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  • Foto del escritor: Caminando hacia la Paz
    Caminando hacia la Paz
  • 10 abr
  • 20 Min. de lectura

DONDE DOS CAMINOS SE CRUZAN

Una película, una herida, una intuición


No fue una elección consciente. Eso es lo primero que dice el padre José Suárez Trueba, SJ, cuando alguien le pregunta cómo llegó hasta aquí. No fue un proyecto. No fue un plan pastoral. Fue algo más parecido a lo que el misterio hace cuando te elige a ti antes de que tú lo elijas a él.

 

El origen está en 2007, cuando el padre José estudiaba Filosofía en la ciudad de Guadalajara. Un día entró al cine sin saber bien qué iba a ver. La película era Princesas, de Fernando León de Aranoa: una historia íntima y dura sobre la prostitución en Madrid, protagonizada por una mujer española y otra de República Dominicana. Lo que lo sacudió no fue tanto el tema, sino algo mucho más pequeño y mucho más profundo: el vínculo. La posibilidad de que, en medio del abandono más radical, naciera una amistad verdadera. Que la competidora - la supuesta enemiga por el territorio y los clientes - se convirtiera en aliada, en cómplice, en hermana.

“Esa escena tocó algo muy profundo en mí: una intuición de que, incluso en los márgenes más rotos, hay belleza, hay ternura, hay Dios.”

P. José Suárez Trueba, SJ

Esa intuición no lo abandonó. En 2021, ya sacerdote, la vivió en carne propia durante un tiempo de pandemia en Mérida (México), visitando a mujeres en explotación sexual con fines de prostitución en el centro de la ciudad. En 2024, en Chihuahua, acompañó durante cinco meses a Carmina, una mujer laica de la parroquia del Sagrado Corazón que recorría con perseverancia las calles del centro, encontrándose con mujeres prostituidas. Caminar con ella fue otro aprendizaje: mirar sin juicio, estar sin prisa, nombrar sin reducir. Todo eso lo preparó para lo que vendría en Bogotá.

 “¿La prostitución me ha elegido, o yo la he elegido a ella? A veces siento que fue ella quien me eligió. Que en sus bordes y contradicciones también se reflejan los míos. Que mis heridas, mi historia, mi deseo y mi fe encuentran allí un espejo extraño, incómodo y fecundo.”

P. José Suárez Trueba, SJ

LA MUJER QUE YA

conocía el terreno

Mientras el padre José acumulaba esas experiencias dispersas en distintas ciudades del continente, la hermana Adriana Patricia Angarita, llevaba ya muchos años caminando los territorios de las localidades de Los Mártires y Santa Fe de Bogotá. Como religiosa de Nuestra Señora de la Caridad del Buen Pastor, congregación cuyo carisma, forjado durante siglos, orienta a sus miembros hacia las mujeres en situación de extrema vulnerabilidad, la hermana Adriana había recorrido La Alameda, había acompañado grupos de mujeres prostituidas, había participado en redes de aliados de la Vicaría Inmaculada Concepción, había impulsado procesos de formación.

 

Fue en la comunidad de práctica Caminando hacia la Paz [1] - ese espacio latinoamericano donde desde 2020 quince organizaciones basadas en la fe católica de Colombia, El Salvador, Guatemala, Honduras, México, Nicaragua, Bolivia y República Dominicana aprenden juntas a construir paz en horizontal- donde la hermana Adriana y un grupo de colaboradoras y voluntarias realizaron el diplomado en Construcción de Paz y Transformación Social de Conflictos. De ese proceso nació el colectivo ReconectArte: un espacio de encuentro entre mujeres venezolanas y colombianas en situación de explotación sexual con fines de prostitución, tejido desde la transformación de lenguajes como herramienta de dignificación. La comunidad de práctica había sido, para la hermana Adriana, tanto aula como red, tanto espejo crítico como fuente de energía para volver al territorio. 

