, la perspectiva es comenzar a realizar, con base en lo propuesto por CRS, una evaluación científica completa de lo hecho hasta el momento, para dimensionar más allá de los resultados parciales arrojados por cada taller, con cada grupo, los logros alcanzados y las limitaciones o falencias a superar.


Así pues, destacamos la experiencia de la Fundación el Buen Pastor, pues, con acompañamiento de CRS, ha hecho un gran esfuerzo para brindar un apoyo invaluable que conduce al empoderamiento de cientos de mujeres vulnerables en Venezuela y Colombia; un esfuerzo revelador constructor de paz.


Lo importante que es no juzgar porque cada persona tiene una historia de vida diferente; que pasamos por distintas experiencias que explican cómo actuamos o vemos las cosas. El valor de la amistad, la solidaridad, la empatía y la resiliencia, participante Centro Esperanza, Caracas (Venezuela).

​Para más información:

Textos: Gloria Londoño Monroy

Fotos: GSIF Al

2023

 
 
 
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