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  • hace 4 días
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in memoriam


Por el equipo de la Plataforma de Paz, Cohesión Social y Justicia de CRS/LACRO


En los días posteriores a su partida, hemos sentido más cerca su presencia en nuestros recuerdos. Volvemos, casi inevitablemente, a aquel encuentro en Bogotá, en 2022, en medio de los últimos coletazos de la pandemia, cuando fue reconocida como una de las ganadoras del certamen “Mujeres construyendo justicia y paz en América Latina y el Caribe” realizado por la comunidad de práctica Caminando Hacia la Paz. Nos recibió con serenidad y cierta seriedad, pero bastaron unos momentos para reconocer que estábamos frente a una mujer de inmenso corazón: tejedora incansable, caminante de la paz, defensora de los derechos humanos y de la memoria. No nos dejó ir sin compartir algo de su mundo: la calidez de su tierra, su cariño profundo y uno de sus tejidos, como recuerdo vivo de aquel encuentro.


Llegar a su espacio fue también parte de la experiencia. Tras buscar durante un largo rato en la fría Bogotá, su tienda apareció como un refugio inesperado: abigarrada aunque acogedora, en penumbra aunque luminosa, estrecha en apariencia pero enorme para acoger, enseñar, intentar aprender y reír, mucho reír. Allí probamos delicadezas locales, escuchamos su voz a manera de insignia y apreciamos vestuarios y tejidos de colores anudados en la garganta. De aquel encuentro nos queda la certeza de haber compartido con una mujer extraordinaria, llena de una vida incapaz de morir con ella.


Para nosotras y nosotros, Virgelina encarnaba la fuerza de tantas mujeres que han vivido en la lucha constante, sacando adelante a su familia, su comunidad, su organización y su causa. Nos marcó profundamente escucharla hablar del revestimiento del Palacio de Justicia en Bogotá con los tejidos de las memorias de las mujeres que han sufrido violencia: violencia por ser mujeres, por ser afrocolombianas, por vivir en entornos violentos, por estar en medio de fuegos cruzados.


En su palabra y en su obra comprendimos cómo se va reconstruyendo la sociedad colombiana después de tanta violencia, cómo las comunidades afrocolombianas van sanando después de tanto racismo, exclusión y discriminación. Su trabajo no era solo arte: era memoria viva, era denuncia, era camino hacia la justicia y la paz.


Virgelina Chará mostrando parte de su trabajo en el Museo Nacional de Colombia, Bogotá, 2022. Fotografías: Cecilia Suárez


Virgelina fue, para nuestra comunidad, una muestra viva de ese tejido de memoria que se reconstruye y sana, porque vuelve a cubrir a quienes fueron violentados y los acoge de nuevo. En ese gesto, el tejido también cobija a la justicia, incluso cuando esta no sabe cómo responder ante tanto sufrimiento y desolación. Su laboriosa manera de contar la historia y atesorar la memoria de las mujeres sigue siendo un alivio para nuestros corazones.


También fue una mujer que nunca dejó a nadie fuera. En su presencia nos sentimos bienvenidas y bienvenidos, arropadas y acompañados. No nos dejó caminar solas ni solos. Incluso en la distancia, siguió tejiendo comunidad: nos acompañó virtualmente en noviembre de 2025, compartiendo con mujeres latinoamericanas su trabajo y su red sorora de tejido.


Hoy la extrañamos profundamente. Su ausencia deja un vacío que tendremos que llenar con nuevos tejidos de memoria colectiva, mientras seguimos sanando y buscando justicia para las mujeres, los pueblos y nuestras queridas patrias. Pero también nos deja una tarea y una certeza: su tejido se multiplicó y llegó hasta nuestros corazones.


Gracias, Virgelina, por enseñarnos a alzar la voz sin renunciar a la paz, por no quedarte callada y por recordarnos que la memoria puede ser un camino de justicia y de sanación.


Seguiremos tejiendo.

No te olvidamos.



Virgelina Chará, con las representantes de Caminando Hacia la Paz, Michelle Iturbe, Isabel Aguilar Umaña y Cecilia Suárez, recibiendo el reconocimiento de ganadora del certamen "Mujeres construyendo justicia y paz en América Latina y el Caribe", Bogotá, 2022.

Fotografía: Ricardo Contreras

 
 
 

APRENDIZAJES DESDE COLOMBIA Y MÉXICO




En distintos territorios de América Latina y el Caribe la violencia no se expresa solo a través de hechos aislados o eventos excepcionales: se convierte en una forma de control cotidiano que regula la vida social, económica y política de comunidades enteras. A este fenómeno se le conoce como gobernanza criminal, una situación en la que grupos ilegales ejercen control de facto sobre el territorio, imponen reglas, administran “permisos”, dominan economías locales y condicionan procesos políticos, a menudo con la tolerancia, colusión o protección de actores estatales.


Este artículo retoma ideas centrales discutidas en un conversatorio regional sobre macrocriminalidad y gobernanza criminal y las aterriza en dos experiencias concretas de resistencia comunitaria, una en contextos urbanos de Colombia y otra en una comunidad indígena de México.[i] 


¿Qué significa hablar de gobernanza criminal?


