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    Caminando hacia la Paz
  • 10 abr
  • 20 Min. de lectura

DONDE DOS CAMINOS SE CRUZAN

Una película, una herida, una intuición


No fue una elección consciente. Eso es lo primero que dice el padre José Suárez Trueba, SJ, cuando alguien le pregunta cómo llegó hasta aquí. No fue un proyecto. No fue un plan pastoral. Fue algo más parecido a lo que el misterio hace cuando te elige a ti antes de que tú lo elijas a él.

 

El origen está en 2007, cuando el padre José estudiaba Filosofía en la ciudad de Guadalajara. Un día entró al cine sin saber bien qué iba a ver. La película era Princesas, de Fernando León de Aranoa: una historia íntima y dura sobre la prostitución en Madrid, protagonizada por una mujer española y otra de República Dominicana. Lo que lo sacudió no fue tanto el tema, sino algo mucho más pequeño y mucho más profundo: el vínculo. La posibilidad de que, en medio del abandono más radical, naciera una amistad verdadera. Que la competidora - la supuesta enemiga por el territorio y los clientes - se convirtiera en aliada, en cómplice, en hermana.

“Esa escena tocó algo muy profundo en mí: una intuición de que, incluso en los márgenes más rotos, hay belleza, hay ternura, hay Dios.”

P. José Suárez Trueba, SJ

Esa intuición no lo abandonó. En 2021, ya sacerdote, la vivió en carne propia durante un tiempo de pandemia en Mérida (México), visitando a mujeres en explotación sexual con fines de prostitución en el centro de la ciudad. En 2024, en Chihuahua, acompañó durante cinco meses a Carmina, una mujer laica de la parroquia del Sagrado Corazón que recorría con perseverancia las calles del centro, encontrándose con mujeres prostituidas. Caminar con ella fue otro aprendizaje: mirar sin juicio, estar sin prisa, nombrar sin reducir. Todo eso lo preparó para lo que vendría en Bogotá.

 “¿La prostitución me ha elegido, o yo la he elegido a ella? A veces siento que fue ella quien me eligió. Que en sus bordes y contradicciones también se reflejan los míos. Que mis heridas, mi historia, mi deseo y mi fe encuentran allí un espejo extraño, incómodo y fecundo.”

P. José Suárez Trueba, SJ

LA MUJER QUE YA

conocía el terreno

Mientras el padre José acumulaba esas experiencias dispersas en distintas ciudades del continente, la hermana Adriana Patricia Angarita, llevaba ya muchos años caminando los territorios de las localidades de Los Mártires y Santa Fe de Bogotá. Como religiosa de Nuestra Señora de la Caridad del Buen Pastor, congregación cuyo carisma, forjado durante siglos, orienta a sus miembros hacia las mujeres en situación de extrema vulnerabilidad, la hermana Adriana había recorrido La Alameda, había acompañado grupos de mujeres prostituidas, había participado en redes de aliados de la Vicaría Inmaculada Concepción, había impulsado procesos de formación.

 

Fue en la comunidad de práctica Caminando hacia la Paz [1] - ese espacio latinoamericano donde desde 2020 quince organizaciones basadas en la fe católica de Colombia, El Salvador, Guatemala, Honduras, México, Nicaragua, Bolivia y República Dominicana aprenden juntas a construir paz en horizontal- donde la hermana Adriana y un grupo de colaboradoras y voluntarias realizaron el diplomado en Construcción de Paz y Transformación Social de Conflictos. De ese proceso nació el colectivo ReconectArte: un espacio de encuentro entre mujeres venezolanas y colombianas en situación de explotación sexual con fines de prostitución, tejido desde la transformación de lenguajes como herramienta de dignificación. La comunidad de práctica había sido, para la hermana Adriana, tanto aula como red, tanto espejo crítico como fuente de energía para volver al territorio. 

  

Cuando terminó su servicio en la dirección de la Fundación Buen Pastor, quiso regresar a la calle. Se integró a la casa El Refugio, de la Fundación Eudes, en la calle 22 con carrera 16 del barrio Santa Fe - lugar que camina en campañas y tiempos fuertes junto al padre René Rey y su equipo -. Estaba en ese proceso de reintegración al territorio cuando, en los espacios de Caminando hacia la Paz, llegó el padre José. Compartió sus estudios, su interés por este territorio, su ministerio y su búsqueda. Y algo se reconoció entre los dos.


EL PRIMER EQUIPO

y sus primeras lecciones

El camino no lo emprendieron solos. Junto al padre José y a la hermana Adriana, caminaron desde el principio, un sacerdote combiniano y una lideresa superviviente de la trata y la explotación sexual con fines de prostitución y una laica comprometida. Su incorporación al equipo respondía a una intuición genuina: nadie conoce ese territorio como quien lo ha habitado desde adentro.

 

Pero la realidad fue más compleja y más instructiva que la intuición inicial. La lideresa superviviente venía de una formación asistencial - en los términos en que el propio equipo comenzaba a cuestionar esa lógica -, y eso se tradujo en tensiones concretas: promesas que el equipo no podía cumplir, expectativas que el acompañamiento no podía sostener. Y algo más profundo: su situación de vulnerabilidad no había sido resuelta. Las consecuencias del trauma - la dependencia emocional, las deudas de gota a gota, la explotación de su red familiar y de otras mujeres prostituidas como resultado de la culpa - se convirtieron en un arma de doble filo que el equipo no supo manejar al principio. La pregunta emergió con fuerza: ¿Cómo sostener un camino de servicio voluntario cuando las necesidades básicas de quien lo comparte no están cubiertas?

 Esa pregunta no tenía una respuesta sencilla. Pero fue una de las primeras y más dolorosas lecciones del proceso: la buena intención no basta. La presencia en el territorio exige no solo apertura y generosidad, sino también una lectura honesta de las fragilidades  de quienes componen el propio equipo. La Pastoral de Salida y  Encuentro se aprende también mirando hacia adentro.

“Dios en su infinita sabiduría, nos envió sin recursos. Solo Dios basta. Y a la manera de Moisés, Miriam y Aarón, empezamos a dejarnos guiar por el Dios que nos habla en espacios sagrados de conversación.”

