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  • Foto del escritor: Caminando hacia la Paz
    Caminando hacia la Paz
  • 15 sept 2023
  • 10 Min. de lectura

Fundación El Buen Pastor, con acompañamiento de Catholic Relief Services: Su experiencia al implementar la metodología ¡Mujer, no estás sola!


"GAM ha transformado mi vida en una mujer más entregada a sí misma, a mi personalidad, a mi físico, a mis emociones. Yo puedo compartirles a otras mujeres que no podemos dejarnos maltratar, ni violentar, ni que nos bajen la autoestima, por ninguna cosa que esté pasando; que sí podemos tomar nuestras decisiones. En lo espiritual, me ayudó con muchas experiencias a conectarme con Dios y conmigo misma, participante Seccional Cartagena (Colombia).


Mujer, no estás sola! es una metodología impulsada por Catholic Relief Services – CRS, basada en evidencia, que busca brindar atención psicosocial integral (primaria, secundaria y terciaria) a quienes se han visto afectadas por los impactos nocivos de las violencias, haciéndolo mediante un proceso con enfoque vivencial que promueve vínculos sanadores de conversación y soporte emocional gracias a la participación e integración en los Grupos de Apoyo de Mujeres (GAM).


En 2021, la Fundación Internacional del Buen Pastor (GSIF, por sus siglas en inglés), en alianza con CRS, comenzó a promover el uso de la metodología en las provincias de la Congregación Nuestra Señora de la Caridad del Buen Pastor de América Latina, para responder al llamado urgente que clamaban cientos de mujeres que buscaban recibir ayuda debido a dolorosas situaciones de violencia; en aquel momento, incrementadas por el contexto de pandemia.


La Fundación el Buen Pastor (FBP), con presencia en seis ciudades de Colombia y dos de Venezuela, obra de la Congregación, hizo parte del proceso inicial de formación de formadoras, y desde entonces aplica la metodología en su provincia.


Conversar con la hermana Adriana Patricia Angarita, directora de la FBP, y con Laura Valeria Zapata, coordinadora de Programa y Planeación, nos permite aprender de esta significativa experiencia a partir de un testimonio real de cohesión, organización y empoderamiento de mujeres resilientes:


Lo primero que hicimos fue participar de la formación regional ofrecida por CRS a organizaciones hermanas en América Latina; participamos responsables psicosociales, coordinadoras y religiosas por parte de la Fundación. Por la pandemia, la formación fue virtual, pero luego, en 2022, nos reunimos en Medellín (Colombia), donde se hizo un encuentro formativo que culminó con la certificación como facilitadoras. Este proceso de formación presencial fue financiado por CRS contando con la participación de hermanas, colaboradoras y voluntarias de la fundación, en la que se certificaron un total de 30 mujeres.


Producto de ello, iniciamos un ejercicio de irradiación de lo aprendido en nuestras seccionales, desde una modalidad híbrida (presencial y virtual). En Colombia, solo se había certificado, en la primera formación, una mujer como facilitadora por cada ciudad, así que lo que hicimos fue que ella, con otra compañera formada en otra ciudad, pudiera acompañar un grupo que, si bien tenía unas sesiones presenciales, tenía otras remotas, aprovechando recursos tecnológicos y metodológicos que promueven la participación, la cohesión y la escucha durante la experiencia. Después, facilitamos otros grupos en Venezuela y Colombia de forma completamente presencial.


Desde entonces, en Colombia hemos hecho réplicas en Medellín, Manizales, Palmira, Cúcuta, Cartagena, Bogotá y recientemente comenzamos también en Cali. En Venezuela, solo en Caracas, pero estamos analizando la viabilidad para comenzar en Barquisimeto, nos cuenta Laura Valeria.

La experiencia inicial de formación de facilitadoras ha dado como resultados cuantitativos, hasta el momento, el acompañamiento a 172 mujeres, quienes han vivido la propuesta metodológica en grupos conformados por 15 a 20 participantes. Gracias a ello, como nos cuenta la hermana Adriana, se ha podido complementar y vigorizar la apuesta hecha por la fundación, en coherencia con la opción apostólica de su misión de trabajar con mujeres expuestas a las violencias o que viven condiciones de exclusión, para que “puedan transformar esas creencias que las han llevado, muchas veces, a justificar esas relaciones de violencia que viven no solo en su dimensión doméstica, por violencia física y/o psicológica, sino también violencias que se gestan y manifiestan en las comunidades”, brindándoles la oportunidad “de que analicen las causas estructurales de lo que viven, y de que visualicen, construyan y pongan en práctica, de forma autónoma, pero con ayuda mutua, discursos, mecanismos y decisiones que transformen para sí mismas, y para otras mujeres, esas relaciones, ideas y costumbres dañinas”, aclara Laura Valeria.


Para la misma hermana, optar por la implementación de ¡Mujer, no estás sola!, e integrarla con otras metodologías, estrategias y programas de la FBP que se orientan a mujeres, ha sido muy valioso, en tanto ha permitido, de una forma holística, abordar asuntos complejos que son como raíces gruesas y profundas de problemáticas frecuentes en estos dos países:


Nos hemos encontrado con violencias patentes en los contextos, pero más allá de ello, con algo más preocupante, y es que, en el discurso y hablar de muchas participantes, no se reconoce que se viven [dichas violencias]. A veces no hablan de ellas. A veces, no asocian ciertas acciones, actitudes u omisiones que hacen parte de las violencias con ellas, o directamente las excluyen como manifestaciones de las violencias. Eso genera todo un ejercicio de legitimación de esas relaciones malsanas de poder en las que han crecido y que viven en desventaja.