La gobernanza criminal no se limita a la existencia de delitos. Describe la capacidad de ciertos grupos para gobernar de facto un territorio, ocupando espacios que el Estado no controla o donde existe una “zona gris” entre lo legal y lo ilegal. En esta dinámica, el crimen requiere información, tolerancia o protección para operar y, a cambio, ofrece dinero, coerción o control político.


Este tipo de control suele manifestarse en tres grandes dimensiones:

  • Política: Manipulación o presión electoral, amenazas a candidaturas, cooptación institucional y captura de autoridades locales clave.

  • Económica: Extorsión, dominio de mercados locales, infiltración en contratos públicos y explotación de recursos naturales.

  • Social: Imposición de reglas sobre la vida diaria (movilidad, horarios), castigos, mediación de conflictos y provisión selectiva de bienes o “ayudas”.


Cuando el control se vuelve parte de la vida cotidiana


Una vez consolidada, la gobernanza criminal se percibe en decisiones muy concretas: retenes y permisos para entrar o salir de un barrio; toques de queda informales; restricciones para circular; control de quién puede vender determinados productos o prestar ciertos servicios, y ocupación de espacios públicos para actividades ilícitas.


En algunos contextos, estos grupos recurren a prácticas de aparente “asistencia” —como la entrega de despensas, la imposición de medidas sanitarias durante la pandemia o regalos en fechas específicas— con el objetivo de ganar legitimidad, normalizar su presencia y construir aceptación social.


Impactos en la democracia, la sociedad civil y la cultura


La gobernanza criminal erosiona la vida pública de manera profunda. No solo incrementa los riesgos, sino que reduce opciones, limita la participación y fragmenta el tejido social. Entre sus impactos más frecuentes se encuentran:

  • Políticos: Cooptación de partidos políticos, inhibición del voto y ataques sistemáticos a autoridades, especialmente locales, debilitando consecuentemente la democracia representativa.

  • Sociales: Silenciamiento de comunidades enteras y agresiones contra liderazgos sociales, defensores de derechos humanos, periodistas y referentes religiosos, lo que debilita el derecho a organizarse o protestar.

  • Culturales: Normalización de la violencia y reconfiguración del territorio, donde los espacios de encuentro se transforman en lugares de miedo.

  • Movilidad y futuro: Reclutamiento forzado —en particular de jóvenes—, encadenamiento de delitos, desplazamiento y migración interna o internacional.


Aprendizajes desde el territorio: Colombia y México


Frente a este panorama, dos experiencias compartidas en el conversatorio muestran que la organización comunitaria puede abrir grietas en el control del miedo.


En contextos urbanos de Colombia, marcados por economías ilegales, restricciones de movilidad y violencia persistente, la respuesta comunitaria ha apostado por disputar el territorio desde la cultura, la memoria y la presencia colectiva. Carnavales, música, procesos artísticos, actividades juveniles y acciones de resignificación del espacio público han permitido recuperar parques y calles, disminuyendo el miedo a habitar lo común. Aunque estas iniciativas no resuelven por sí solas la violencia estructural, sí generan un efecto crucial: devolverle a la comunidad la voz, la presencia y la capacidad de cuidarse.


En una comunidad indígena de México, la gobernanza criminal se expresó durante años en el saqueo de recursos naturales, extorsiones y violencia extrema, en un contexto de profunda desconfianza institucional. La respuesta fue un proceso de autoprotección territorial y autogobierno comunitario, basado en el control de accesos, la vigilancia vecinal, la protección del territorio y el fortalecimiento de la asamblea como máxima autoridad. Con el tiempo, esto permitió mejorar sustancialmente la seguridad interna y revitalizar la vida comunitaria. A pesar de los desafíos persistentes, una lección se mantiene firme: negociar con el crimen puede significar abrir la puerta a su rearticulación.


Recuperar lo común como forma de protección


Ambas experiencias, distintas en su contexto, pero similares en su lógica, comparten aprendizajes clave. La comunidad organizada funciona como un contrapeso real frente al crimen; la alegría, la cultura y la presencia colectiva son herramientas políticas; las mujeres ocupan un lugar central en el cuidado y la transformación, y el territorio es un espacio vivo que se reconstruye desde las relaciones y el sentido de pertenencia.


La gobernanza criminal no busca necesariamente reemplazar al Estado, sino asegurar control y rentas. Por ello, además de políticas públicas eficaces, resulta imprescindible fortalecer lo comunitario. Lo aprendido en Colombia y México muestra que, cuando la comunidad se activa, el territorio deja de ser solo un lugar y vuelve a ser un nosotros.



[i] Por razones de seguridad, no se mencionan nombres de panelistas, personas participantes, ni referencias territoriales específicas.

 
 
 
  • Foto del escritor: Caminando hacia la Paz
    Caminando hacia la Paz
  • 10 abr
  • 20 min de lectura

DONDE DOS CAMINOS SE CRUZAN

Una película, una herida, una intuición


No fue una elección consciente. Eso es lo primero que dice el padre José Suárez Trueba, SJ, cuando alguien le pregunta cómo llegó hasta aquí. No fue un proyecto. No fue un plan pastoral. Fue algo más parecido a lo que el misterio hace cuando te elige a ti antes de que tú lo elijas a él.