  

Cuando terminó su servicio en la dirección de la Fundación Buen Pastor, quiso regresar a la calle. Se integró a la casa El Refugio, de la Fundación Eudes, en la calle 22 con carrera 16 del barrio Santa Fe - lugar que camina en campañas y tiempos fuertes junto al padre René Rey y su equipo -. Estaba en ese proceso de reintegración al territorio cuando, en los espacios de Caminando hacia la Paz, llegó el padre José. Compartió sus estudios, su interés por este territorio, su ministerio y su búsqueda. Y algo se reconoció entre los dos.


EL PRIMER EQUIPO

y sus primeras lecciones

El camino no lo emprendieron solos. Junto al padre José y a la hermana Adriana, caminaron desde el principio, un sacerdote combiniano y una lideresa superviviente de la trata y la explotación sexual con fines de prostitución y una laica comprometida. Su incorporación al equipo respondía a una intuición genuina: nadie conoce ese territorio como quien lo ha habitado desde adentro.

 

Pero la realidad fue más compleja y más instructiva que la intuición inicial. La lideresa superviviente venía de una formación asistencial - en los términos en que el propio equipo comenzaba a cuestionar esa lógica -, y eso se tradujo en tensiones concretas: promesas que el equipo no podía cumplir, expectativas que el acompañamiento no podía sostener. Y algo más profundo: su situación de vulnerabilidad no había sido resuelta. Las consecuencias del trauma - la dependencia emocional, las deudas de gota a gota, la explotación de su red familiar y de otras mujeres prostituidas como resultado de la culpa - se convirtieron en un arma de doble filo que el equipo no supo manejar al principio. La pregunta emergió con fuerza: ¿Cómo sostener un camino de servicio voluntario cuando las necesidades básicas de quien lo comparte no están cubiertas?

 Esa pregunta no tenía una respuesta sencilla. Pero fue una de las primeras y más dolorosas lecciones del proceso: la buena intención no basta. La presencia en el territorio exige no solo apertura y generosidad, sino también una lectura honesta de las fragilidades  de quienes componen el propio equipo. La Pastoral de Salida y  Encuentro se aprende también mirando hacia adentro.

“Dios en su infinita sabiduría, nos envió sin recursos. Solo Dios basta. Y a la manera de Moisés, Miriam y Aarón, empezamos a dejarnos guiar por el Dios que nos habla en espacios sagrados de conversación.”

Hna. Adriana Patricia Angarita, NSCBP

Para comprender lo que el padre José y la hermana Adriana decidieron hacer, hay que caminar primero, aunque sea en la imaginación, por los territorios que el Equipo Eufrasia recorre: desde La Alameda, pasando por la carrera Caracas con calle 21, hasta el barrio San Bernardo, atravesando las localidades de Los Mártires y Santa Fe. Las fronteras entre estas dos localidades no son nítidas en el terreno, aunque sí en los mapas.  En la calle, lo que define el territorio no son los límites administrativos, sino las dinámicas de poder, las economías del cuerpo y las formas de control que se inscriben de manera diferente en cada tramo.


La zona que recorre el equipo tiene características que la distinguen del barrio Santa Fe más conocido: aquí la explotación sexual con fines de prostitución se percibe con mayor presencia de mujeres venezolanas, mujeres trans y mujeres cis más jóvenes y más expuestas, con alto consumo de droga y alcohol, y una mayor visibilidad de prostituyentes en autos, motos y a pie. El territorio está controlado por grupos delincuenciales que lo protegen a su manera, que es también la forma de dominarlo. Más hacia el centro de Los Mártires, las mujeres se exhiben menos, son más adultas, cobran menos, parecen gozar de cierta autonomía relativa, aunque los grupos que expenden droga también controlan esas esquinas.