Adicionalmente, especialmente en territorios de frontera, también nos hemos encontrado con las caras de lo que ha significado la migración insegura, pues supone el inacceso a los derechos de las mujeres, por una parte, y por otra, la vulneración y transgresión de estos en las relaciones fuertes y en los espacios en los que se ven obligadas a vivir. Por ejemplo, al tener que compartir una misma habitación, vivienda o refugio, en condiciones de hacinamiento, con varias familias o personas que, en ocasiones, ni siquiera conocían; pierden sus entornos de confianza, la libertad y la privacidad, y se exponen a muchas situaciones de agresión y maltrato.


Así mismo, especialmente en el caso de las venezolanas, hay otros asuntos muy preocupantes. Uno es la inseguridad patrimonial y económica que viven tanto quienes emigran de forma irregular, por la explotación que sufren debido a que deben conseguir recursos, como sea, no solo para ellas mismas sobrevivir, sino para sostener a sus hijos o familiares en el país que abandonaron, como, también, para las mujeres que se quedan: madres que se enfrentan a la vejez totalmente solas, desamparadas por sus hijos, hijas o familiares; abuelas que deben hacerse cargo de los hijos e hijas de quienes se marcharon del país; hermanas muy jóvenes que deben asumir el rol de madres y cuidadoras de sus hermanos o hermanas. Se crean para todas cargas muy pesadas, económicas y emocionales, estrés y, por supuesto, graves afectaciones sobre la salud.


Otro es la violencia simbólica por la estigmatización que hay alrededor de la estética de las mujeres venezolanas, pues por los imaginarios y los estereotipos creados y reforzados a lo largo de los años, a veces sufren no por falta de dinero para alimento, sino porque tienen una presión muy alta relacionada con el sentirse bonitas, con maquillarse, pintarse el cabello y asumir su cuerpo en ese entorno cultural que las obliga a ser y estar siempre hermosas. Eso no solo las lastima en el ámbito psicológico, en su autoestima, sino que refuerza violencias machistas, las induce a la prostitución o explotación sexual, o propicia la seducción a cambio de una ayuda. También produce violencia por parte de otras mujeres no migrantes de otros países, que sienten que las venezolanas migran para quitarles a sus parejas y sus oportunidades laborales, describe la hermana.


Así, lo que les ha desvelado la metodología a las participantes, en estos casos, han sido las múltiples formas de violencias que hacen parte de las vivencias constantes de cientos de mujeres, su relación sistémica, sus causas y consecuencias; a las facilitadoras, por su parte, el reconocimiento de situaciones que difícilmente se verbalizan y que caracterizan las vivencias de quienes participan en sus grupos:


El abuso es mucho más frecuente de lo que uno se imagina, porque generalmente solo se reconoce cuando hay violencia física, que es la punta del iceberg. Incluso, muchas mujeres creen que no hay violencia si no hay maltrato corporal. Pero aparte de las violencias físicas, hay otras que son las más difíciles de reconocer, como las simbólicas, las gestuales, las expresadas con el lenguaje, las que vienen de la cultura de las comunidades, o las que se regularizan en los medios de comunicación.


A veces no las nombran porque no las reconocen. Otras, porque cuando manifestaron el abuso no hubo ninguna reacción protectora de la familia (o de personas responsables de ciertos entornos, como los laborales, o de ciertos procesos, como los legales). Otras, porque en algunas comunidades los límites son muy difusos, y no comprenden que los límites sobrepasados son formas de violencia. Incluso, porque fueron condicionadas a no expresar aquello que duele, al crecer escuchando de sus propias familiares mujeres frases como “la ropa sucia se lava en casa”. O bien, por temor a ser culpadas o responsabilizadas de lo que les sucedió o lo que les sucede.


Así, callan cosas dolorosas por vergüenza, por costumbre, porque no alcanzan a identificar que no son responsables de las agresiones, porque no han recibido apoyo de sus otros familiares cuando se han atrevido a hablar, porque las respuestas institucionales ante los abusos han sido inadecuadas o inexistentes, o por temor a ser criticadas o rechazadas por sus entornos y comunidades cuando se rebelan contra el ‘deber ser’ establecido.


Por otra parte, es más frecuente narrar las propias situaciones de violencia cuando se vivieron en el pasado, pero no es fácil que salgan y se reconozcan cuando se viven aún.


Y, además, es más fácil reconocer las violencias que vienen de parte de otra u otras personas concretas, que de las comunidades e instituciones. Es el caso de las mujeres en Cartagena, pues su entorno las lleva a ser madres siendo adolescentes o muy jóvenes, por presión social y cultural; a repetir costumbres por esa influencia de la comunidad, explica la hermana.

Por eso mismo, Laura Valeria resalta que la metodología, tanto en la formación inicial como en los grupos GAM, significa poderse “leer y leer las propias realidades”, superar esa dificultad de interpretar las violencias no físicas, atreverse a decir asertivamente a otras personas lo que uno está viviendo en el momento, superar toda forma de (auto)censura, aprender qué hacer ante las violencias, desarrollar capacidades para poner límites y desvelar la afectación de las violencias estructurales e institucionales.