 

El origen está en 2007, cuando el padre José estudiaba Filosofía en la ciudad de Guadalajara. Un día entró al cine sin saber bien qué iba a ver. La película era Princesas, de Fernando León de Aranoa: una historia íntima y dura sobre la prostitución en Madrid, protagonizada por una mujer española y otra de República Dominicana. Lo que lo sacudió no fue tanto el tema, sino algo mucho más pequeño y mucho más profundo: el vínculo. La posibilidad de que, en medio del abandono más radical, naciera una amistad verdadera. Que la competidora - la supuesta enemiga por el territorio y los clientes - se convirtiera en aliada, en cómplice, en hermana.

“Esa escena tocó algo muy profundo en mí: una intuición de que, incluso en los márgenes más rotos, hay belleza, hay ternura, hay Dios.”

P. José Suárez Trueba, SJ

Esa intuición no lo abandonó. En 2021, ya sacerdote, la vivió en carne propia durante un tiempo de pandemia en Mérida (México), visitando a mujeres en explotación sexual con fines de prostitución en el centro de la ciudad. En 2024, en Chihuahua, acompañó durante cinco meses a Carmina, una mujer laica de la parroquia del Sagrado Corazón que recorría con perseverancia las calles del centro, encontrándose con mujeres prostituidas. Caminar con ella fue otro aprendizaje: mirar sin juicio, estar sin prisa, nombrar sin reducir. Todo eso lo preparó para lo que vendría en Bogotá.

 “¿La prostitución me ha elegido, o yo la he elegido a ella? A veces siento que fue ella quien me eligió. Que en sus bordes y contradicciones también se reflejan los míos. Que mis heridas, mi historia, mi deseo y mi fe encuentran allí un espejo extraño, incómodo y fecundo.”

P. José Suárez Trueba, SJ

LA MUJER QUE YA

conocía el terreno

Mientras el padre José acumulaba esas experiencias dispersas en distintas ciudades del continente, la hermana Adriana Patricia Angarita, llevaba ya muchos años caminando los territorios de las localidades de Los Mártires y Santa Fe de Bogotá. Como religiosa de Nuestra Señora de la Caridad del Buen Pastor, congregación cuyo carisma, forjado durante siglos, orienta a sus miembros hacia las mujeres en situación de extrema vulnerabilidad, la hermana Adriana había recorrido La Alameda, había acompañado grupos de mujeres prostituidas, había participado en redes de aliados de la Vicaría Inmaculada Concepción, había impulsado procesos de formación.

 

Fue en la comunidad de práctica Caminando hacia la Paz [1] - ese espacio latinoamericano donde desde 2020 quince organizaciones basadas en la fe católica de Colombia, El Salvador, Guatemala, Honduras, México, Nicaragua, Bolivia y República Dominicana aprenden juntas a construir paz en horizontal- donde la hermana Adriana y un grupo de colaboradoras y voluntarias realizaron el diplomado en Construcción de Paz y Transformación Social de Conflictos. De ese proceso nació el colectivo ReconectArte: un espacio de encuentro entre mujeres venezolanas y colombianas en situación de explotación sexual con fines de prostitución, tejido desde la transformación de lenguajes como herramienta de dignificación. La comunidad de práctica había sido, para la hermana Adriana, tanto aula como red, tanto espejo crítico como fuente de energía para volver al territorio. 

  

Cuando terminó su servicio en la dirección de la Fundación Buen Pastor, quiso regresar a la calle. Se integró a la casa El Refugio, de la Fundación Eudes, en la calle 22 con carrera 16 del barrio Santa Fe - lugar que camina en campañas y tiempos fuertes junto al padre René Rey y su equipo -. Estaba en ese proceso de reintegración al territorio cuando, en los espacios de Caminando hacia la Paz, llegó el padre José. Compartió sus estudios, su interés por este territorio, su ministerio y su búsqueda. Y algo se reconoció entre los dos.


EL PRIMER EQUIPO

y sus primeras lecciones

El camino no lo emprendieron solos. Junto al padre José y a la hermana Adriana, caminaron desde el principio, un sacerdote combiniano y una lideresa superviviente de la trata y la explotación sexual con fines de prostitución y una laica comprometida. Su incorporación al equipo respondía a una intuición genuina: nadie conoce ese territorio como quien lo ha habitado desde adentro.

 

Pero la realidad fue más compleja y más instructiva que la intuición inicial. La lideresa superviviente venía de una formación asistencial - en los términos en que el propio equipo comenzaba a cuestionar esa lógica -, y eso se tradujo en tensiones concretas: promesas que el equipo no podía cumplir, expectativas que el acompañamiento no podía sostener. Y algo más profundo: su situación de vulnerabilidad no había sido resuelta. Las consecuencias del trauma - la dependencia emocional, las deudas de gota a gota, la explotación de su red familiar y de otras mujeres prostituidas como resultado de la culpa - se convirtieron en un arma de doble filo que el equipo no supo manejar al principio. La pregunta emergió con fuerza: ¿Cómo sostener un camino de servicio voluntario cuando las necesidades básicas de quien lo comparte no están cubiertas?

 Esa pregunta no tenía una respuesta sencilla. Pero fue una de las primeras y más dolorosas lecciones del proceso: la buena intención no basta. La presencia en el territorio exige no solo apertura y generosidad, sino también una lectura honesta de las fragilidades  de quienes componen el propio equipo. La Pastoral de Salida y  Encuentro se aprende también mirando hacia adentro.

