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Maestra, guía e inspiradora de constructores y constructoras de paz en la región latinoamericana

Una de las constructoras de paz más activas y ejemplares en América Latina y El Caribe nació en un pequeño pueblo de Colombia, Guadalupe (Huila), en una familia peculiar de nueve hermanos, con un padre militante del partido Conservador, y una madre, del Liberal, sin que eso supusiera conflicto alguno; algo poco habitual en un país que, durante décadas, se enfrentó en una despiadada guerra civil por las diferencias entre ambas posturas políticas, y algo que marcó un hito en su historia de vida, pues ella y sus hermanos aprendieron, con naturalidad, “que se puede ser adversarios en ideas, pero que ello no es motivo para odiarse, matarse o ser insolidario con quien es de otra ideología”, como nos cuenta ella misma: Rosa Inés o ‘Rosita’ para muchos de sus amigos.
Su padre, profundamente católico, también la acercó a pensamientos disruptivos para la época y el contexto, en medio de una cultura machista que no se ha logrado superar. Por una parte, porque impulsaba la equidad entre hombres y mujeres, animando a sus hijas a realizar todo lo que soñaran ser, sin sentirse obligadas a cumplir roles tradicionales impuestos a las mujeres. Por la otra, porque le transmitía la importancia de ejercer un liderazgo público sano, constructor de comunidad, no necesariamente visible o ligado a la fama y a cargos de poder.
Él era una persona que se basaba en lo que hoy denominamos “Pensamiento Social de la Iglesia”, que no le gustaba ejercer cargos públicos y que no tenía aspiraciones políticas porque, decía, eso no era compatible con el verdadero servicio a la comunidad. Era la época del Concilio Vaticano Segundo, que llevó a que líderes parroquiales, como él, organizaran círculos de solidaridad; por ejemplo, participó en la creación de grupos de autoahorro para promover el bienestar de las comunidades campesinas. Como era conductor de escalera (vehículo típico de las zonas rurales colombianas), al visitar las veredas, en ocasiones se encontraba con personas liberales en riesgo por la violencia partidista que se vivía en la época y él, siendo conservador, no tenía problema con ponerlos a salvo transportándolos hasta un lugar seguro. Eso lo hizo un hombre muy reconocido y amado por gente de otras religiones y de otros partidos políticos.
Ese ejemplo y los recuerdos de esas largas horas en las que, reunidos como familia en torno a la mesa, él les contaba todas sus historias con la comunidad, sobre cómo enfrentaban problemas y cómo superaban de forma colectiva la indiferencia institucional y gubernamental, marcó otro hito fundamental al acercarla a la comprensión de aquello que, más tarde, reconocería como “capacidad de incidencia” sin ocupar las vías de hecho o manifestaciones violentas, pues nunca estuvo de acuerdo con esa forma de elevar la voz o de protestar, sino en otras basadas en el diálogo inteligente.
Así, con esas enseñanzas vivas en su mente, comenzó, siendo adolescente, a acompañar actividades de pastoral infantil. Con el tiempo, se ganó la confianza de los padres y madres involucrados en el proceso para llevar a sus hijos a Bogotá a encuentros de espiritualidad: “¡Imagínate, yo sola con niños y niñas entre 6 y 12 años; yo, que no era mayor de edad!”. Eso sumó para formar esas habilidades de liderazgo que más adelante maduraría siendo animadora de grupos y semilleros juveniles, organizando el grupo musical de su colegio con estudiantes, incluso, mayores que ella (había aprendido, de forma autodidacta, a tocar guitarra), y, sobre todo, trasladándose a una ciudad enorme, Bogotá, para comenzar a estudiar Ingeniería Industrial con tan solo 15 años.
Hice más de la mitad de la carrera. Creo que de ahí me viene un poquito lo de estratega y lo rigurosa, y el haber aprendido sobre planificación y gestión de proyectos. Pero, la verdad, no me imaginaba en una industria. Al mismo tiempo, participaba en movimientos populares y tenía trabajos informales para sostenerme; así conocí a don Fernando Ospina, una persona que me ayudó a tramitar un permiso en el Ministerio de Trabajo para que me pudieran vincular laboralmente siendo menor de edad. Él me hizo preguntarme por mi camino en la ingeniería, pues me decía que me veía en algo más social, incluso en la política, pues pensaba que la verdadera política era lo que hacía gente como mi papá. Pero yo no tenía dinero para comenzar otra carrera, y tampoco quería dejar lo que estudiaba. Tiempo después descubrí que tenía derecho a una beca y a una ayuda mensual de manutención que daba el Gobierno, por el rendimiento académico que había tenido en el colegio, así que la aproveché y me matriculé, simultáneamente, en Administración Pública. Luego, al crearse las universidades regionales, me fui a vivir a Neiva; con tristeza dejé la ingeniería y me gradué como Administradora Pública.