La metodología lleva a comprender la relación con su padre y su madre, con sus hijos, con sus parejas, con sus entornos, con ellas. Es como un mecanismo que les ayuda a ‘aflojar’ y tocar eso que les está doliendo, y crear condiciones tanto para hacerse más conscientes de lo que viven, dándole la importancia que merece, como para actuar y transformar lo que vivencian, destaca.


Por otra parte, hay otros resultados positivos de la implementación que, si bien no han comprobado con estudios rigurosos, ni se pueden generalizar, sí han observado las facilitadoras. Entre ellos, el que algunas participantes han logrado empoderarse a tal punto que han creado mecanismos grupales, con sus mismas compañeras, para lograr su inclusión económica, o para acceder a cursos técnicos, buscando tener mejores posibilidades laborales, lo cual da pistas para pensar que la metodología no solo tiene incidencia individual, sino también en lo colectivo.


Ahora bien, tanto para la hermana Adriana, como para Laura Valeria, las experiencias que han tenido con ¡Mujer, no estás sola!, han demostrado que la propuesta metodológica es bastante completa y fácilmente adaptable a diversos contextos, pues incluye temáticas que son vitales para el empoderamiento de la mujer, así como una variedad de actividades y recomendaciones muy variadas y pertinentes. Por ello, mencionan que el único cambio que han hecho, con respecto a la propuesta original, concertado con CRS, ha sido adaptar la intensidad de algunas sesiones o aumentar el número de sesiones por temáticas, de acuerdo con la disponibilidad de las mujeres participantes, en el primer caso, o para reforzar las reflexiones sobre algunos asuntos y profundizar en temáticas que requieren algunos grupos, en el segundo.


Las adaptaciones responden a las características de los grupos, pero las hacemos solo con propósitos estratégicos y de apropiación de la información.


Por ejemplo, a veces aumentamos el número de sesiones si vemos que es necesario profundizar mucho en relación con el ciclo de las violencias, en temas normativos con relación al contexto global, o en asuntos relacionados con los ejes temáticos, según demandan las mismas participantes, como cuando hablamos de los mecanismos de protección (acceso a redes, derivación de casos de acuerdo con el marco normativo, etc.), pues les inquieta mucho eso. O también lo hacemos, cuando vemos que los ejercicios les demandan más tiempo del planificado, como nos ha sucedido cuando se hace el mapeo de las organizaciones y actores territoriales que pueden brindarles protección.


De todas formas, preservamos la esencia de la propuesta, la estructura temática, y la sugerencia de cuidar que haya equilibrio entre lo teórico y los espacios de conversación que dan relevancia a las experiencias y vivencias de las participantes.

En cuanto a las perspectivas de continuar implementando la metodología en la provincia, la hermana Adriana menciona que, si bien hasta ahora se ha animado a las mujeres formadas a que se integren a la red de GAM que lidera CRS, lo que se desea es, también, fortalecer el acompañamiento y el diálogo formativo posterior desde la misma FBP, pues si bien las animan a seguir participando y a replicar la metodología, no tienen garantías de que lo hagan.


De ahí que, en coordinación interinstitucional, estén planificando el fortalecimiento de una comunidad de práctica provincial en la que tengan cabida todas las participantes de los GAM existentes en Colombia y Venezuela, así como crear mecanismos de apoyo para que las mujeres certificadas puedan llevar a cabo réplicas con nuevos grupos, pues, como afirma la hermana, han comprobado que “es más significativo el proceso para una mujer facilitadora, que para una que solo participe”.


Así mismo, están pensando complementar los esfuerzos con la puesta en práctica de otras metodologías de CRS, como Hombres nuevos, hombres libres y Un viaje hacia una masculinidad pacífica, para promover en los entornos de las mujeres formadas, la vivencia y la promoción de masculinidades pacíficas.


Por otra parte, tienen como objetivo reforzar la atención a mujeres que ejercen la prostitución con la metodología de ¡Mujer no estás sola!, precisamente por la complejidad de las vivencias y la alta vulnerabilidad a las que se ven sometidas:


En la Fundación hacemos un trabajo importante con población prostituida, y ello nos ha permitido detectar que viven múltiples formas de violencia que, en ocasiones, no asumen como tales. Por ejemplo, les es difícil dimensionar que no en pocas ocasiones viven violaciones y agresiones sexuales, pues consideran que eso es parte de su trabajo. Por eso es un colectivo que queremos fortalecer con esta metodología, pero aplicándola en las comunidades y en los contextos de donde ellas vienen o donde viven (no en las comunidades en las que ejercen), pues es en ellas donde son ‘una mujer como cualquier otra’, donde no tienen estigmas y, por tanto, donde pueden hablar con más tranquilidad. […]. Consideramos que la propuesta puede ser un gran aporte para ayudarles a reconocer esas violencias que padecen, a reconocer qué las llevó a ser inducidas y a aceptar la prostitución como medio de vida, y a reconstruir sus imaginarios y sus entornos, explica la hermana Adriana.


Y finalmente, la perspectiva es comenzar a realizar, con base en lo propuesto por CRS, una evaluación científica completa de lo hecho hasta el momento, para dimensionar más allá de los resultados parciales arrojados por cada taller, con cada grupo, los logros alcanzados y las limitaciones o falencias a superar.


Así pues, destacamos la experiencia de la Fundación el Buen Pastor, pues, con acompañamiento de CRS, ha hecho un gran esfuerzo para brindar un apoyo invaluable que conduce al empoderamiento de cientos de mujeres vulnerables en Venezuela y Colombia; un esfuerzo revelador constructor de paz.