“Dios en su infinita sabiduría, nos envió sin recursos. Solo Dios basta. Y a la manera de Moisés, Miriam y Aarón, empezamos a dejarnos guiar por el Dios que nos habla en espacios sagrados de conversación.”

Hna. Adriana Patricia Angarita, NSCBP

Para comprender lo que el padre José y la hermana Adriana decidieron hacer, hay que caminar primero, aunque sea en la imaginación, por los territorios que el Equipo Eufrasia recorre: desde La Alameda, pasando por la carrera Caracas con calle 21, hasta el barrio San Bernardo, atravesando las localidades de Los Mártires y Santa Fe. Las fronteras entre estas dos localidades no son nítidas en el terreno, aunque sí en los mapas.  En la calle, lo que define el territorio no son los límites administrativos, sino las dinámicas de poder, las economías del cuerpo y las formas de control que se inscriben de manera diferente en cada tramo.


La zona que recorre el equipo tiene características que la distinguen del barrio Santa Fe más conocido: aquí la explotación sexual con fines de prostitución se percibe con mayor presencia de mujeres venezolanas, mujeres trans y mujeres cis más jóvenes y más expuestas, con alto consumo de droga y alcohol, y una mayor visibilidad de prostituyentes en autos, motos y a pie. El territorio está controlado por grupos delincuenciales que lo protegen a su manera, que es también la forma de dominarlo. Más hacia el centro de Los Mártires, las mujeres se exhiben menos, son más adultas, cobran menos, parecen gozar de cierta autonomía relativa, aunque los grupos que expenden droga también controlan esas esquinas.


Han sido, muchas de ellas, las más afectadas por la asistencia tanto gubernamental como eclesial, lo que hace más difícil transformar esa forma de interacción. Las cifras tienen peso. La Secretaría de la Mujer de Bogotá documentó, en recorridos realizados en 2014, más de 14.000 personas en situación de explotación sexual con fines de prostitución en la ciudad, distribuidas en 19 de las 20 localidades.[2] De ese universo, casi una cuarta parte había comenzado siendo menor de edad: el 7,1% antes de los 15 años, y el 17,4% entre los 15 y los 17.[3] No son cifras abstractas. Son niñas que un día tomaron un camino que nadie debería haber tenido que tomar.


La crisis migratoria venezolana agudizó aún más este panorama a partir de 2016. Mujeres venezolanas pasaron a representar una parte significativa de las personas prostituidas en Bogotá, muchas de ellas en condiciones de especial vulnerabilidad por carecer de redes de apoyo, documentación y opciones económicas.[4] Y detrás de esas historias de migración, las de siempre: violencia doméstica, pobreza estructural, abandono institucional.


Colombia sigue siendo uno de los países más afectados por la trata de personas con fines de explotación sexual en toda América Latina. La Defensoría del Pueblo alertó en mayo de 2024 haber atendido cerca de 80 casos en los primeros cuatro meses del año, un aumento del 139% frente al mismo periodo del año anterior.[5] Para el primer semestre de 2024, la Procuraduría General de la Nación registró 191 casos de trata, de los cuales el 76,5% correspondían a fines de explotación sexual.[6] Y todo indica que esos números son apenas la superficie de un iceberg que el miedo y el subregistro mantienen sumergido.[7]


En ese territorio, la estadística tiene cara. Tiene también, y esto es lo que el sistema prefiere no ver, una espiritualidad que sobrevive entre las grietas: creencias propias, una relación con lo sagrado que ningún programa diseñado desde afuera podría haber anticipado. La hermana Adriana lo descubrió caminando:

“La fuerza de estas mujeres es su espiritualidad. Y ese fue un hallazgo que descolocó cualquier guion previo sobre quién lleva la buena nueva a quién.”

Hna. Adriana Patricia Angarita, NSCBP

“¿A dónde iré lejos de tu Espíritu? ¿A dónde huiré de tu presencia? Si subo al cielo, allí estás; si bajo al abismo, allí te encuentro.” Salmo 139, 7-8

El primer paso es hacia adentro

 Las primeras caminatas no fueron como lo que el equipo llegaría a construir. La hermana Adriana introdujo desde el principio un ejercicio básico de contemplación, de acercarse a saludar. Llevaban rosarios donados - porque la experiencia de la hermana Adriana y la de la superviviente les había enseñado que las mujeres los reciben, que muchas los piden-, estampas, dulces, mensajes dentro de pequeñas cápsulas con forma de medicamento, objetos que ella y la lideresa conocían como puerta de entrada al encuentro. La bendición se fue suscitando de manera espontánea, especialmente como forma de presentar e introducir a los dos sacerdotes del equipo. Esto era comparable a tocar el velo de una religiosa, es considerado por las mujeres del territorio como señal de buena suerte para ellas: ese gesto de bendecir se convirtió en uno de los primeros puentes simbólicos. El padre José lo nombra con una honestidad que pocos sacerdotes se permiten en voz alta:

“En mis primeras experiencias sentí un miedo hondo. Miedo a que me lastimen, a no saber qué decir, a no encajar, a ser seducido. Caminaba inseguro detrás de María y Adriana, observaba los rostros de las mujeres, los bares, hombres en motos que pasaban. Al regresar a mi comunidad, me encontré exhausto. No era solo el cansancio físico: era el peso de confrontar mis privilegios cayendo sobre mis hombros. Me dolía el cuerpo, como si mi piel hubiera comprendido algo que mi cabeza no quería aceptar: que mi presencia también es política, que incluso mis buenas intenciones pueden colonizar.”