Hna. Adriana Patricia Angarita, NSCBP

Para comprender lo que el padre José y la hermana Adriana decidieron hacer, hay que caminar primero, aunque sea en la imaginación, por los territorios que el Equipo Eufrasia recorre: desde La Alameda, pasando por la carrera Caracas con calle 21, hasta el barrio San Bernardo, atravesando las localidades de Los Mártires y Santa Fe. Las fronteras entre estas dos localidades no son nítidas en el terreno, aunque sí en los mapas.  En la calle, lo que define el territorio no son los límites administrativos, sino las dinámicas de poder, las economías del cuerpo y las formas de control que se inscriben de manera diferente en cada tramo.


La zona que recorre el equipo tiene características que la distinguen del barrio Santa Fe más conocido: aquí la explotación sexual con fines de prostitución se percibe con mayor presencia de mujeres venezolanas, mujeres trans y mujeres cis más jóvenes y más expuestas, con alto consumo de droga y alcohol, y una mayor visibilidad de prostituyentes en autos, motos y a pie. El territorio está controlado por grupos delincuenciales que lo protegen a su manera, que es también la forma de dominarlo. Más hacia el centro de Los Mártires, las mujeres se exhiben menos, son más adultas, cobran menos, parecen gozar de cierta autonomía relativa, aunque los grupos que expenden droga también controlan esas esquinas.


Han sido, muchas de ellas, las más afectadas por la asistencia tanto gubernamental como eclesial, lo que hace más difícil transformar esa forma de interacción. Las cifras tienen peso. La Secretaría de la Mujer de Bogotá documentó, en recorridos realizados en 2014, más de 14.000 personas en situación de explotación sexual con fines de prostitución en la ciudad, distribuidas en 19 de las 20 localidades.[2] De ese universo, casi una cuarta parte había comenzado siendo menor de edad: el 7,1% antes de los 15 años, y el 17,4% entre los 15 y los 17.[3] No son cifras abstractas. Son niñas que un día tomaron un camino que nadie debería haber tenido que tomar.


La crisis migratoria venezolana agudizó aún más este panorama a partir de 2016. Mujeres venezolanas pasaron a representar una parte significativa de las personas prostituidas en Bogotá, muchas de ellas en condiciones de especial vulnerabilidad por carecer de redes de apoyo, documentación y opciones económicas.[4] Y detrás de esas historias de migración, las de siempre: violencia doméstica, pobreza estructural, abandono institucional.


Colombia sigue siendo uno de los países más afectados por la trata de personas con fines de explotación sexual en toda América Latina. La Defensoría del Pueblo alertó en mayo de 2024 haber atendido cerca de 80 casos en los primeros cuatro meses del año, un aumento del 139% frente al mismo periodo del año anterior.[5] Para el primer semestre de 2024, la Procuraduría General de la Nación registró 191 casos de trata, de los cuales el 76,5% correspondían a fines de explotación sexual.[6] Y todo indica que esos números son apenas la superficie de un iceberg que el miedo y el subregistro mantienen sumergido.[7]


En ese territorio, la estadística tiene cara. Tiene también, y esto es lo que el sistema prefiere no ver, una espiritualidad que sobrevive entre las grietas: creencias propias, una relación con lo sagrado que ningún programa diseñado desde afuera podría haber anticipado. La hermana Adriana lo descubrió caminando:

“La fuerza de estas mujeres es su espiritualidad. Y ese fue un hallazgo que descolocó cualquier guion previo sobre quién lleva la buena nueva a quién.”

Hna. Adriana Patricia Angarita, NSCBP

“¿A dónde iré lejos de tu Espíritu? ¿A dónde huiré de tu presencia? Si subo al cielo, allí estás; si bajo al abismo, allí te encuentro.” Salmo 139, 7-8

El primer paso es hacia adentro

 Las primeras caminatas no fueron como lo que el equipo llegaría a construir. La hermana Adriana introdujo desde el principio un ejercicio básico de contemplación, de acercarse a saludar. Llevaban rosarios donados - porque la experiencia de la hermana Adriana y la de la superviviente les había enseñado que las mujeres los reciben, que muchas los piden-, estampas, dulces, mensajes dentro de pequeñas cápsulas con forma de medicamento, objetos que ella y la lideresa conocían como puerta de entrada al encuentro. La bendición se fue suscitando de manera espontánea, especialmente como forma de presentar e introducir a los dos sacerdotes del equipo. Esto era comparable a tocar el velo de una religiosa, es considerado por las mujeres del territorio como señal de buena suerte para ellas: ese gesto de bendecir se convirtió en uno de los primeros puentes simbólicos. El padre José lo nombra con una honestidad que pocos sacerdotes se permiten en voz alta:

“En mis primeras experiencias sentí un miedo hondo. Miedo a que me lastimen, a no saber qué decir, a no encajar, a ser seducido. Caminaba inseguro detrás de María y Adriana, observaba los rostros de las mujeres, los bares, hombres en motos que pasaban. Al regresar a mi comunidad, me encontré exhausto. No era solo el cansancio físico: era el peso de confrontar mis privilegios cayendo sobre mis hombros. Me dolía el cuerpo, como si mi piel hubiera comprendido algo que mi cabeza no quería aceptar: que mi presencia también es política, que incluso mis buenas intenciones pueden colonizar.”

P. José Suárez Trueba, SJ

La hermana Adriana, por su parte, llegó al territorio con una memoria larga y una intuición forjada en años de experiencia comunitaria. El proceso para ella no fue tanto de aprendizaje desde cero, sino de reafirmación de convicciones y de desaprendizaje de hábitos:

“Yo planeaba todo en tiempos anteriores, y empecé de nuevo. Dejé casi todas mis prácticas, mis planes. He confirmado intuiciones y he encontrado nuevas.”

Hna. Adriana Patricia Angarita, NSCBP

LA HIENA

             que llevamos dentro

Para nombrar el arquetipo de la violencia que atraviesa el sistema prostituyente, el equipo usó la figura de la hiena: ese animal que se alimenta de lo herido ajeno, símbolo de la lógica del aprovechamiento. La hiena es el prostituyente que compra. Es el sistema que administra la precariedad. Es la intervención que asiste sin transformar. Pero el hallazgo más incómodo - y más honesto - que este proceso produjo fue otro: la hiena no está solo afuera. También habita en nosotros. 