Han sido, muchas de ellas, las más afectadas por la asistencia tanto gubernamental como eclesial, lo que hace más difícil transformar esa forma de interacción. Las cifras tienen peso. La Secretaría de la Mujer de Bogotá documentó, en recorridos realizados en 2014, más de 14.000 personas en situación de explotación sexual con fines de prostitución en la ciudad, distribuidas en 19 de las 20 localidades.[2] De ese universo, casi una cuarta parte había comenzado siendo menor de edad: el 7,1% antes de los 15 años, y el 17,4% entre los 15 y los 17.[3] No son cifras abstractas. Son niñas que un día tomaron un camino que nadie debería haber tenido que tomar.


La crisis migratoria venezolana agudizó aún más este panorama a partir de 2016. Mujeres venezolanas pasaron a representar una parte significativa de las personas prostituidas en Bogotá, muchas de ellas en condiciones de especial vulnerabilidad por carecer de redes de apoyo, documentación y opciones económicas.[4] Y detrás de esas historias de migración, las de siempre: violencia doméstica, pobreza estructural, abandono institucional.


Colombia sigue siendo uno de los países más afectados por la trata de personas con fines de explotación sexual en toda América Latina. La Defensoría del Pueblo alertó en mayo de 2024 haber atendido cerca de 80 casos en los primeros cuatro meses del año, un aumento del 139% frente al mismo periodo del año anterior.[5] Para el primer semestre de 2024, la Procuraduría General de la Nación registró 191 casos de trata, de los cuales el 76,5% correspondían a fines de explotación sexual.[6] Y todo indica que esos números son apenas la superficie de un iceberg que el miedo y el subregistro mantienen sumergido.[7]


En ese territorio, la estadística tiene cara. Tiene también, y esto es lo que el sistema prefiere no ver, una espiritualidad que sobrevive entre las grietas: creencias propias, una relación con lo sagrado que ningún programa diseñado desde afuera podría haber anticipado. La hermana Adriana lo descubrió caminando:

“La fuerza de estas mujeres es su espiritualidad. Y ese fue un hallazgo que descolocó cualquier guion previo sobre quién lleva la buena nueva a quién.”

Hna. Adriana Patricia Angarita, NSCBP

“¿A dónde iré lejos de tu Espíritu? ¿A dónde huiré de tu presencia? Si subo al cielo, allí estás; si bajo al abismo, allí te encuentro.” Salmo 139, 7-8

El primer paso es hacia adentro

 Las primeras caminatas no fueron como lo que el equipo llegaría a construir. La hermana Adriana introdujo desde el principio un ejercicio básico de contemplación, de acercarse a saludar. Llevaban rosarios donados - porque la experiencia de la hermana Adriana y la de la superviviente les había enseñado que las mujeres los reciben, que muchas los piden-, estampas, dulces, mensajes dentro de pequeñas cápsulas con forma de medicamento, objetos que ella y la lideresa conocían como puerta de entrada al encuentro. La bendición se fue suscitando de manera espontánea, especialmente como forma de presentar e introducir a los dos sacerdotes del equipo. Esto era comparable a tocar el velo de una religiosa, es considerado por las mujeres del territorio como señal de buena suerte para ellas: ese gesto de bendecir se convirtió en uno de los primeros puentes simbólicos. El padre José lo nombra con una honestidad que pocos sacerdotes se permiten en voz alta:

“En mis primeras experiencias sentí un miedo hondo. Miedo a que me lastimen, a no saber qué decir, a no encajar, a ser seducido. Caminaba inseguro detrás de María y Adriana, observaba los rostros de las mujeres, los bares, hombres en motos que pasaban. Al regresar a mi comunidad, me encontré exhausto. No era solo el cansancio físico: era el peso de confrontar mis privilegios cayendo sobre mis hombros. Me dolía el cuerpo, como si mi piel hubiera comprendido algo que mi cabeza no quería aceptar: que mi presencia también es política, que incluso mis buenas intenciones pueden colonizar.”