P. José Suárez Trueba, SJ

La hermana Adriana, por su parte, llegó al territorio con una memoria larga y una intuición forjada en años de experiencia comunitaria. El proceso para ella no fue tanto de aprendizaje desde cero, sino de reafirmación de convicciones y de desaprendizaje de hábitos:

“Yo planeaba todo en tiempos anteriores, y empecé de nuevo. Dejé casi todas mis prácticas, mis planes. He confirmado intuiciones y he encontrado nuevas.”

Hna. Adriana Patricia Angarita, NSCBP

LA HIENA

             que llevamos dentro

Para nombrar el arquetipo de la violencia que atraviesa el sistema prostituyente, el equipo usó la figura de la hiena: ese animal que se alimenta de lo herido ajeno, símbolo de la lógica del aprovechamiento. La hiena es el prostituyente que compra. Es el sistema que administra la precariedad. Es la intervención que asiste sin transformar. Pero el hallazgo más incómodo - y más honesto - que este proceso produjo fue otro: la hiena no está solo afuera. También habita en nosotros. 

“El sistema patriarcal nos hiere a todos (hombres y mujeres), aun siendo sacerdote, religioso, con buenas intenciones, puedo descubrir en mi la tentación de aprovechar el vínculo: querer que la relación confirme mi identidad, mi misión, mi bondad o mi eficacia. La presencia no instrumental implica un trabajo interior constante: vigilar esa pequeña hiena que busca capitalizar la relación.” P. José Suárez Trueba, SJ

“Desaprender lo que está ya en nuestro instinto de ser salvadores, maestros, jueces. Aprender a recibir y acoger la diversidad. Eso ha sido lo más difícil. Y eso es lo que nos han enseñado ellas.” Hna. Adriana Patricia Angarita, NSCBP

El proceso también exigió mirar con honestidad al actor más sistemáticamente invisibilizado de toda la cadena: el prostituyente. El hombre que prostituye. El que sostiene económicamente todo el sistema y que está cubierto por todos, por las propias mujeres, por los proxenetas, por las instituciones, porque nombrarlo implica abrir una caja que el sistema prefiere mantener cerrada.[8] La hermana Adriana lo describe con precisión que duele: los prostituyentes son también destinatarios de la compasión de Dios, no víctimas, pero sí objetos de las transacciones de un sistema que los cuida como clientes, no como personas humanas, y menos como seres sagrados. Nombrarlos fue el primer acto de valentía analítica del equipo.


Una metodología que nace de los pies

Hay una diferencia crucial entre tener un mapa y saber caminar. El mapa te dice hacia dónde vas antes de salir. Saber caminar implica aprender del terreno mientras lo recorres, leer las señales que el propio camino ofrece, dejarse sorprender por los desvíos que resultan ser los mejores atajos. La Pastoral de Salida y Encuentro nació de personas que aprendieron a caminar sin mapa.


La metodología que fue emergiendo se define desde cuatro características que el padre José sistematizó con cuidado: es situada - el territorio como maestro -; relacional - la relación como lugar de transformación, la gratuidad frente a la instrumentalidad -; abierta - creatividad ante los bloqueos, apertura a los desvíos -; y en espiral - avances y retrocesos, pausas y reanudaciones, sin lógica lineal -. Y sobre todas ellas, como columna vertebral, un eje transversal: la escucha y el encuentro como postura fundamental ante la vida y ante el otro.


Inspirada en la imaginación moral de John Paul Lederach, quien entiende la paz como un proceso relacional y sostenido en el tiempo, no como resultado de intervenciones puntuales, esta práctica entiende el Shalom no como paz ausencia de conflicto, sino como la plenitud de relaciones justas. Y esa plenitud solo se construye desde adentro de los vínculos, nunca desde afuera.


Una de las condiciones que definió esta práctica desde el principio no fue elegida: fue impuesta por la realidad. El equipo no contaba con apoyo institucional sólido. Lo que podían ofrecer era, esencialmente, su presencia. Y la presencia resultó ser, en ese territorio, el recurso más escaso y más necesario.


El 5 de noviembre de 2024

El 17 de septiembre fue la primera vez que caminaron desde Santa Fe hasta el San Bernardo. El padre José lo recuerda con esa mezcla de agobio y apertura que producen los territorios que te desbordan. Semanas después, el 5 de noviembre, escribió uno de los textos más hermosos de toda esta experiencia. No un informe. Un poema:

Mal del puerco en el cuerpo.

Quiero dormir, ya voy tarde, estoy cargado de desánimo. Oramos y empezamos a caminar.


Piel de color negra que disimula un poco las cicatrices, pero suavizo la mirada, y ahí están en manos y pies, me conecta con las mujeres del campo.


El cuerpo semidesnudo, maquillaje plateado y entre más vieja la piel, más pintura.


Y esta mujer de edad avanzada con el corazón conectado con el dolor del otro, la que fue su próxima y al mismo tiempo su rival, nos dice: «Pidamos por las siete que ya no están con nosotras: la que el novio la mató a puño, la que me prometió que cuando iba a tener una casa me iba a llevar consigo, la bonita, la rubia, Leslie.»