“El sistema patriarcal nos hiere a todos (hombres y mujeres), aun siendo sacerdote, religioso, con buenas intenciones, puedo descubrir en mi la tentación de aprovechar el vínculo: querer que la relación confirme mi identidad, mi misión, mi bondad o mi eficacia. La presencia no instrumental implica un trabajo interior constante: vigilar esa pequeña hiena que busca capitalizar la relación.” P. José Suárez Trueba, SJ

“Desaprender lo que está ya en nuestro instinto de ser salvadores, maestros, jueces. Aprender a recibir y acoger la diversidad. Eso ha sido lo más difícil. Y eso es lo que nos han enseñado ellas.” Hna. Adriana Patricia Angarita, NSCBP

El proceso también exigió mirar con honestidad al actor más sistemáticamente invisibilizado de toda la cadena: el prostituyente. El hombre que prostituye. El que sostiene económicamente todo el sistema y que está cubierto por todos, por las propias mujeres, por los proxenetas, por las instituciones, porque nombrarlo implica abrir una caja que el sistema prefiere mantener cerrada.[8] La hermana Adriana lo describe con precisión que duele: los prostituyentes son también destinatarios de la compasión de Dios, no víctimas, pero sí objetos de las transacciones de un sistema que los cuida como clientes, no como personas humanas, y menos como seres sagrados. Nombrarlos fue el primer acto de valentía analítica del equipo.


Una metodología que nace de los pies

Hay una diferencia crucial entre tener un mapa y saber caminar. El mapa te dice hacia dónde vas antes de salir. Saber caminar implica aprender del terreno mientras lo recorres, leer las señales que el propio camino ofrece, dejarse sorprender por los desvíos que resultan ser los mejores atajos. La Pastoral de Salida y Encuentro nació de personas que aprendieron a caminar sin mapa.


La metodología que fue emergiendo se define desde cuatro características que el padre José sistematizó con cuidado: es situada - el territorio como maestro -; relacional - la relación como lugar de transformación, la gratuidad frente a la instrumentalidad -; abierta - creatividad ante los bloqueos, apertura a los desvíos -; y en espiral - avances y retrocesos, pausas y reanudaciones, sin lógica lineal -. Y sobre todas ellas, como columna vertebral, un eje transversal: la escucha y el encuentro como postura fundamental ante la vida y ante el otro.


Inspirada en la imaginación moral de John Paul Lederach, quien entiende la paz como un proceso relacional y sostenido en el tiempo, no como resultado de intervenciones puntuales, esta práctica entiende el Shalom no como paz ausencia de conflicto, sino como la plenitud de relaciones justas. Y esa plenitud solo se construye desde adentro de los vínculos, nunca desde afuera.


Una de las condiciones que definió esta práctica desde el principio no fue elegida: fue impuesta por la realidad. El equipo no contaba con apoyo institucional sólido. Lo que podían ofrecer era, esencialmente, su presencia. Y la presencia resultó ser, en ese territorio, el recurso más escaso y más necesario.


El 5 de noviembre de 2024

El 17 de septiembre fue la primera vez que caminaron desde Santa Fe hasta el San Bernardo. El padre José lo recuerda con esa mezcla de agobio y apertura que producen los territorios que te desbordan. Semanas después, el 5 de noviembre, escribió uno de los textos más hermosos de toda esta experiencia. No un informe. Un poema:

Mal del puerco en el cuerpo.

Quiero dormir, ya voy tarde, estoy cargado de desánimo. Oramos y empezamos a caminar.


Piel de color negra que disimula un poco las cicatrices, pero suavizo la mirada, y ahí están en manos y pies, me conecta con las mujeres del campo.


El cuerpo semidesnudo, maquillaje plateado y entre más vieja la piel, más pintura.


Y esta mujer de edad avanzada con el corazón conectado con el dolor del otro, la que fue su próxima y al mismo tiempo su rival, nos dice: «Pidamos por las siete que ya no están con nosotras: la que el novio la mató a puño, la que me prometió que cuando iba a tener una casa me iba a llevar consigo, la bonita, la rubia, Leslie.»


Olor a ropa húmeda, audífonos en las orejas, pelo negro. Y al platicar con ella, percibo una dicotomía: «ven — aléjate». Se confunde de mi nombre y me dice Carlos es un bonito nombre.


Mariposa es el suelo que la sostiene, y ahí un ángel con un aparato de sus oídos para escuchar, la bendecimos y nos dice: «Dios me los envió porque mi hijo fue asesinado hace 10 días.»


Bares, mercados, gente que pasa, lluvia, paraguas. Y al detenernos, no sorprende el paso de una que nos dice: «Soy famosa, ayer salí en la tele.»


Dolor atrás del dinero, dolor atrás de esta vida para sobrevivir, dolor, oculto, y el cuerpo desnudo.


P. José Suárez Trueba, S.J. Caminata por la carrera 13a, calle 18 y parque de La Mariposa

El nombre que cada mujer elige para circular en ese espacio es mucho más que un apodo. Es una forma de seguridad ante una amenaza real: muchas de estas mujeres están huyendo de tratantes - familiares u organizacionales -, o necesitan ocultarse de la vergüenza que saben que su situación genera en sus redes de origen.


Ese nombre protege. Pero esa protección tiene un costo: produce una fragmentación psicológica profunda, una separación entre el cuerpo que existe en el territorio y la persona que existe en otro lugar, en otro nombre, en otra vida.


Recordar el nombre adoptado de una mujer, como uno de los ejercicios de memoria que posibilita la intimidad y la generación de encuentros y, en los espacios de mayor confianza, el nombre real que hay detrás, se convirtió en un acto de reconocimiento que el equipo aprendió a acoger como un gesto de generosidad y confianza.


LA ATENCIÓN

             como generosidad

Una frase de Simone Weil ilumina esta práctica con precisión filosófica: «La atención es la forma más rara y pura de la generosidad.» La presencia no instrumental - estar sin buscar sacar algo a cambio: ni información, ni resultados, ni validación moral, ni crecimiento pastoral - se convierte en el gesto más profético que ese territorio puede recibir. Porque en un espacio donde los cuerpos son comprados, usados y descartados, el simple hecho de que alguien llegue sin comprar y sin usar ya introduce una ruptura que el sistema no sabe bien cómo procesar.

“Son interacciones basadas en la conversación generosa y gratuita, desde la ética del cuidado.

Un esfuerzo importante en una sociedad que nos empuja en la búsqueda del éxito a través de estadísticas, y en un contexto donde prevalece el negocio comercial, la desconfianza de todos contra todos, secretos que guardan violencias, coaliciones de sobrevivencia entre personas y grupos.”