P. José Suárez Trueba, SJ

La hermana Adriana, por su parte, llegó al territorio con una memoria larga y una intuición forjada en años de experiencia comunitaria. El proceso para ella no fue tanto de aprendizaje desde cero, sino de reafirmación de convicciones y de desaprendizaje de hábitos:

“Yo planeaba todo en tiempos anteriores, y empecé de nuevo. Dejé casi todas mis prácticas, mis planes. He confirmado intuiciones y he encontrado nuevas.”

Hna. Adriana Patricia Angarita, NSCBP

LA HIENA

             que llevamos dentro

Para nombrar el arquetipo de la violencia que atraviesa el sistema prostituyente, el equipo usó la figura de la hiena: ese animal que se alimenta de lo herido ajeno, símbolo de la lógica del aprovechamiento. La hiena es el prostituyente que compra. Es el sistema que administra la precariedad. Es la intervención que asiste sin transformar. Pero el hallazgo más incómodo - y más honesto - que este proceso produjo fue otro: la hiena no está solo afuera. También habita en nosotros. 

“El sistema patriarcal nos hiere a todos (hombres y mujeres), aun siendo sacerdote, religioso, con buenas intenciones, puedo descubrir en mi la tentación de aprovechar el vínculo: querer que la relación confirme mi identidad, mi misión, mi bondad o mi eficacia. La presencia no instrumental implica un trabajo interior constante: vigilar esa pequeña hiena que busca capitalizar la relación.” P. José Suárez Trueba, SJ

“Desaprender lo que está ya en nuestro instinto de ser salvadores, maestros, jueces. Aprender a recibir y acoger la diversidad. Eso ha sido lo más difícil. Y eso es lo que nos han enseñado ellas.” Hna. Adriana Patricia Angarita, NSCBP

El proceso también exigió mirar con honestidad al actor más sistemáticamente invisibilizado de toda la cadena: el prostituyente. El hombre que prostituye. El que sostiene económicamente todo el sistema y que está cubierto por todos, por las propias mujeres, por los proxenetas, por las instituciones, porque nombrarlo implica abrir una caja que el sistema prefiere mantener cerrada.[8] La hermana Adriana lo describe con precisión que duele: los prostituyentes son también destinatarios de la compasión de Dios, no víctimas, pero sí objetos de las transacciones de un sistema que los cuida como clientes, no como personas humanas, y menos como seres sagrados. Nombrarlos fue el primer acto de valentía analítica del equipo.


Una metodología que nace de los pies

Hay una diferencia crucial entre tener un mapa y saber caminar. El mapa te dice hacia dónde vas antes de salir. Saber caminar implica aprender del terreno mientras lo recorres, leer las señales que el propio camino ofrece, dejarse sorprender por los desvíos que resultan ser los mejores atajos. La Pastoral de Salida y Encuentro nació de personas que aprendieron a caminar sin mapa.


La metodología que fue emergiendo se define desde cuatro características que el padre José sistematizó con cuidado: es situada - el territorio como maestro -; relacional - la relación como lugar de transformación, la gratuidad frente a la instrumentalidad -; abierta - creatividad ante los bloqueos, apertura a los desvíos -; y en espiral - avances y retrocesos, pausas y reanudaciones, sin lógica lineal -. Y sobre todas ellas, como columna vertebral, un eje transversal: la escucha y el encuentro como postura fundamental ante la vida y ante el otro.


Inspirada en la imaginación moral de John Paul Lederach, quien entiende la paz como un proceso relacional y sostenido en el tiempo, no como resultado de intervenciones puntuales, esta práctica entiende el Shalom no como paz ausencia de conflicto, sino como la plenitud de relaciones justas. Y esa plenitud solo se construye desde adentro de los vínculos, nunca desde afuera.


Una de las condiciones que definió esta práctica desde el principio no fue elegida: fue impuesta por la realidad. El equipo no contaba con apoyo institucional sólido. Lo que podían ofrecer era, esencialmente, su presencia. Y la presencia resultó ser, en ese territorio, el recurso más escaso y más necesario.