Olor a ropa húmeda, audífonos en las orejas, pelo negro. Y al platicar con ella, percibo una dicotomía: «ven — aléjate». Se confunde de mi nombre y me dice Carlos es un bonito nombre.


Mariposa es el suelo que la sostiene, y ahí un ángel con un aparato de sus oídos para escuchar, la bendecimos y nos dice: «Dios me los envió porque mi hijo fue asesinado hace 10 días.»


Bares, mercados, gente que pasa, lluvia, paraguas. Y al detenernos, no sorprende el paso de una que nos dice: «Soy famosa, ayer salí en la tele.»


Dolor atrás del dinero, dolor atrás de esta vida para sobrevivir, dolor, oculto, y el cuerpo desnudo.


P. José Suárez Trueba, S.J. Caminata por la carrera 13a, calle 18 y parque de La Mariposa

El nombre que cada mujer elige para circular en ese espacio es mucho más que un apodo. Es una forma de seguridad ante una amenaza real: muchas de estas mujeres están huyendo de tratantes - familiares u organizacionales -, o necesitan ocultarse de la vergüenza que saben que su situación genera en sus redes de origen.


Ese nombre protege. Pero esa protección tiene un costo: produce una fragmentación psicológica profunda, una separación entre el cuerpo que existe en el territorio y la persona que existe en otro lugar, en otro nombre, en otra vida.


Recordar el nombre adoptado de una mujer, como uno de los ejercicios de memoria que posibilita la intimidad y la generación de encuentros y, en los espacios de mayor confianza, el nombre real que hay detrás, se convirtió en un acto de reconocimiento que el equipo aprendió a acoger como un gesto de generosidad y confianza.


LA ATENCIÓN

             como generosidad

Una frase de Simone Weil ilumina esta práctica con precisión filosófica: «La atención es la forma más rara y pura de la generosidad.» La presencia no instrumental - estar sin buscar sacar algo a cambio: ni información, ni resultados, ni validación moral, ni crecimiento pastoral - se convierte en el gesto más profético que ese territorio puede recibir. Porque en un espacio donde los cuerpos son comprados, usados y descartados, el simple hecho de que alguien llegue sin comprar y sin usar ya introduce una ruptura que el sistema no sabe bien cómo procesar.

“Son interacciones basadas en la conversación generosa y gratuita, desde la ética del cuidado.

Un esfuerzo importante en una sociedad que nos empuja en la búsqueda del éxito a través de estadísticas, y en un contexto donde prevalece el negocio comercial, la desconfianza de todos contra todos, secretos que guardan violencias, coaliciones de sobrevivencia entre personas y grupos.”

Hna. Adriana Patricia Angarita, NSCBP

“En un territorio atravesado por la lógica del consumo - donde los cuerpos son comprados, usados y descartados - la presencia no instrumental se vuelve un gesto profundamente contracultural. Significa estar sin buscar sacar algo a cambio. Descubrimos que el signo más profético y amoroso que podemos ofrecer es una presencia no consumidora.”

P. José Suárez Trueba, SJ


La espiral del vínculo

El proceso no es lineal. Nunca lo fue. Comienza en la desconfianza, en la lectura asistencial de la presencia del equipo, en la expectativa de ayuda inmediata. Luego viene lo más difícil: permanecer sin transacción. Volver sin repartir. Soportar la incomodidad de que no pase nada visible. Y hacerlo de nuevo. Y de nuevo.

La hermana Adriana describe su propio movimiento desde la espiritualidad que la sostiene:

“Me hago más preguntas de cómo ejercer la pedagogía de Dios, cómo ser educadora de pasos, de pascuas. ¿Cómo vivir la trashumancia de cada mujer o grupo a quien Dios nos envía? Cada vez me hago más consciente de lo que significa ser pastora en la Pastoral de Salida y Encuentro, quien nos educa es Dios Pastor; por ende, siempre oveja, siempre discípula.”

Hna. Adriana Patricia Angarita, NSCBP

Al mismo tiempo, algo cambió en el padre José:

“Hoy caminamos con más serenidad. Me gusta más estar ahí. He aprendido a ir y volver por la

misma calle, a regresar sin agenda, a compartir simplemente lo que soy. Para mí ha sido un

regalo personal: pasar de la ansiedad por intervenir al gusto por permanecer.”

P. José Suárez Trueba, SJ

Una metodología viva es la que sabe adaptarse cuando el camino se cierra. Con apoyo de Pax Christi Internacional, una de las organizaciones que hace parte de Caminando hacia la Paz, diseñaron una estrategia de acción no violenta: la campaña de la hiena y el ave fénix. Una apuesta simbólica que no juzgaba directamente, pero abría un espejo. No logró el alcance esperado con los prostituyentes. Pero el intento enseñó algo sobre estrategias indirectas que ningún seminario de formación pastoral habría podido ofrecer.

 

El espacio digital abrió otro sendero. La hermana Adriana conocía bien ese recurso porque las Hermanas del Buen Pastor lo habían practicado en otros contextos. El reto consistía en acceder a los números telefónicos de las mujeres. En ese contexto, la hermana Adriana propuso organizar una rifa: entregar una boleta a cambio de que ellas compartieran su número de contacto. Sin embargo, el padre José le señaló - con razón, reconoce ella - que esa estrategia reproducía precisamente la lógica asistencial que buscaban cuestionar. Tocó hacer el camino paciente de la caminada: esperar hasta que una mujer, luego otra, fueran entregando sus números de manera espontánea. Una de las estrategias que ayudaron fue compartir recetas.