Hna. Adriana Patricia Angarita, NSCBP

“En un territorio atravesado por la lógica del consumo - donde los cuerpos son comprados, usados y descartados - la presencia no instrumental se vuelve un gesto profundamente contracultural. Significa estar sin buscar sacar algo a cambio. Descubrimos que el signo más profético y amoroso que podemos ofrecer es una presencia no consumidora.”

P. José Suárez Trueba, SJ


La espiral del vínculo

El proceso no es lineal. Nunca lo fue. Comienza en la desconfianza, en la lectura asistencial de la presencia del equipo, en la expectativa de ayuda inmediata. Luego viene lo más difícil: permanecer sin transacción. Volver sin repartir. Soportar la incomodidad de que no pase nada visible. Y hacerlo de nuevo. Y de nuevo.

La hermana Adriana describe su propio movimiento desde la espiritualidad que la sostiene:

“Me hago más preguntas de cómo ejercer la pedagogía de Dios, cómo ser educadora de pasos, de pascuas. ¿Cómo vivir la trashumancia de cada mujer o grupo a quien Dios nos envía? Cada vez me hago más consciente de lo que significa ser pastora en la Pastoral de Salida y Encuentro, quien nos educa es Dios Pastor; por ende, siempre oveja, siempre discípula.”

Hna. Adriana Patricia Angarita, NSCBP

Al mismo tiempo, algo cambió en el padre José:

“Hoy caminamos con más serenidad. Me gusta más estar ahí. He aprendido a ir y volver por la

misma calle, a regresar sin agenda, a compartir simplemente lo que soy. Para mí ha sido un

regalo personal: pasar de la ansiedad por intervenir al gusto por permanecer.”

P. José Suárez Trueba, SJ

Una metodología viva es la que sabe adaptarse cuando el camino se cierra. Con apoyo de Pax Christi Internacional, una de las organizaciones que hace parte de Caminando hacia la Paz, diseñaron una estrategia de acción no violenta: la campaña de la hiena y el ave fénix. Una apuesta simbólica que no juzgaba directamente, pero abría un espejo. No logró el alcance esperado con los prostituyentes. Pero el intento enseñó algo sobre estrategias indirectas que ningún seminario de formación pastoral habría podido ofrecer.

 

El espacio digital abrió otro sendero. La hermana Adriana conocía bien ese recurso porque las Hermanas del Buen Pastor lo habían practicado en otros contextos. El reto consistía en acceder a los números telefónicos de las mujeres. En ese contexto, la hermana Adriana propuso organizar una rifa: entregar una boleta a cambio de que ellas compartieran su número de contacto. Sin embargo, el padre José le señaló - con razón, reconoce ella - que esa estrategia reproducía precisamente la lógica asistencial que buscaban cuestionar. Tocó hacer el camino paciente de la caminada: esperar hasta que una mujer, luego otra, fueran entregando sus números de manera espontánea. Una de las estrategias que ayudaron fue compartir recetas.

 

Además, les propusieron obtener su contacto para recibir un mensaje individual, sin presiones. Desde los primeros chats cotidianos fue tomando forma, hasta que comenzaron a enviar cada domingo una reflexión breve sobre el Evangelio.

 

Desde ahí se abrieron puertas: visitas a hospitales, a cementerios, a momentos de duelo íntimo. Un mensaje llegó en la noche: «Sé que soñé con mi pareja que la mataron en Perú. Necesito que me ayuden a rezarle.» El padre José y la hermana Adriana fueron. Y en ese ir se rompió el último muro: el de la imagen de la Iglesia como entidad que da cosas a una Iglesia que acompaña.

 

Compartir una colada y un liberal (bizcocho tradicional) se convirtió en una metáfora eucarística: no como asistencia ni como respuesta a una carencia, sino como una pedagogía de la hospitalidad, donde la bebida caliente y el pan nutren la conexión, la intimidad y el tiempo compartido en la comensalidad.

“No debemos relacionarnos con los pobres como objeto de nuestra compasión, sino como hermanos y hermanas que nos enriquecen.” —Papa Francisco, Laudato Si’, n. 91

LA CONSTANCIA

             marcó el camino

Las mujeres del territorio empezaron a esperar al padre José y a la hermana Adriana. A notar su ausencia. A extrañarlos. Un día, una mujer del sector de la décima con sexta, en el barrio San Bernardo, se les acercó con ese reproche tierno que solo se les permite a las personas de confianza:


Cuánto hace que no los veía. Extrañaba los abrazos.

Mujer del sector décima con sexta


Y luego habló de su cumpleaños, que había sido en enero, que nadie había celebrado. Ellos cantaron. Otras mujeres que pasaban se fueron acercando. Cantaron también. Y en esa esquina, en ese instante que no aparece en ningún informe de indicadores, algo se movió que difícilmente pueda ser revertido: una persona que se creía invisible descubrió que alguien la recordaba.

“El mayor logro que tenemos es que la mirada de ellas hacia nosotros ha cambiado. Cada vez les interesa menos si llevamos algo o no. Lo que importa es la relación.”

Hna. Adriana Patricia Angarita, NSCBP

Y el padre José lo confirma desde su propia experiencia:

“Hemos aprendido que el Reino no irrumpe con espectacularidad, sino en la repetición humilde de la presencia. Esa constancia - más que la intensidad - ha sido el verdadero proceso.”

P. José Suárez Trueba, SJ

Las caminatas están evolucionando hacia algo que el padre José llama con entusiasmo un centro de escucha callejero: un dispositivo pastoral sin paredes, sin horarios fijos, sin formularios de ingreso. Se construye allí donde ocurre el encuentro: en la calle, en la esquina, en el caminar compartido. La diferencia con cualquier centro de escucha pastoral no es solo arquitectónica: aquí no se espera que las personas lleguen con una demanda elaborada de su dolor.


La escucha callejera se ejerce también a través del cuerpo, del silencio, del tiempo compartido. Y en ese espacio, la persona puede contarte que está feliz porque vio a su hija o que está destrozada porque la acaban de asaltar. La vida entera, sin filtros, sin encuadre que segmenta y clasifica.


Las piedras del camino y la gracia de no ignorarlas

Una de las virtudes más infrecuentes en el mundo pastoral es la honestidad sobre los propios límites. El padre José y la hermana Adriana la practican con una soltura que hace su experiencia aún más confiable.