Lo importante que es no juzgar porque cada persona tiene una historia de vida diferente; que pasamos por distintas experiencias que explican cómo actuamos o vemos las cosas. El valor de la amistad, la solidaridad, la empatía y la resiliencia, participante Centro Esperanza, Caracas (Venezuela).

​Para más información:

Textos: Gloria Londoño Monroy

Fotos: GSIF Al

2023

 
 
 
  • Foto del escritor: Caminando hacia la Paz
    Caminando hacia la Paz
  • 25 ago 2023
  • 7 Min. de lectura

Centro Zonal de Pastoral Social - CEZOPAS y Cáritas Española: Su experiencia promoviendo Grupos de Auto Ahorro y Préstamos (GAAP) en República Dominicana.

“La economía, como la misma palabra indica, debería ser el arte de alcanzar una adecuada administración de la casa común, que es el mundo entero”, nos recuerda el Papa Francisco. Lamentablemente, las dinámicas y los modelos económicos no siempre piensan en el bien colectivo, ni procuran el bienestar humano, social y del entorno, especialmente aquellos que favorecen la acumulación monetaria ambiciosa por parte de particulares y la adquisición desmedida de bienes y servicios para atender las modas y exigencias que hacen los mercados. Si a eso se suman las consecuencias de los diversos conflictos y guerras, así como las adversidades climáticas y medioambientales, el resultado no es otro que la existencia de grupos de personas que viven duras situaciones de pobreza multidimensional, medida no solo en la falta de dinero, sino en experiencias de carencias, inequidad, injusticia, inseguridad y enfermedad que afecta todas las esferas de su vida y el pleno ejercicio pleno de los derechos humanos.


Así pues, desde la palabra del Evangelio, la Iglesia nos hace un llamado a la solidaridad, que nos es otra cosa que “compartir lo poco que tenemos con quienes no tienen nada, para que ninguno sufra”; “no se trata de tener un comportamiento asistencialista hacia los pobres, como suele suceder”, sino “hacer un esfuerzo para que a nadie le falte lo necesario”, es decir, brindar una “atención sincera y generosa”, bajo “un sentido de comunidad y de comunión como estilo de vida”, como lo expresó el Papa en su mensaje de invitación a la Jornada Mundial de los Pobres de 2022.


Por eso mismo, para promover de forma solidaria unas condiciones económicas sostenibles y justas para los necesitados, pobres o en condiciones de marginalidad o exclusión de República Dominicana, Cáritas Española y CEZOPAS se unieron para animar la creación y consolidación de Grupos de Auto Ahorro y Préstamos (GAAP), una figura que, si bien no es exclusiva ni original de estas entidades, sí es destacable en tanto busca desde la Iglesia aportar a la construcción de la paz con la promoción de la dignidad de la persona vulnerable, por una parte, y del desarrollo comunitario integral, al mismo tiempo.


CEZOPAS

El Centro Zonal de Pastoral Social es una Institución de la Iglesia católica que trabaja por el desarrollo sostenible de la población de menor ingreso en la provincia Monte Plata, República Dominicana. Fue fundado en 1992 para integrar las acciones sociales de las parroquias, con el propósito de coordinar, promover, incentivar, asesorar y acompañar programas y proyectos para liberación integral del hombre y la mujer de esta zona pastoral.

La directora ejecutiva de CEZOPAS, Gregoria Altagracia Calderón, Hermana Juanista, cuenta que comenzaron a utilizar esta estrategia hace cinco años, como parte del proyecto de seguridad alimentaria en su provincia Monte Plata, auspiciado por Cáritas Italiana, con el objetivo de que los miembros de la comunidad se organizaran para apoyarse entre sí, mediante el compromiso de ahorrar de forma constante una cantidad de dinero al alcance de cada persona, según sus condiciones monetarias; la administración y vigilancia colectiva de esos dineros; y dinámicas de pequeños préstamos no para adquirir productos tangibles o intangibles suntuosos, sino para ir escalando en la consecución de materiales o recursos que mejoren las condiciones de vida de quienes los solicitan y de su entorno.


“En este momento tenemos unos 15 grupos en diferentes comunidades. Consisten en que entre 10 y 30 personas se unen para ayudarse mutuamente, creando una caja común a partir de lo que ellas mismas ahorran. Los dineros recolectados pueden ser utilizados por los miembros para acceder, mediante préstamos de bajos montos, fáciles de pagar y con bajos intereses, a recursos que les permitan mejorar sus vidas. Por ejemplo, para trabajar la tierra, comprar productos necesarios para la siembra o para sus huertas, unas gallinas ponedoras, inyectarle un poco de capital a pequeños negocios, ponerle piso a sus viviendas, atender alguna emergencia en el hogar, comprar una nevera, o lo que cada quien decida según sus necesidades y carencias”, explica, y añade que, en esos casos, no hay ganancias para alguien en particular, para un prestamista con interés de lucro, sino que son todas las personas del GAAP quienes se benefician económicamente, pues el dinero se reparte equitativamente. Así pues, los dineros vienen de los mismos asociados, lo que permite que sean grupos autosuficientes, al tiempo que todos los y las participantes se integran, ganan confianza en sí mismos y en los demás, y desarrollan habilidades y valores de corresponsabilidad y fraternidad, autoestima, autonomía y autorrespeto.