 

Además, les propusieron obtener su contacto para recibir un mensaje individual, sin presiones. Desde los primeros chats cotidianos fue tomando forma, hasta que comenzaron a enviar cada domingo una reflexión breve sobre el Evangelio.

 

Desde ahí se abrieron puertas: visitas a hospitales, a cementerios, a momentos de duelo íntimo. Un mensaje llegó en la noche: «Sé que soñé con mi pareja que la mataron en Perú. Necesito que me ayuden a rezarle.» El padre José y la hermana Adriana fueron. Y en ese ir se rompió el último muro: el de la imagen de la Iglesia como entidad que da cosas a una Iglesia que acompaña.

 

Compartir una colada y un liberal (bizcocho tradicional) se convirtió en una metáfora eucarística: no como asistencia ni como respuesta a una carencia, sino como una pedagogía de la hospitalidad, donde la bebida caliente y el pan nutren la conexión, la intimidad y el tiempo compartido en la comensalidad.

“No debemos relacionarnos con los pobres como objeto de nuestra compasión, sino como hermanos y hermanas que nos enriquecen.” —Papa Francisco, Laudato Si’, n. 91

LA CONSTANCIA

             marcó el camino

Las mujeres del territorio empezaron a esperar al padre José y a la hermana Adriana. A notar su ausencia. A extrañarlos. Un día, una mujer del sector de la décima con sexta, en el barrio San Bernardo, se les acercó con ese reproche tierno que solo se les permite a las personas de confianza:


Cuánto hace que no los veía. Extrañaba los abrazos.

Mujer del sector décima con sexta


Y luego habló de su cumpleaños, que había sido en enero, que nadie había celebrado. Ellos cantaron. Otras mujeres que pasaban se fueron acercando. Cantaron también. Y en esa esquina, en ese instante que no aparece en ningún informe de indicadores, algo se movió que difícilmente pueda ser revertido: una persona que se creía invisible descubrió que alguien la recordaba.

“El mayor logro que tenemos es que la mirada de ellas hacia nosotros ha cambiado. Cada vez les interesa menos si llevamos algo o no. Lo que importa es la relación.”

Hna. Adriana Patricia Angarita, NSCBP

Y el padre José lo confirma desde su propia experiencia:

“Hemos aprendido que el Reino no irrumpe con espectacularidad, sino en la repetición humilde de la presencia. Esa constancia - más que la intensidad - ha sido el verdadero proceso.”

P. José Suárez Trueba, SJ

Las caminatas están evolucionando hacia algo que el padre José llama con entusiasmo un centro de escucha callejero: un dispositivo pastoral sin paredes, sin horarios fijos, sin formularios de ingreso. Se construye allí donde ocurre el encuentro: en la calle, en la esquina, en el caminar compartido. La diferencia con cualquier centro de escucha pastoral no es solo arquitectónica: aquí no se espera que las personas lleguen con una demanda elaborada de su dolor.


La escucha callejera se ejerce también a través del cuerpo, del silencio, del tiempo compartido. Y en ese espacio, la persona puede contarte que está feliz porque vio a su hija o que está destrozada porque la acaban de asaltar. La vida entera, sin filtros, sin encuadre que segmenta y clasifica.


Las piedras del camino y la gracia de no ignorarlas

Una de las virtudes más infrecuentes en el mundo pastoral es la honestidad sobre los propios límites. El padre José y la hermana Adriana la practican con una soltura que hace su experiencia aún más confiable.


Esta práctica no transforma las estructuras por sí sola. No puede reemplazar las políticas públicas ausentes ni los cambios culturales que requieren generaciones. Es un aporte situado a la construcción de paz cotidiana, no una solución total. Lo que distingue a este proceso no es ser el único ni el mejor, sino su capacidad de reconocer con honestidad los propios desaciertos y su libertad relativa respecto a los marcos institucionales que con frecuencia son más carga que apoyo.


La hermana Adriana lo describe con la imagen de quien siembra sabiendo que tardará en ver la cosecha:

“Esta es una larga lucha de muchas organizaciones, muchas frágiles ante el lobby proxeneta y ante Estados que encontraron en la normalización de la explotación sexual una forma de mejorar sus estadísticas de empleo. Nuestro esfuerzo es uno más, y tiene la ventaja del reconocimiento de los desaciertos y de no tener que responder a un marco institucional. Dedicar tiempo a esto es como cultivar robles hacia su plena maduración.”

Hna. Adriana Patricia Angarita, NSCBP

El padre José, por su parte, nombra la lucha interior con la valentía de quien no ha terminado de resolverla:

“Ha sido una lucha creer en esto que hacemos. La lucha de apostar por una transformación que ocurre en lo invisible, en lo cotidiano, en lo que no aparece en ningún indicador, pero que es, quizás, lo único que verdaderamente dura.”