Esta práctica no transforma las estructuras por sí sola. No puede reemplazar las políticas públicas ausentes ni los cambios culturales que requieren generaciones. Es un aporte situado a la construcción de paz cotidiana, no una solución total. Lo que distingue a este proceso no es ser el único ni el mejor, sino su capacidad de reconocer con honestidad los propios desaciertos y su libertad relativa respecto a los marcos institucionales que con frecuencia son más carga que apoyo.


La hermana Adriana lo describe con la imagen de quien siembra sabiendo que tardará en ver la cosecha:

“Esta es una larga lucha de muchas organizaciones, muchas frágiles ante el lobby proxeneta y ante Estados que encontraron en la normalización de la explotación sexual una forma de mejorar sus estadísticas de empleo. Nuestro esfuerzo es uno más, y tiene la ventaja del reconocimiento de los desaciertos y de no tener que responder a un marco institucional. Dedicar tiempo a esto es como cultivar robles hacia su plena maduración.”

Hna. Adriana Patricia Angarita, NSCBP

El padre José, por su parte, nombra la lucha interior con la valentía de quien no ha terminado de resolverla:

“Ha sido una lucha creer en esto que hacemos. La lucha de apostar por una transformación que ocurre en lo invisible, en lo cotidiano, en lo que no aparece en ningún indicador, pero que es, quizás, lo único que verdaderamente dura.”

P. José Suárez Trueba, SJ 

Lo que no puede hacerse solo

El aviso más importante para quien quiera replicar este camino es uno que ambos dan con claridad: no se puede caminar solo durante mucho tiempo por territorios de esta intensidad. Se necesita una comunidad que discierna, que sostenga, que corrija.

 

Ese espacio lo encontraron, precisamente, en Caminando hacia la Paz. La comunidad latinoamericana fue la red que les permitió pensar en voz alta, contrastar su experiencia con la de otros caminantes del continente, recibir la mirada de quienes podían ver lo que desde adentro no se alcanza a ver. Sin ese sostén comunitario, el camino se habría vuelto insostenible.

“Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.” Mt 5.9

Hay una frase que el padre José y la hermana Adriana llevan como bandera y que condensa, mejor que cualquier marco teórico, la esencia de todo lo que han vivido y construido en estos territorios entre Los Mártires y Santa Fe: la paz comienza cuando alguien permanece. No cuando alguien interviene. No cuando alguien resuelve. Cuando alguien permanece.


Permanecer es el acto más contractual y más evangélico que existe en un mundo obsesionado con la eficiencia y los resultados visibles. Permanecer es decirle al otro, semana tras semana, martes tras martes: aquí estoy. Vuelvo. No me voy. Es la forma más radical de creer en alguien.

 

La hermana Adriana lo formula desde la espiritualidad de una pastora que se sabe oveja:

Quien nos educa es Dios Pastor. Él es quien acompaña las pascuas personales y comunitarias. Él provee. El tiempo es de Dios. El tiempo que le dedicamos a una persona es el mejor y más valioso recurso.”

Hna. Adriana Patricia Angarita, NSCBP

La convocatoria no tiene un destinatario único. Es para los equipos pastorales que ya caminan cerca de territorios de vulnerabilidad y buscan una postura diferente. Para las comunidades religiosas cuyo carisma las orienta hacia las periferias. Para las parroquias de barrio que tienen sectores, comunidades y personas en condición de vulnerabilidad. Para las laicas y los laicos formados en espiritualidad social - y son muchas las mujeres, laicas y religiosas, que se sienten llamadas a este tipo de pastoral - que sienten el llamado, pero no saben cómo responderle. Para las organizaciones de fe de América Latina y el Caribe que trabajan en los territorios más heridos.


La Pastoral en Salida y Encuentro es un llamado que nos invita a una actitud de apertura y disponibilidad al aprendizaje, la capacidad de dejarse tocar por el territorio y por las personas que lo habitan. El criterio central no es la experticia previa, sino la disposición a caminar procesos sin controlarlos, a escuchar sin dirigir, a sostener vínculos sin instrumentalizarlos. 

“El encuentro transforma cuando estamos dispuestos a dejarnos transformar.”

P. José Suárez Trueba, SJ


“Fui extranjero y me acogisteis. Estuve desnudo y me vestisteis. Estuve enfermo y me visitasteis.” Mt 25, 35-36

Que las huellas de los pasos del equipo de la Pastoral de Salida y Encuentro, sirvan como semilla. Que lleguen a los rincones donde hay personas que ya sienten el llamado, pero todavía no saben cómo responderle. Que inspiren a comunidades enteras a preguntarse no cuántas personas atendieron el mes pasado, sino si alguien - una sola persona, en un solo encuentro de un martes lluvioso - escuchó, miró a los ojos, recordó el nombre y dijo: te extrañaba. Porque allí, en ese pequeño milagro cotidiano, comienza la paz.

PARA CONTINUAR

este camino

WhatsApp: (+57) 321 354 6981

Fuentes y referencias:

[1] Caminando hacia la Paz. (2025). La Comunidad. Comunidad de Práctica para la Construcción de Paz en América Latina y el Caribe. Recuperado de https://www.caminandohacialapaz.com/lacomunidad

[2] Secretaría de la Mujer de Bogotá. (2015). Caracterización de personas que realizan actividades sexuales pagadas en Bogotá. Observatorio de Mujeres y Equidad de Género. Alcaldía Mayor de Bogotá.

[3] El Tiempo. (2015, 16 de junio). Explotación sexual infantil en Bogotá comienza antes de los 15 años. Recuperado de https://www.eltiempo.com/archivo/documento/CMS-15954316

[4] Portafolio. (2018, 26 de julio). Venezolanas, de las mayores víctimas de explotación sexual en Bogotá. Recuperado de https://www.portafolio.co/economia/panorama-de-la-prostitucion-en-bogota-519248

[5] Defensoría del Pueblo de Colombia. (2024, 9 de mayo). En lo que va del año en Colombia, la Defensoría ha atendido cerca de 80 casos de trata de personas. Recuperado de https://www.defensoria.gov.co

[6] Procuraduría General de la Nación. (2024, 30 de julio). Más de 190 casos de trata de personas registrados en primer semestre 2024. Recuperado de https://www.procuraduria.gov.co/Pages/mas-190-casos-trata-personas-registrados-primer-semestre-2024.aspx

[7] Cuesta, I. & Guerra, M. (2024, 2 de julio). No es turismo, es explotación sexual: el problema a fondo. Fundación Ideas para la Paz. Recuperado de https://ideaspaz.org/publicaciones/opinion/2024-07/no-es-turismo-es-explotacion-sexual-el-problema-a-fondo

Crónica

Carlos Henao Gaviria

Bogotá, Colombia 2026

 
 
 

En el marco de la conmemoración de esta fecha, invitamos a la lectura del mensaje de Caritas Internationalis y su llamado por "proteger la dignidad humana y garantizar la seguridad y la justicia para todas las mujeres y niñas."