El 5 de noviembre de 2024

El 17 de septiembre fue la primera vez que caminaron desde Santa Fe hasta el San Bernardo. El padre José lo recuerda con esa mezcla de agobio y apertura que producen los territorios que te desbordan. Semanas después, el 5 de noviembre, escribió uno de los textos más hermosos de toda esta experiencia. No un informe. Un poema:

Mal del puerco en el cuerpo.

Quiero dormir, ya voy tarde, estoy cargado de desánimo. Oramos y empezamos a caminar.


Piel de color negra que disimula un poco las cicatrices, pero suavizo la mirada, y ahí están en manos y pies, me conecta con las mujeres del campo.


El cuerpo semidesnudo, maquillaje plateado y entre más vieja la piel, más pintura.


Y esta mujer de edad avanzada con el corazón conectado con el dolor del otro, la que fue su próxima y al mismo tiempo su rival, nos dice: «Pidamos por las siete que ya no están con nosotras: la que el novio la mató a puño, la que me prometió que cuando iba a tener una casa me iba a llevar consigo, la bonita, la rubia, Leslie.»


Olor a ropa húmeda, audífonos en las orejas, pelo negro. Y al platicar con ella, percibo una dicotomía: «ven — aléjate». Se confunde de mi nombre y me dice Carlos es un bonito nombre.


Mariposa es el suelo que la sostiene, y ahí un ángel con un aparato de sus oídos para escuchar, la bendecimos y nos dice: «Dios me los envió porque mi hijo fue asesinado hace 10 días.»


Bares, mercados, gente que pasa, lluvia, paraguas. Y al detenernos, no sorprende el paso de una que nos dice: «Soy famosa, ayer salí en la tele.»


Dolor atrás del dinero, dolor atrás de esta vida para sobrevivir, dolor, oculto, y el cuerpo desnudo.


P. José Suárez Trueba, S.J. Caminata por la carrera 13a, calle 18 y parque de La Mariposa

El nombre que cada mujer elige para circular en ese espacio es mucho más que un apodo. Es una forma de seguridad ante una amenaza real: muchas de estas mujeres están huyendo de tratantes - familiares u organizacionales -, o necesitan ocultarse de la vergüenza que saben que su situación genera en sus redes de origen.


Ese nombre protege. Pero esa protección tiene un costo: produce una fragmentación psicológica profunda, una separación entre el cuerpo que existe en el territorio y la persona que existe en otro lugar, en otro nombre, en otra vida.


Recordar el nombre adoptado de una mujer, como uno de los ejercicios de memoria que posibilita la intimidad y la generación de encuentros y, en los espacios de mayor confianza, el nombre real que hay detrás, se convirtió en un acto de reconocimiento que el equipo aprendió a acoger como un gesto de generosidad y confianza.


LA ATENCIÓN

             como generosidad

Una frase de Simone Weil ilumina esta práctica con precisión filosófica: «La atención es la forma más rara y pura de la generosidad.» La presencia no instrumental - estar sin buscar sacar algo a cambio: ni información, ni resultados, ni validación moral, ni crecimiento pastoral - se convierte en el gesto más profético que ese territorio puede recibir. Porque en un espacio donde los cuerpos son comprados, usados y descartados, el simple hecho de que alguien llegue sin comprar y sin usar ya introduce una ruptura que el sistema no sabe bien cómo procesar.

“Son interacciones basadas en la conversación generosa y gratuita, desde la ética del cuidado.

Un esfuerzo importante en una sociedad que nos empuja en la búsqueda del éxito a través de estadísticas, y en un contexto donde prevalece el negocio comercial, la desconfianza de todos contra todos, secretos que guardan violencias, coaliciones de sobrevivencia entre personas y grupos.”