P. José Suárez Trueba, SJ 

Lo que no puede hacerse solo

El aviso más importante para quien quiera replicar este camino es uno que ambos dan con claridad: no se puede caminar solo durante mucho tiempo por territorios de esta intensidad. Se necesita una comunidad que discierna, que sostenga, que corrija.

 

Ese espacio lo encontraron, precisamente, en Caminando hacia la Paz. La comunidad latinoamericana fue la red que les permitió pensar en voz alta, contrastar su experiencia con la de otros caminantes del continente, recibir la mirada de quienes podían ver lo que desde adentro no se alcanza a ver. Sin ese sostén comunitario, el camino se habría vuelto insostenible.

“Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.” Mt 5.9

Hay una frase que el padre José y la hermana Adriana llevan como bandera y que condensa, mejor que cualquier marco teórico, la esencia de todo lo que han vivido y construido en estos territorios entre Los Mártires y Santa Fe: la paz comienza cuando alguien permanece. No cuando alguien interviene. No cuando alguien resuelve. Cuando alguien permanece.


Permanecer es el acto más contractual y más evangélico que existe en un mundo obsesionado con la eficiencia y los resultados visibles. Permanecer es decirle al otro, semana tras semana, martes tras martes: aquí estoy. Vuelvo. No me voy. Es la forma más radical de creer en alguien.

 

La hermana Adriana lo formula desde la espiritualidad de una pastora que se sabe oveja:

Quien nos educa es Dios Pastor. Él es quien acompaña las pascuas personales y comunitarias. Él provee. El tiempo es de Dios. El tiempo que le dedicamos a una persona es el mejor y más valioso recurso.”

Hna. Adriana Patricia Angarita, NSCBP

La convocatoria no tiene un destinatario único. Es para los equipos pastorales que ya caminan cerca de territorios de vulnerabilidad y buscan una postura diferente. Para las comunidades religiosas cuyo carisma las orienta hacia las periferias. Para las parroquias de barrio que tienen sectores, comunidades y personas en condición de vulnerabilidad. Para las laicas y los laicos formados en espiritualidad social - y son muchas las mujeres, laicas y religiosas, que se sienten llamadas a este tipo de pastoral - que sienten el llamado, pero no saben cómo responderle. Para las organizaciones de fe de América Latina y el Caribe que trabajan en los territorios más heridos.


La Pastoral en Salida y Encuentro es un llamado que nos invita a una actitud de apertura y disponibilidad al aprendizaje, la capacidad de dejarse tocar por el territorio y por las personas que lo habitan. El criterio central no es la experticia previa, sino la disposición a caminar procesos sin controlarlos, a escuchar sin dirigir, a sostener vínculos sin instrumentalizarlos. 

“El encuentro transforma cuando estamos dispuestos a dejarnos transformar.”

P. José Suárez Trueba, SJ


“Fui extranjero y me acogisteis. Estuve desnudo y me vestisteis. Estuve enfermo y me visitasteis.” Mt 25, 35-36

Que las huellas de los pasos del equipo de la Pastoral de Salida y Encuentro, sirvan como semilla. Que lleguen a los rincones donde hay personas que ya sienten el llamado, pero todavía no saben cómo responderle. Que inspiren a comunidades enteras a preguntarse no cuántas personas atendieron el mes pasado, sino si alguien - una sola persona, en un solo encuentro de un martes lluvioso - escuchó, miró a los ojos, recordó el nombre y dijo: te extrañaba. Porque allí, en ese pequeño milagro cotidiano, comienza la paz.

PARA CONTINUAR

este camino

WhatsApp: (+57) 321 354 6981

Fuentes y referencias:

[1] Caminando hacia la Paz. (2025). La Comunidad. Comunidad de Práctica para la Construcción de Paz en América Latina y el Caribe. Recuperado de https://www.caminandohacialapaz.com/lacomunidad

[2] Secretaría de la Mujer de Bogotá. (2015). Caracterización de personas que realizan actividades sexuales pagadas en Bogotá. Observatorio de Mujeres y Equidad de Género. Alcaldía Mayor de Bogotá.

[3] El Tiempo. (2015, 16 de junio). Explotación sexual infantil en Bogotá comienza antes de los 15 años. Recuperado de https://www.eltiempo.com/archivo/documento/CMS-15954316

[4] Portafolio. (2018, 26 de julio). Venezolanas, de las mayores víctimas de explotación sexual en Bogotá. Recuperado de https://www.portafolio.co/economia/panorama-de-la-prostitucion-en-bogota-519248

[5] Defensoría del Pueblo de Colombia. (2024, 9 de mayo). En lo que va del año en Colombia, la Defensoría ha atendido cerca de 80 casos de trata de personas. Recuperado de https://www.defensoria.gov.co

[6] Procuraduría General de la Nación. (2024, 30 de julio). Más de 190 casos de trata de personas registrados en primer semestre 2024. Recuperado de https://www.procuraduria.gov.co/Pages/mas-190-casos-trata-personas-registrados-primer-semestre-2024.aspx

[7] Cuesta, I. & Guerra, M. (2024, 2 de julio). No es turismo, es explotación sexual: el problema a fondo. Fundación Ideas para la Paz. Recuperado de https://ideaspaz.org/publicaciones/opinion/2024-07/no-es-turismo-es-explotacion-sexual-el-problema-a-fondo

Crónica

Carlos Henao Gaviria

Bogotá, Colombia 2026

 
 
 
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