 
 
 
  • herramientascomuni3
  • 14 ene
  • 12 Min. de lectura

Maestra, guía e inspiradora de constructores y constructoras de paz en la región latinoamericana



Una de las constructoras de paz más activas y ejemplares en América Latina y El Caribe nació en un pequeño pueblo de Colombia, Guadalupe (Huila), en una familia peculiar de nueve hermanos, con un padre militante del partido Conservador, y una madre, del Liberal, sin que eso supusiera conflicto alguno; algo poco habitual en un país que, durante décadas, se enfrentó en una despiadada guerra civil por las diferencias entre ambas posturas políticas, y algo que marcó un hito en su historia de vida, pues ella y sus hermanos aprendieron, con naturalidad, “que se puede ser adversarios en ideas, pero que ello no es motivo para odiarse, matarse o ser insolidario con quien es de otra ideología”, como nos cuenta ella misma: Rosa Inés o ‘Rosita’ para muchos de sus amigos.


Su padre, profundamente católico, también la acercó a pensamientos disruptivos para la época y el contexto, en medio de una cultura machista que no se ha logrado superar. Por una parte, porque impulsaba la equidad entre hombres y mujeres, animando a sus hijas a realizar todo lo que soñaran ser, sin sentirse obligadas a cumplir roles tradicionales impuestos a las mujeres.  Por la otra, porque le transmitía la importancia de ejercer un liderazgo público sano, constructor de comunidad, no necesariamente visible o ligado a la fama y a cargos de poder.


Él era una persona que se basaba en lo que hoy denominamos “Pensamiento Social de la Iglesia”, que no le gustaba ejercer cargos públicos y que no tenía aspiraciones políticas porque, decía, eso no era compatible con el verdadero servicio a la comunidad. Era la época del Concilio Vaticano Segundo, que llevó a que líderes parroquiales, como él, organizaran círculos de solidaridad; por ejemplo, participó en la creación de grupos de autoahorro para promover el bienestar de las comunidades campesinas.  Como era conductor de escalera (vehículo típico de las zonas rurales colombianas), al visitar las veredas, en ocasiones se encontraba con personas liberales en riesgo por la violencia partidista que se vivía en la época y él, siendo conservador, no tenía problema con ponerlos a salvo transportándolos hasta un lugar seguro. Eso lo hizo un hombre muy reconocido y amado por gente de otras religiones y de otros partidos políticos.


Ese ejemplo y los recuerdos de esas largas horas en las que, reunidos como familia en torno a la mesa, él les contaba todas sus historias con la comunidad, sobre cómo enfrentaban problemas y cómo superaban de forma colectiva la indiferencia institucional y gubernamental, marcó otro hito fundamental al acercarla a la comprensión de aquello que, más tarde, reconocería como “capacidad de incidencia” sin ocupar las vías de hecho o manifestaciones violentas, pues nunca estuvo de acuerdo con esa forma de elevar la voz o de protestar, sino en otras basadas en el diálogo inteligente.

  

Así, con esas enseñanzas vivas en su mente, comenzó, siendo adolescente, a acompañar actividades de pastoral infantil. Con el tiempo, se ganó la confianza de los padres y madres involucrados en el proceso para llevar a sus hijos a Bogotá a encuentros de espiritualidad: “¡Imagínate, yo sola con niños y niñas entre 6 y 12 años; yo, que no era mayor de edad!”. Eso sumó para formar esas habilidades de liderazgo que más adelante maduraría siendo animadora de grupos y semilleros juveniles, organizando el grupo musical de su colegio con estudiantes, incluso, mayores que ella (había aprendido, de forma autodidacta, a tocar guitarra), y, sobre todo, trasladándose a una ciudad enorme, Bogotá, para comenzar a estudiar Ingeniería Industrial con tan solo 15 años.


Hice más de la mitad de la carrera. Creo que de ahí me viene un poquito lo de estratega y lo rigurosa, y el haber aprendido sobre planificación y gestión de proyectos. Pero, la verdad, no me imaginaba en una industria. Al mismo tiempo, participaba en movimientos populares y tenía trabajos informales para sostenerme; así conocí a don Fernando Ospina, una persona que me ayudó a tramitar un permiso en el Ministerio de Trabajo para que me pudieran vincular laboralmente siendo menor de edad. Él me hizo preguntarme por mi camino en la ingeniería, pues me decía que me veía en algo más social, incluso en la política, pues pensaba que la verdadera política era lo que hacía gente como mi papá. Pero yo no tenía dinero para comenzar otra carrera, y tampoco quería dejar lo que estudiaba. Tiempo después descubrí que tenía derecho a una beca y a una ayuda mensual de manutención que daba el Gobierno, por el rendimiento académico que había tenido en el colegio, así que la aproveché y me matriculé, simultáneamente, en Administración Pública. Luego, al crearse las universidades regionales, me fui a vivir a Neiva; con tristeza dejé la ingeniería y me gradué como Administradora Pública.


Ya siendo profesional, con algo menos de 21 años, la nombraron secretaria de gobierno de su pueblo, pero desilusionada por la burocracia, las presiones por parte de actores con poder y el poco control en los procesos, decidió retirarse y emprender un nuevo desafío: trasladarse a otra ciudad intermedia, Garzón (Huila), para crear su propia empresa: una tarea “durísima” (entre otros factores, porque tuvo que afrontar extorsiones), pero que contribuyó en su formación y le demostró que su camino tampoco seguiría ese horizonte.


El rumbo definitivo lo descubriría gracias a un sacerdote amigo, el padre Carlos Rojas, encargado de la Pastoral Juvenil de su parroquia, a quien apoyaba mediante la venta de grabaciones caseras de música para jóvenes que ella misma componía, y quien le enseñó que “uno, desde cualquier parte, puede hacer la diferencia para transformar lo público, lo colectivo.”