Isaura Morel, encargada de los Grupos Solidarios en CEZOPAS, aclara que cada uno se conforma con personas (preferiblemente mujeres, jóvenes, adultos mayores o habitantes de la ruralidad; pueden ser solo mujeres, solo hombres o grupos mixtos) que manifiestan su voluntad de unirse “para echar para adelante”, y que tienen en común su pertenencia a comunidades vulnerables, sean pobres o acomodadas. Una vez elevan su solicitud, se analiza su perfil y se acepta su inclusión en el proyecto, deben pasar por un proceso inicial de información, capacitación y formación que les permita generar habilidades tanto para organizarse, aprender a trabajar en equipo y a gestionar diferencias o desacuerdos, como para adquirir hábitos de ahorro y de préstamos responsables. Tras ello, deben conformar su junta directiva (la cual debe cambiar periódicamente para que cada miembro, en algún momento, asuma responsabilidades colectivas) y definir su propio reglamento. Cuando lo hacen, empiezan, entonces, unas dinámicas de reunión semanal con todos y todas (es decir, no solo asisten quienes integran la junta del momento, sino todos los individuos que conforman el GAAP): allí se toman decisiones colectivas; se monitoriza el recaudo, el manejo y la salvaguarda de los recursos, y se analizan las peticiones de préstamos que los miembros deben hacer no a alguien particular, sino al grupo en total, explicando las razones y proponiendo un plan de pago.

Por tanto, a diferencia de otras agrupaciones de ahorro voluntario, en estos no hay una entidad de por medio con intereses particulares (un banco, por ejemplo). Tampoco una sola persona es la que maneja los caudales y determina, bajo su criterio subjetivo, a quiénes se les puede prestar, a qué tasa, o a cuánto tiempo. En los GAAP, por el contrario, las reglas son fijadas por todos y todas; se hacen las solicitudes de préstamos ante todos y todas; se analizan las razones y los posibles beneficios entre todos y todas; y todos y todas pueden participar en la administración de los recursos, en algún momento, y en el control de estos, siempre. Además, todos y todas analizan las situaciones que merecen, en casos de emergencia, realizar donaciones con los recursos acumulados. Los beneficios monetarios son para todos y todas, pues periódicamente (entre 8 y 12 meses) se cierra un círculo de ahorro, se reparten los ahorros hechos por cada persona, se distribuyen las ganancias colectivamente, de forma equitativa, se evalúa lo hecho y lo aprendido, se revisan los estatutos y se comienza, si se desea, un nuevo ciclo de ahorro.


En las formaciones iniciales, describe Isaura, “se les explica de manera detallada y clara cómo funciona un GAAP y cuáles son sus principios, se atienden sus miedos y prejuicios sobre lo que puede implicar su funcionamiento, y se les anima a que ellos y ellas trabajen por la paz desde la autoayuda y la cooperación con otras familias, encontrando juntas el camino para salir adelante, trabajando en conjunto. También los acompañamos en la definición de sus propios estatutos, los cuales establecen no sólo los acuerdos para los préstamos y los ahorros, sino también para la creación de un fondo social de emergencia”, el cual debe ser destinado, únicamente, para brindar apoyo, en forma de donaciones, en aquellas situaciones sociales que se presentan de repente y que pueden afectar a una persona (un accidente, por ejemplo) o a la comunidad (una contingencia ambiental u otro caso de impacto general).

En cada GAAP, el dinero recolectado se maneja de la siguiente forma:

  • Una parte se destina al Fondo Principal, el cual recopila una cantidad útil para hacer préstamos a quienes ostentan la calidad de miembros del grupo.

  • Otra se deposita en el Fondo Social, para emergencias y acciones de solidaridad. El grupo debe ponerse de acuerdo sobre una contribución regular y todos o todas deben aportar el mismo monto. Sirve para brindar ayuda en acontecimientos que afectan a la comunidad o a uno de sus miembros, sea o no parte del GAAP). Por ejemplo, para cubrir costos de educación para niños o niñas en situación de orfandad, gastos de un funeral, entre otras situaciones. No está destinado a crecer, por tanto, se establece a un nivel para cubrir costos. Lo recolectado en este no se distribuye al fin de un ciclo; debe guardarse físicamente aparte del resto del efectivo.

Quienes están vinculados, por tanto, deben comprometerse a asistir al encuentro semanal y a hacer un aporte periódico y constante, de acuerdo con sus condiciones y capacidades particulares, pero no tienen penalidad si por alguna razón (un imprevisto, una emergencia, un apuro) no pueden cumplir alguna vez su responsabilidad monetaria, pues lo que interesa es estimularlos para que cumplan sus metas de ahorro fácilmente, que no pierdan la costumbre de ahorrar y, sobre todo, que aprendan los valores de la autorresponsabilidad y la solidaridad hacia sí mismos y hacia los demás. Eso sí, deben, aun si no pueden aportar la cuota de ahorro, asistir a las reuniones programadas, donde su voz y su situación serán escuchadas, y donde los otros miembros le brindarán acompañamiento en momentos difíciles.


Adicionalmente, desde las entidades involucradas se les brinda constantemente formación, técnica, espiritual y social, para que cada vez el grupo cualifique sus capacidades y tomen mayor conciencia de la corresponsabilidad con el desarrollo y el bienestar personal y colectivo. Adicionalmente, se les involucra en otros programas y proyectos que pueden ser complementarios y que también tienen objetivos de construcción de paz, desarrollo humano, defensa de los derechos humanos y mejoramiento de condiciones de vida individuales y colectivas.