Ya siendo profesional, con algo menos de 21 años, la nombraron secretaria de gobierno de su pueblo, pero desilusionada por la burocracia, las presiones por parte de actores con poder y el poco control en los procesos, decidió retirarse y emprender un nuevo desafío: trasladarse a otra ciudad intermedia, Garzón (Huila), para crear su propia empresa: una tarea “durísima” (entre otros factores, porque tuvo que afrontar extorsiones), pero que contribuyó en su formación y le demostró que su camino tampoco seguiría ese horizonte.
El rumbo definitivo lo descubriría gracias a un sacerdote amigo, el padre Carlos Rojas, encargado de la Pastoral Juvenil de su parroquia, a quien apoyaba mediante la venta de grabaciones caseras de música para jóvenes que ella misma componía, y quien le enseñó que “uno, desde cualquier parte, puede hacer la diferencia para transformar lo público, lo colectivo.”
A él lo nombraron director de Pastoral Social en la diócesis de Garzón, y me invitó a trabajar con él. Había que diseñar la estrategia, pero yo no tenía ni idea de cómo hacerlo. Así que me puse a estudiar todo sobre pastoral social y magisterio de la Iglesia: primero, empíricamente, y luego, realizando un curso que monseñor Héctor Fabio Henao había creado. Y ese aprendizaje sobre la “moral social” (yo prefiero llamarla así, en lugar de doctrina social o pensamiento social) fue el gran descubrimiento. Ese curso era la formación que yo hubiera querido recibir en la carrera; era lo que le daba sentido a todo lo que yo había estudiado en la administración pública; era la evidencia de todo eso que le había escuchado a mi papá. Porque esa moral social es realmente la herramienta de entendimiento para que un cristiano viva con fidelidad el Evangelio, teniendo una actitud coherente con su fe, ante la vida y la sociedad, iluminando las decisiones y acciones que tomemos. En ese momento siento que hice “clic” en mi vocación con la pastoral social.

Su paso por el Secretariado Nacional de Pastoral Social (SNPS) Cáritas Colombiana
La vivencia y la práctica de la moral social se convirtió, a partir de entonces, en su norte. Primero, diseñando y acompañando proyectos y procesos de economía y organización comunitaria desde la Pastoral Diocesana de Garzón (en el departamento de Huila). Luego, haciéndolo en la regional Tolima Grande, una de las divisiones del SNPS que, en aquella época, era dirigido por el mismo monseñor Henao.
Él estaba en ese momento pensándose cómo aportar a la reconciliación del país mediante una estrategia de regionalización para hacer más significativo el aporte de la Pastoral Social a la paz. Eso implicó dividir la acción en 10 regiones, no geográficas, sino por afinidad de realidades.
Una gran mujer que nos estaba acompañando en un proyecto con primera infancia, la Dra. Clara Ester López, que hacía parte del SNPS, fue no solo la persona que me recomendó, sino quien acompañó mis primeros pasos para asumir con fidelidad evangélica un nuevo rol que habían creado: el de asistente regional, orientado a apoyar la región Tolima Grande, la cual incluía las ocho jurisdicciones eclesiásticas de los departamentos de Tolima, Huila, Caquetá, sur de Cundinamarca y Sur de Putumayo.
Y así empecé a realizar propuestas para saber cómo ubicar la narrativa de la reconciliación y la paz en un contexto que, en ese momento (1998), estaba siendo escenario de negociaciones entre el Gobierno nacional y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo (FARC-EP), justo en el Caguán que era parte de la región que yo acompañaba.
Eso me llevó a visitar las 338 parroquias, a recorrer todo ese enorme territorio, porque mi papel era fortalecer los comités parroquiales de pastoral social, darles información y promover, desde ahí, una pastoral social que no fuera la típica asistencialista (de recoger mercaditos para los pobres), sino que además fuera preparando el camino para la paz.
No obstante, el fracaso de aquellos diálogos de paz (en 2002), la fortaleza que tomó el narcotráfico, el auge de grupos paramilitares, el aumento de la violación de los derechos humanos, el advenimiento de un gobierno posterior contrario a los diálogos y centrado en debilitar a los grupos armados por la vía armada, hizo que la pastoral social regional y colombiana tuvieran que buscar fortalecerse para saber cómo construir soluciones en medio de tal conflicto. Fue, entonces, cuando se dio una oportunidad que Rosa Inés valora como un nuevo hito en su vida: aprender de John Paul Lederach, pensador y líder mundial en construcción de paz.
Yo estaba en la regional del SNPS, cuando John Paul asesoraba a Caritas Internationalis, así que tuve la oportunidad de conocerlo en unos talleres de transferencia que se organizaron. Gracias a ese proceso, comencé a pensar cómo aplicar lo que nos transmitía en varios procesos de reconciliación; uno de ellos en Guadalupe, donde había un conflicto muy fuerte. Una experiencia que fue muy significativa para mí.