A él lo nombraron director de Pastoral Social en la diócesis de Garzón, y me invitó a trabajar con él. Había que diseñar la estrategia, pero yo no tenía ni idea de cómo hacerlo. Así que me puse a estudiar todo sobre pastoral social y magisterio de la Iglesia: primero, empíricamente, y luego, realizando un curso que monseñor Héctor Fabio Henao había creado. Y ese aprendizaje sobre la “moral social” (yo prefiero llamarla así, en lugar de doctrina social o pensamiento social) fue el gran descubrimiento. Ese curso era la formación que yo hubiera querido recibir en la carrera; era lo que le daba sentido a todo lo que yo había estudiado en la administración pública; era la evidencia de todo eso que le había escuchado a mi papá. Porque esa moral social es realmente la herramienta de entendimiento para que un cristiano viva con fidelidad el Evangelio, teniendo una actitud coherente con su fe, ante la vida y la sociedad, iluminando las decisiones y acciones que tomemos. En ese momento siento que hice “clic” en mi vocación con la pastoral social.



Su paso por el Secretariado Nacional de Pastoral Social (SNPS) Cáritas Colombiana


La vivencia y la práctica de la moral social se convirtió, a partir de entonces, en su norte. Primero, diseñando y acompañando proyectos y procesos de economía y organización comunitaria desde la Pastoral Diocesana de Garzón (en el departamento de Huila). Luego, haciéndolo en la regional Tolima Grande, una de las divisiones del SNPS que, en aquella época, era dirigido por el mismo monseñor Henao.


Él estaba en ese momento pensándose cómo aportar a la reconciliación del país mediante una estrategia de regionalización para hacer más significativo el aporte de la Pastoral Social a la paz. Eso implicó dividir la acción en 10 regiones, no geográficas, sino por afinidad de realidades. 


Una gran mujer que nos estaba acompañando en un proyecto con primera infancia, la Dra. Clara Ester López, que hacía parte del SNPS, fue no solo la persona que me recomendó, sino quien acompañó mis primeros pasos para asumir con fidelidad evangélica  un nuevo rol que habían creado: el de asistente regional, orientado a apoyar la región Tolima Grande, la cual incluía las ocho jurisdicciones eclesiásticas de los departamentos de Tolima, Huila, Caquetá, sur de Cundinamarca y Sur de Putumayo. 


Y así empecé a realizar propuestas para saber cómo ubicar la narrativa de la reconciliación y la paz en un contexto que, en ese momento (1998), estaba siendo escenario de negociaciones entre el Gobierno nacional y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo (FARC-EP), justo en el Caguán que era parte de la región que yo acompañaba. 


Eso me llevó a visitar las 338 parroquias, a recorrer todo ese enorme territorio, porque mi papel era fortalecer los comités parroquiales de pastoral social, darles información y promover, desde ahí, una pastoral social que no fuera la típica asistencialista (de recoger mercaditos para los pobres), sino que además fuera preparando el camino para la paz.


No obstante, el fracaso de aquellos diálogos de paz (en 2002), la fortaleza que tomó el narcotráfico, el auge de grupos paramilitares, el aumento de la violación de los derechos humanos, el advenimiento de un gobierno posterior contrario a los diálogos y centrado en debilitar a los grupos armados por la vía armada, hizo que la pastoral social regional y colombiana tuvieran que buscar fortalecerse para saber cómo construir soluciones en medio de tal conflicto.  Fue, entonces, cuando se dio una oportunidad que Rosa Inés valora como un nuevo hito en su vida: aprender de John Paul Lederach, pensador y líder mundial en construcción de paz.


Yo estaba en la regional del SNPS, cuando John Paul asesoraba a Caritas Internationalis, así que tuve la oportunidad de conocerlo en unos talleres de transferencia que se organizaron. Gracias a ese proceso, comencé a pensar cómo aplicar lo que nos transmitía en varios procesos de reconciliación; uno de ellos en Guadalupe, donde había un conflicto muy fuerte. Una experiencia que fue muy significativa para mí. 


Poco tiempo después, y con ese equipaje de conocimientos e inquietudes que había conseguido hasta el momento, en 2005 se trasladó a Bogotá, invitada por el mismo monseñor Henao, para asumir la gerencia de área de un programa que el SNPS ejecutaba en alianza con CRS, y al culminar este, en 2008, pasó a integrarse de lleno a dicho secretariado, donde participó en el diseño de una metodología para orientar la planificación de iniciativas de paz, que ha tenido gran trascendencia en el país, denominada “Construyendo la paz desde la transformación comunitaria”, y donde pudo seguir aprendiendo de Lederach, dado que él los asesoraba. Desde entonces, alcanzaría unas compresiones más holísticas sobre las violencias y los conflictos en Colombia, pero, a la vez, comenzaría a afrontar retos, embates y desafíos cada vez de más exigencia.


Era una época muy compleja para el país y para nosotros, porque en aquel entonces no se hablaba mucho de cuidado psicosocial y de autoprotección entre quienes trabajábamos por la paz.  La única terapia posible era reírnos, reírnos de todo, de nosotros mismos; escucharnos, además de escuchar a las víctimas; compartirnos las experiencias, hacer catarsis juntos, hacer tejido de apoyo; volvernos una especie de misioneros de esperanza atendiendo a otros misioneros, para ayudarles y ayudarnos a vaciar del cerebro y el corazón, todo lo que habíamos recibido…


Así afrontábamos todo un conjunto de experiencias que, poco a poco, fueron permitiéndonos hacer cosas nuevas interesantísimas, como establecer un sistema de alerta temprana; diseñar, desde cero, metodologías y estrategias de construcción de paz, aplicando el enfoque de transformación de conflictos que nos enseñaba John Paul, orientadas no solo a apagar crisis, sino a atender causas estructurales; ponerlas a prueba para saber si sí eran pertinentes y si sí aportaban en procesos de conflicto reales; y empezar a documentar los procesos para compartir los aprendizajes (documentos que sirvieron de base para la escritura de módulos educativos que más tarde construimos)…  


Un ejemplo de ello es que, la experiencia de Guadalupe aportó a la construcción de metodologías como la de “Construyendo la Paz desde la Transformación Comunitaria” realizada con otras iglesias cristianas en Programa Conjunto, y ya al frente de la sección Vida, Justicia y Paz del SNPS se posiciona como una metodología de paz en la base que posteriormente se ha escalado como paz territorial y que en el caso de SNPS se volvió la estrategia de intervención posteriormente transferida a otras Cáritas hermanas de la Región.