Para la Hna. Gregoria, los GAAP son, pues, ejemplo de economía solidaria rotativa, que ha permitido a muchas personas, especialmente a jóvenes y mujeres, empoderarse y poner en práctica valores positivos que impactan en el bienestar de los y las más vulnerables, y de las comunidades, ganando capacidades de cohesión, organización y tejido social. Por su parte, para Isaura, son evidencia de una pastoral activa, que se enfoca en el desarrollo integral de las personas y grupos sociales que de alguna manera están en el olvido, excluidas de los sistemas financieros tradicionales, y que no cuentan con una mano amiga que les apalanque. Ambas coinciden, además, en que las y los participantes aprenden, además, a ser empáticos con las situaciones, a sentirse en paz y cómodos consigo mismos, a superar el individualismo, a apropiarse de la transformación de su realidad y a concebirse como personas útiles y agentes de cambio para los y las demás.


De todas formas, aún quedan muchos retos y metas por conquistar, pues no es fácil acostumbrar a las personas a que se reúnan frecuentemente; a que aprendan a participar en las decisiones, a dialogar y a concertar decisiones. También, que se habitúen al ahorro, pese a los pocos recursos y las enormes necesidades que tengan, muchas veces de subsistencia; o que aprendan a priorizar, analizar y dimensionar la conveniencia de los préstamos que realizarán; o que adquieran competencias para llevar la contabilidad y el registro de las diversas transacciones. Por eso mismo, desde Cáritas Española y Cezopas, siempre están acompañando a los grupos, animándolos, brindándoles formación, para superar los baches y para que no solo valoren los GAAP por los beneficios monetarios que puedan tener, sino desde aquellos que obtienen en su ser, como personas, y en su dimensión social, como parte de una comunidad.

Así, pues, esta experiencia nos muestra que es posible y necesario promover la solidaridad para construir paz, pues solo “el amor recíproco nos hace llevar las cargas los unos de los otros para que nadie quede abandonado o excluido, compartiendo lo que tenemos con los que no tienen nada, pero acogiendo, al mismo tiempo, lo que nos puedan aportar: su trabajo, su pensamiento, su forma de hacer y de entender la vida”; una solidaridad con la que “nadie puede sentirse exceptuado”, como expresa el Papa, especialmente si se busca, desde la fe, hacer que la vida digna sea posible para todas las personas.

Para más información, se recomienda consultar:

Textos: Gloria Londoño Monroy

Fotografías: CEZOPAZ

2023

 
 
 
  • Foto del escritor: Caminando hacia la Paz
    Caminando hacia la Paz
  • 29 may 2023
  • 8 Min. de lectura

Un constructor de paz.


Si alguien sabe sobre los intríngulis del complejo conflicto colombiano que arrecia al país casi desde sus inicios como república independiente, pero, especialmente desde mediados del siglo XX; si alguien sabe cómo construir paz en medio de una basta complejidad; si alguien tiene credibilidad y ha logrado establecer redes de articulación con gobernantes, empresarios, líderes y representantes de diversos sectores de la sociedad para lograr procesos sistémicos que lleven a una convivencia pacífica; si alguien ha defendido a las víctimas, en medio de las adversidades y ha liderado negociaciones con diversos grupos al margen de la ley en su país; y si alguien está convencido de que la reconciliación y la paz son trayectos largos que se empiezan a transitarse desde la misma infancia, es sin duda Monseñor Héctor Fabio Henao Gaviria.


Y es que este sacerdote de vocación tardía, nacido en 1952, comenzó desde muy joven a estudiar para comprender el contexto de su ciudad natal, Medellín, y de su país, Colombia: “nací en una familia de ocho hijos; soy el sexto, en un hogar con una relación profunda de amor y afecto. Viví en una época de transformación de la ciudad, cuando comenzaba a industrializarse y llegaba mucha gente de diferentes pueblos de Antioquia y de otros lugares del país buscando oportunidades; mis padres, entre ellos. Más tarde viví la experiencia del año 68, cuando hubo un profundo cambio cultural en el mundo (en la vida estética y social); un año de mucha conmoción, con muchas consecuencias. Todo eso me llevó a interesarme por la sociología, y fue en la universidad donde me reencontré con un sacerdote conocido, que me motivó a complementar la carrera con estudios de teología. Desde niño tenía una inclinación profunda por los temas espirituales, además de los sociales, así que comencé a madurar la idea de hacerme sacerdote. Entré a un seminario para vocaciones tardías profesionales. Terminé mis estudios de sociología en la Universidad San Buenaventura, y los de filosofía y teología en la Universidad Pontificia Bolivariana”, recuerda.


En los años 80, uno de sus primeros destinos en el Ministerio fue la Parroquia Santa Gertrudis, en Envigado, municipio del área metropolitana de Medellín, afectado con fuerza por el auge del narcotráfico, con la influencia del llamado Cartel de Medellín. Allí pudo observar las transformaciones en las dinámicas sociales que poco a poco se gestaban en la sociedad no solo local, sino colombiana en general, ocasionadas por la influencia de las economías ilícitas y, con ellas, por la cultura del dinero fácil, de la solución de las discrepancias por la vía armada, de la anulación del valor de la vida humana.