Poco tiempo después, y con ese equipaje de conocimientos e inquietudes que había conseguido hasta el momento, en 2005 se trasladó a Bogotá, invitada por el mismo monseñor Henao, para asumir la gerencia de área de un programa que el SNPS ejecutaba en alianza con CRS, y al culminar este, en 2008, pasó a integrarse de lleno a dicho secretariado, donde participó en el diseño de una metodología para orientar la planificación de iniciativas de paz, que ha tenido gran trascendencia en el país, denominada “Construyendo la paz desde la transformación comunitaria”, y donde pudo seguir aprendiendo de Lederach, dado que él los asesoraba. Desde entonces, alcanzaría unas compresiones más holísticas sobre las violencias y los conflictos en Colombia, pero, a la vez, comenzaría a afrontar retos, embates y desafíos cada vez de más exigencia.
Era una época muy compleja para el país y para nosotros, porque en aquel entonces no se hablaba mucho de cuidado psicosocial y de autoprotección entre quienes trabajábamos por la paz. La única terapia posible era reírnos, reírnos de todo, de nosotros mismos; escucharnos, además de escuchar a las víctimas; compartirnos las experiencias, hacer catarsis juntos, hacer tejido de apoyo; volvernos una especie de misioneros de esperanza atendiendo a otros misioneros, para ayudarles y ayudarnos a vaciar del cerebro y el corazón, todo lo que habíamos recibido…
Así afrontábamos todo un conjunto de experiencias que, poco a poco, fueron permitiéndonos hacer cosas nuevas interesantísimas, como establecer un sistema de alerta temprana; diseñar, desde cero, metodologías y estrategias de construcción de paz, aplicando el enfoque de transformación de conflictos que nos enseñaba John Paul, orientadas no solo a apagar crisis, sino a atender causas estructurales; ponerlas a prueba para saber si sí eran pertinentes y si sí aportaban en procesos de conflicto reales; y empezar a documentar los procesos para compartir los aprendizajes (documentos que sirvieron de base para la escritura de módulos educativos que más tarde construimos)…
Un ejemplo de ello es que, la experiencia de Guadalupe aportó a la construcción de metodologías como la de “Construyendo la Paz desde la Transformación Comunitaria” realizada con otras iglesias cristianas en Programa Conjunto, y ya al frente de la sección Vida, Justicia y Paz del SNPS se posiciona como una metodología de paz en la base que posteriormente se ha escalado como paz territorial y que en el caso de SNPS se volvió la estrategia de intervención posteriormente transferida a otras Cáritas hermanas de la Región.

Vino, pues, una época en la que esos entendimientos –más otros que aportaban nuevas visiones y amigos, como Martha Inés Romero, hoy secretaria general de Pax Christi International, o como Rick Jones, Tom Bamat, entre muchos otros–, que le permitieron asumir otros encargos tanto en SNPS como en SELACC, desde donde contribuyó a la construcción de una mirada articulada entre los esfuerzos eclesiales de paz y DD.HH. con los de otras áreas de la pastoral de la Iglesia (y no por comisiones separadas que sumaban al desgastante paralelismo que ya había por todo el país).
Recuerda un aprendizaje ganado en su participación como parte de SNPS en el Grupo de Trabajo Colombia (GTC), una estrategia muy audaz planteada por Monseñor Henao con el grupo de Cáritas europeas y de los Estados Unidos en favor de una cooperación más allá de aportar fondos y más centrada en hacer incidencia juntos en favor de la Paz en Colombia a través de una campaña: “La paz en Colombia es posible”. De ese espacio, recuerda, especialmente, sus aprendizajes en torno al rol clave de la cooperación en la búsqueda de la paz, pues
La comunidad internacional, en su interés de ayudar a la paz, propició una especie de competencia malsana por las ayudas económicas, en vez de impulsar modelos colaborativos. Nosotros entendimos que había que salirse de esa lógica y caminar contra la corriente promoviendo alianzas entre sociedad civil, Iglesia y gobiernos para que las respuestas fueran coordinadas, entendiendo que no hay recetas mágicas por la paz, que nadie tiene la mejor herramienta y que las lógicas competitivas solo aportan soluciones parciales muy limitadas.
Igualmente, recuerda dos experiencias muy significativas: cuando, estando Monseñor Rubén Salazar presidiendo la Conferencia Episcopal colombiana, y con apoyo de CRS, participó en la organización de un espacio formativo y de sensibilización en construcción de paz con obispos colombianos, a quienes acompañó, hacia 2012, al Instituto Kroc de la Universidad de Notre Dame, para reunirse con el mismo Lederach, con teólogos de muy alto nivel y la Red Católica Mundial de Paz para seguir discerniendo el aporte de la Iglesia a la Paz de Colombia; también cuando gracias al apoyo de la misma CRS, Lederach comenzó a venir periódicamente al país, a formar a los actores eclesiales.