Vino, pues, una época en la que esos entendimientos –más otros que aportaban nuevas visiones y amigos, como Martha Inés Romero, hoy secretaria general de Pax Christi International, o como Rick Jones, Tom Bamat, entre muchos otros–, que le permitieron asumir otros encargos tanto en SNPS como en SELACC, desde donde contribuyó a la construcción de una mirada articulada entre los esfuerzos eclesiales de paz y DD.HH. con los de otras áreas de la pastoral de la Iglesia (y no por comisiones separadas que sumaban al desgastante paralelismo que ya había por todo el país).  


Recuerda un aprendizaje ganado en su participación como parte de SNPS en el Grupo de Trabajo Colombia (GTC), una estrategia muy audaz planteada por Monseñor Henao con el grupo de Cáritas europeas y de los Estados Unidos en favor de una cooperación más allá de aportar fondos y más centrada en hacer incidencia juntos en favor de la Paz en Colombia a través de una campaña: “La paz en Colombia es posible”. De ese espacio, recuerda, especialmente, sus aprendizajes en torno al rol clave de la cooperación en la búsqueda de la paz, pues


La comunidad internacional, en su interés de ayudar a la paz, propició una especie de competencia malsana por las ayudas económicas, en vez de impulsar modelos colaborativos. Nosotros entendimos que había que salirse de esa lógica y caminar contra la corriente promoviendo alianzas entre sociedad civil, Iglesia y gobiernos para que las respuestas fueran coordinadas, entendiendo que no hay recetas mágicas por la paz, que nadie tiene la mejor herramienta y que las lógicas competitivas solo aportan soluciones parciales muy limitadas.


Igualmente, recuerda dos experiencias muy significativas: cuando, estando Monseñor Rubén Salazar presidiendo la Conferencia Episcopal colombiana, y con apoyo de CRS, participó en la organización de un espacio formativo y de sensibilización en construcción de paz con obispos colombianos, a quienes acompañó, hacia 2012, al Instituto Kroc de la Universidad de Notre Dame, para reunirse con el mismo Lederach, con teólogos de muy alto nivel y la Red Católica Mundial de Paz para seguir discerniendo el aporte de la Iglesia a la Paz de Colombia; también cuando gracias al apoyo de la misma CRS, Lederach comenzó a venir periódicamente al país, a formar a los actores eclesiales. 


Sin duda, las enseñanzas de John Paul fueron muy importantes para la Iglesia colombiana, porque permitió entenderla como un actor que puede y debe tener una participación activa en la construcción de paz.  Y para mí, porque gracias a él entendí lo que significa construir paz en medio del fuego cruzado, en territorios que no eran seguros para la vida, en un contexto oficial que negaba realidades como el desplazamiento forzado. También, que sí era posible la construcción de paz desde múltiples niveles; hay que hacerlo con nosotros y entre nosotros mismos. Fue un tiempo de muchos aprendizajes, pero muy complejo, del que yo creo que hay bastantes secuelas, incluso para quienes hacíamos parte de la Pastoral. 


Comprendí, además, el sentido de algo que John Paul afirmaba: que la Iglesia perdía mucho potencial para construir paz, porque le costaba “actuar como cuerpo”, porque yo misma lo notaba en mis conversaciones con las bases, pues era común que se afirmara que no teníamos una jerarquía profética que escuchara a los misioneros, y también era común oír de los obispos explicando su temor a plantear posturas que pusieran en riesgo a sus sacerdotes y agentes de pastoral.


Y entendimos la necesidad de construir una fundamentación desde lo teológico-pastoral para que los liderazgos eclesiales que les costaba comprender que este trabajo por la paz  también es parte de la misión evangelizadora de la Iglesia y, por tanto, una exigencia pastoral. Este es un servicio a la paz que poco se identifica como necesario y en ello la Iglesia colombiana ha avanzado muchísimo y puede aportar mucho a la Iglesia en América Latina.


Así, poco a poco, con Rosa Inés aportando su capacidad estratégica y el conocimiento de los procesos eclesiales de base, se alzó la bandera de una pastoral social transformadora, que no solo beneficiaría a Colombia, sino a otros países con los que el SNPS cooperaría, por medio de diversos programas de formación de formadores de paz y de transferencia de metodologías educativas para la no-violencia y la reconciliación.  Un mérito que ella siempre atribuye y reconoce a monseñor Héctor Fabio Henao, “pues mi papel era escucharlo, entender su pensamiento y direccionamiento, operativizarlo y hacerlo obra”.


Sin embargo, su paso por el SNPS terminaría en 2022 para dar paso al más reciente hito en ese camino por la paz: la sistematización y la transferencia de conocimientos. Eso, porque reconociendo, desde la humildad, que no se tenía una construcción académica a partir de lo hecho, lo vivido y lo analizado en el campo de la construcción de paz, se trasladó hace poco tiempo a México, desde donde actualmente enfoca su energía en recoger, estudiar y compartir lo que ella y otros(as) caminantes de la paz han aprendido en el largo y dificultoso camino, sobre temas como la importancia de atención psicosocial a las víctimas, la promoción comunitaria, la vivencia de la teología para la reconciliación, la espiritualidad basada en la mediación sacerdotal, la gestión de estrategias de intervención multinivel para la transformación de conflictos, entre otros asuntos.  


Eso lo asume como Directora Ejecutiva del recién fundado Instituto Interamericano por la Paz y la Reconciliación - INSPyRE, entidad basada en la fe que busca fortalecer la capacidad estratégica de la Iglesia católica y de iglesias hermanas, bajo una postura ecuménica, para la construcción de paz, dándose a sí misma, a la vez, la oportunidad para entender 


cómo todo ha sido como una pieza de un rompecabezas, en el que cada piecesita, aunque fuera dolorosa en su momento, ahora ajustaba en mi vida de manera perfecta, y ha hecho que sienta, hoy, que me estoy realizando como persona, como mujer y cristiana, desde mi laicado, en este escenario significativo que es el de la construcción de la paz.


Con seguridad, como su primera orientadora, su paso por este instituto conformado por una comunidad de fe, seguirá siendo inspiración para quienes estamos comprometidos con la construcción de paz, dispuestos a aprender de quienes como ella, son maestras, guías e inspiradoras de constructores y constructoras de paz en nuestra región. 

Para más información sobre esta caminante, consulta:

Gloria Londoño Monroy

Junio de 2024

 
 
 
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