Años más tarde fue enviado a estudiar Doctrina Social de la Iglesia en la Universidad Gregoriana de Roma, donde terminó obteniendo la máxima nota, Cum Laude, por una investigación acerca de las ideologías, y fue cuando, a su regreso a Colombia, comenzó a pasar de los estudios a la acción en favor de la paz: “llegué a trabajar en la Pastoral Obrera de la Arquidiócesis de Medellín y posteriormente en la Pastoral Social de la misma ciudad, donde tomé contacto con diversos movimientos y confrontaciones entre bandas, policías y jóvenes”, en plena época de una violencia irracional que arreciaba en la ciudad, a tal punto que la llevó a ser catalogada como la más violenta del mundo (ejemplo de ello es que en el año 91 se presentaron 381 homicidios por cada 100.000 habitantes; 11.000 homicidios en un año, casi mil homicidios al mes).


“En ese tiempo hubo una masacre en un barrio llamado Villatina, en la que murieron 8 niños y un joven, el 15 de noviembre de 1992. Hoy se sabe que fue perpetrada por miembros de la Policía Nacional. La ciudad empezó entonces a movilizarse, pero sin tener una ruta organizada para hacerlo. En ese momento me propusieron formar y acompañar una mesa de trabajo para encontrar caminos de solución. Esa fue tal vez mi experiencia inicial de construcción de paz propiamente dicha, pues comenzamos a hacer posible el primer escenario de diálogo urbano con autoridades, empresarios, miembros del Concejo de Medellín y de la Asamblea Departamental, representantes de la policía y el ejército, la Procuraduría, miembros de comités de derechos humanos, grupos juveniles, organizaciones de base, la sociedad civil y diversos actores, para buscar soluciones a la violencia. Se creó la Consejería Presidencial para Medellín, a cargo de María Emma Mejía (periodista, política y diplomática colombiana) y con ella empezamos a organizar esos primeros esfuerzos, en contextos urbanos, para superar la grave situación”, relata Monseñor.


La Mesa de Trabajo por la Vida, constituía en diciembre de 1992, se enfocó en el respeto y el rescate del valor y dignidad de la vida humana, y propició la primera marcha ciudadana y una serie de eventos públicos, en 1993, con el lema “Elige la vida y vivirás: tú y tus descendientes”, tal vez hitos históricos en la construcción de paz en el país, por la movilización de miles de ciudadanos y por la articulación de diversos sectores.


Posteriormente, y como fruto también de esa relación, Monseñor fue nombrado Tutor Moral en el proceso de desmovilización de las Milicias Populares del Pueblo y para el Pueblo, grupo surgido en en 1986 en la zona nororiental de la ciudad, cercano a la guerrilla Ejército de Liberación Nacional (ELN). En 1994 se logró su desmovilización y ese mismo año acompañó, también, con Monseñor Nel Beltrán y representantes internacionales, los procesos de negociación en Flor del Monte (en la región de los Montes de María, municipio de Ovejas, departamento de Sucre), que llevaron a la firma de un acuerdo de paz con la Corriente de Renovación Socialista, una disidencia del ELN.

Posteriormente, en 1997, fue trasladado a Bogotá para asumir la dirección de la Pastoral Social-Cáritas Colombiana; cargo que desempeñó por algo más de 20 años, y que lo motivó a seguir cualificándose en la comprensión de las realidades colombianas, en la negociación de conflictos, en la prevención y atención a diversos tipos de violencias; este último, tema al que se dedica formalmente desde 1996, cuando participó en la creación de la Fundación Instituto para la Construcción de la Paz (FICONPAZ), organismo de la Arquidiócesis de Bogotá que también dirige, orientado al diseño y desarrollo “de procesos en comunidades de base y con sectores específicos de población, desde una perspectiva de educación para la paz, que permitan a las y los destinatarios ejercer con plenitud su ciudadanía, construir nuevos referentes y valores para la convivencia pacífica y la transformación no violenta de los conflictos y consolidar propuestas para la defensa, promoción y vivencia de los derechos humanos”. Es desde esta institución que ha irradiado sus conocimientos, sus experiencias y su quehacer al acompañar también otras experiencias de construcción de paz, especialmente con niños, niñas y adolescentes, en otros países de Centro América y El Caribe.


Así pues, su andar para construir paz, de vieja data, ha tenido impactos bastante significativos. Otro ejemplo de ello, que se suma a los anteriores, es su participación, en el año 2003, en la gestión para la liberación de siete jóvenes extranjeros secuestrados en la Sierra Nevada de Santa Marta (norte de Colombia, en el departamento de Magdalena), por parte del ELN, en el marco de la operación Allende Vive, emprendida por esa guerrilla al cumplirse 30 años de la muerte del general. Tal experiencia lo llevó a comprender que es necesario analizar muy bien los contextos y las repercusiones de los conflictos y las violencias entre los habitantes de los territorios afectados, es decir, de la sociedad civil, pues para poder conseguir la liberación, fue necesario realizar todo un estudio social en la zona, con la participación del alto Comisionado de la ONU para Colombia, la organización Acnur, organismos gubernamentales y no gubernamentales para los Derechos Humanos de Europa, Estados Unidos y Colombia.


“El informe humanitario que resultó de dicho estudio, permitió entender la situación de la Sierra en relación no solo al accionar del ELN y de otras organizaciones al margen de la ley, sino también, las múltiples afectaciones en las víctimas, en este caso, muchas de ellas indígenas”, menciona Monseñor Henao, quien ha sido representante de la Iglesia ante múltiples plataformas de trabajo con víctimas, y quien ha sido un gran defensor de estas, pues sin ellas, su voz y su participación, ve inviable la sostenibilidad de las acciones de paz.