Sin duda, las enseñanzas de John Paul fueron muy importantes para la Iglesia colombiana, porque permitió entenderla como un actor que puede y debe tener una participación activa en la construcción de paz. Y para mí, porque gracias a él entendí lo que significa construir paz en medio del fuego cruzado, en territorios que no eran seguros para la vida, en un contexto oficial que negaba realidades como el desplazamiento forzado. También, que sí era posible la construcción de paz desde múltiples niveles; hay que hacerlo con nosotros y entre nosotros mismos. Fue un tiempo de muchos aprendizajes, pero muy complejo, del que yo creo que hay bastantes secuelas, incluso para quienes hacíamos parte de la Pastoral.
Comprendí, además, el sentido de algo que John Paul afirmaba: que la Iglesia perdía mucho potencial para construir paz, porque le costaba “actuar como cuerpo”, porque yo misma lo notaba en mis conversaciones con las bases, pues era común que se afirmara que no teníamos una jerarquía profética que escuchara a los misioneros, y también era común oír de los obispos explicando su temor a plantear posturas que pusieran en riesgo a sus sacerdotes y agentes de pastoral.
Y entendimos la necesidad de construir una fundamentación desde lo teológico-pastoral para que los liderazgos eclesiales que les costaba comprender que este trabajo por la paz también es parte de la misión evangelizadora de la Iglesia y, por tanto, una exigencia pastoral. Este es un servicio a la paz que poco se identifica como necesario y en ello la Iglesia colombiana ha avanzado muchísimo y puede aportar mucho a la Iglesia en América Latina.
Así, poco a poco, con Rosa Inés aportando su capacidad estratégica y el conocimiento de los procesos eclesiales de base, se alzó la bandera de una pastoral social transformadora, que no solo beneficiaría a Colombia, sino a otros países con los que el SNPS cooperaría, por medio de diversos programas de formación de formadores de paz y de transferencia de metodologías educativas para la no-violencia y la reconciliación. Un mérito que ella siempre atribuye y reconoce a monseñor Héctor Fabio Henao, “pues mi papel era escucharlo, entender su pensamiento y direccionamiento, operativizarlo y hacerlo obra”.
Sin embargo, su paso por el SNPS terminaría en 2022 para dar paso al más reciente hito en ese camino por la paz: la sistematización y la transferencia de conocimientos. Eso, porque reconociendo, desde la humildad, que no se tenía una construcción académica a partir de lo hecho, lo vivido y lo analizado en el campo de la construcción de paz, se trasladó hace poco tiempo a México, desde donde actualmente enfoca su energía en recoger, estudiar y compartir lo que ella y otros(as) caminantes de la paz han aprendido en el largo y dificultoso camino, sobre temas como la importancia de atención psicosocial a las víctimas, la promoción comunitaria, la vivencia de la teología para la reconciliación, la espiritualidad basada en la mediación sacerdotal, la gestión de estrategias de intervención multinivel para la transformación de conflictos, entre otros asuntos.
Eso lo asume como Directora Ejecutiva del recién fundado Instituto Interamericano por la Paz y la Reconciliación - INSPyRE, entidad basada en la fe que busca fortalecer la capacidad estratégica de la Iglesia católica y de iglesias hermanas, bajo una postura ecuménica, para la construcción de paz, dándose a sí misma, a la vez, la oportunidad para entender
cómo todo ha sido como una pieza de un rompecabezas, en el que cada piecesita, aunque fuera dolorosa en su momento, ahora ajustaba en mi vida de manera perfecta, y ha hecho que sienta, hoy, que me estoy realizando como persona, como mujer y cristiana, desde mi laicado, en este escenario significativo que es el de la construcción de la paz.
Con seguridad, como su primera orientadora, su paso por este instituto conformado por una comunidad de fe, seguirá siendo inspiración para quienes estamos comprometidos con la construcción de paz, dispuestos a aprender de quienes como ella, son maestras, guías e inspiradoras de constructores y constructoras de paz en nuestra región.
Para más información sobre esta caminante, consulta:
Cáritas Mexicana (2011). Entrevista con Rosa Inés Floriano coordinadora de Vida, Justicia y Paz, Colombia:https://docs.google.com/document/d/1naCP_jV5BQklN55GPpXDE3NDpJ-v7YdE/edit#heading=h.ge7d6txzla84
Perfil INSPyRE en Facebook: https://www.facebook.com/INSPyREAC/about
Gloria Londoño Monroy
Junio de 2024