Y finalmente, se destaca su designación como Tutor Moral en el periodo de contactos entre el actual gobierno nacional, presidido desde agosto de 2022 por Gustavo Petro, con ELN, asunto que lo ha llevado a ser invitado a La Habana, Cuba, donde se desarrolla un diálogo exploratorio sobre diversos asuntos, como el desplazamiento forzado; también, con otros actores (disidencias de las FARC, grupos y economías ilícitas, etc.) que ahora se disponen a negociar con el gobierno central.


Así, el y arduo recorrido de Monseñor Héctor Fabio Henao en favor de la gestión de los conflictos entre diversos grupos armados en confrontación, y de la prevención y atención de violencias, lo ha llevado a ser toda una autoridad en construcción de paz no solo local, regional y nacional, sino internacional. Y por eso, sus consejos para quienes nos interesamos en caminar hacia ella, son de inigualable valor:


Primero, el mejorar cada día las habilidades de quien trabaja por la paz: “este trabajo requiere unas condiciones y capacidades personales. Entre ellas, las necesarias para propiciar acciones, para articularse con diversos actores, sectores e instituciones; para crear y fortalecer las relaciones; para formar y consolidar redes; para irradiar el trabajo y los aprendizajes. Hay que construir con otras personas, porque la paz no se hace de forma individual, con protagonismos personales, a corto plazo, sino que se consigue mediante la articulación y acción constante de múltiples redes, lo que implica hacer todos los esfuerzos posibles en mantener relaciones sanas y positivas con diferentes personas y organizaciones”, enfatiza.


Así mismo, resalta la necesidad de aprender a escuchar, más que a hablar: “el tema de la paz es un trabajo de escucha como mecanismo de aproximación a las víctimas, porque todo proceso de construcción de paz debe partir de escucharlas; es decir, no debe iniciar solo con el trabajo con los victimarios. Empieza en el contacto, en la creación de relaciones, en la formación de redes, en el trabajo en el día a día con quienes han sido víctimas; en el contacto y en el interés por quienes han sufrido. Hay que tener la capacidad de caminar con la gente, de buscarlos, de escuchar a las distintas partes, de favorecer el logro del bien de ellos, sin radicalizaciones, ideologizaciones. Hay que hacer en favor de las víctimas todos los procesos. Esas son condiciones muy importantes e innegociables para la construcción de paz”.


También, Monseñor menciona la importancia de la autonomía y de la paciencia: “en este camino hay que tener cierta distancia para poder emprender una negociación, para encontrar una posible solución concertada. También, quien trabaja por la paz debe tener paciencia, saber que es un trabajo de largo plazo, que la paz no se logra en corto tiempo, sino que requiere mucha elaboración. Es una labor que se debe emprender sin afanes, teniendo la humildad para reconocer que uno no puede resolver todos los problemas”, afirma.


Ahora bien, sobre su visión sobre los conflictos en América Latina y El Caribe, Monseñor opina que hay, en la actualidad, unas condiciones desfavorables que limitan el camino hacia la paz. Entre ellas, la existencia de conflictividades marcadas por la polarización y la politización; otras de nuevo orden con base en lo económico (en las diversas economías ilícitas como el narcotráfico y algunas actividades mineras, en las condiciones de pobreza extrema, en la incapacidad de los sistemas de resolver las aspiraciones y la atención a las necesidades de la mayoría de las personas); unas más relacionadas con el fortalecimiento de la corrupción y de las organizaciones criminales incluso en los ámbitos legales y, con mayor acento, la expansión de una cultura de la indiferencia que naturaliza los efectos de los conflictos y las violencias en las personas y en las poblaciones afectadas.


No obstante, también este caminante observa otros factores que hacen contrapeso y que se convierten en factores positivos y favorecedores, como lo son la tendencia en algunos gobiernos, cada vez más, de reorientar su posición para buscar articulaciones que favorezcan la solución de los problemas; unas nuevas perspectivas para actuar de manera articulada no solo desde el gobierno, sino también desde otros sectores, incluyendo a la sociedad civil en la búsqueda de soluciones; el aumento en las capacidades para propiciar diálogos que lleven a la solución de los conflictos, y la educación para la paz que poco a poco empieza a dar frutos.


Y es que si alguien sabe de construcción de paz y si alguien es autoridad en la materia, es Monseñor Héctor Fabio Henao, el colombiano que entrega su vida para crear una visión, una cultura diferencial y unas condiciones de largo aliento, para que su país y otros del mundo puedan consolidar unas condiciones de justicia, equidad y paz.

Un pastor comprometido con la paz

Monseñor Héctor Fabio Henao Gaviria, Prelado de Honor del Santo Padre. Ha sido consejero nacional de paz, en representación de la Conferencia Episcopal de Colombia, y se desempeñó como presidente del Comité Nacional de Paz, Reconciliación y Convivencia desde el 19 de diciembre de 2017 hasta el 31 de diciembre de 2019, por decisión consensuada de los integrantes de dicho Comité para el período en mención.

Impulsor de la paz negociada y defensor de la reparación a las víctimas del conflicto. Experto en procesos de concertación entre la sociedad civil, el gobierno colombiano y la comunidad internacional, para un plan de cooperación en la construcción de paz. En Medellín, en momentos de graves enfrentamientos armados, lideró la Mesa de Trabajo por la Vida para procesos de negociación urbana del conflicto armado y social.

Actualmente, se desempeña como delegado de la Conferencia Episcopal de Colombia (CEC) para las relaciones Iglesia-Estado y es el director de la Fundación Instituto para la Construcción de la Paz – FICONPAZ, en su país.


Mayo 2023

 
 
 
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