Hna. Adriana Patricia Angarita, NSCBP

“En un territorio atravesado por la lógica del consumo - donde los cuerpos son comprados, usados y descartados - la presencia no instrumental se vuelve un gesto profundamente contracultural. Significa estar sin buscar sacar algo a cambio. Descubrimos que el signo más profético y amoroso que podemos ofrecer es una presencia no consumidora.”

P. José Suárez Trueba, SJ


La espiral del vínculo

El proceso no es lineal. Nunca lo fue. Comienza en la desconfianza, en la lectura asistencial de la presencia del equipo, en la expectativa de ayuda inmediata. Luego viene lo más difícil: permanecer sin transacción. Volver sin repartir. Soportar la incomodidad de que no pase nada visible. Y hacerlo de nuevo. Y de nuevo.

La hermana Adriana describe su propio movimiento desde la espiritualidad que la sostiene:

“Me hago más preguntas de cómo ejercer la pedagogía de Dios, cómo ser educadora de pasos, de pascuas. ¿Cómo vivir la trashumancia de cada mujer o grupo a quien Dios nos envía? Cada vez me hago más consciente de lo que significa ser pastora en la Pastoral de Salida y Encuentro, quien nos educa es Dios Pastor; por ende, siempre oveja, siempre discípula.”

Hna. Adriana Patricia Angarita, NSCBP

Al mismo tiempo, algo cambió en el padre José:

“Hoy caminamos con más serenidad. Me gusta más estar ahí. He aprendido a ir y volver por la

misma calle, a regresar sin agenda, a compartir simplemente lo que soy. Para mí ha sido un

regalo personal: pasar de la ansiedad por intervenir al gusto por permanecer.”

P. José Suárez Trueba, SJ

Una metodología viva es la que sabe adaptarse cuando el camino se cierra. Con apoyo de Pax Christi Internacional, una de las organizaciones que hace parte de Caminando hacia la Paz, diseñaron una estrategia de acción no violenta: la campaña de la hiena y el ave fénix. Una apuesta simbólica que no juzgaba directamente, pero abría un espejo. No logró el alcance esperado con los prostituyentes. Pero el intento enseñó algo sobre estrategias indirectas que ningún seminario de formación pastoral habría podido ofrecer.

 

El espacio digital abrió otro sendero. La hermana Adriana conocía bien ese recurso porque las Hermanas del Buen Pastor lo habían practicado en otros contextos. El reto consistía en acceder a los números telefónicos de las mujeres. En ese contexto, la hermana Adriana propuso organizar una rifa: entregar una boleta a cambio de que ellas compartieran su número de contacto. Sin embargo, el padre José le señaló - con razón, reconoce ella - que esa estrategia reproducía precisamente la lógica asistencial que buscaban cuestionar. Tocó hacer el camino paciente de la caminada: esperar hasta que una mujer, luego otra, fueran entregando sus números de manera espontánea. Una de las estrategias que ayudaron fue compartir recetas.

 

Además, les propusieron obtener su contacto para recibir un mensaje individual, sin presiones. Desde los primeros chats cotidianos fue tomando forma, hasta que comenzaron a enviar cada domingo una reflexión breve sobre el Evangelio.

 

Desde ahí se abrieron puertas: visitas a hospitales, a cementerios, a momentos de duelo íntimo. Un mensaje llegó en la noche: «Sé que soñé con mi pareja que la mataron en Perú. Necesito que me ayuden a rezarle.» El padre José y la hermana Adriana fueron. Y en ese ir se rompió el último muro: el de la imagen de la Iglesia como entidad que da cosas a una Iglesia que acompaña.

 

Compartir una colada y un liberal (bizcocho tradicional) se convirtió en una metáfora eucarística: no como asistencia ni como respuesta a una carencia, sino como una pedagogía de la hospitalidad, donde la bebida caliente y el pan nutren la conexión, la intimidad y el tiempo compartido en la comensalidad.

“No debemos relacionarnos con los pobres como objeto de nuestra compasión, sino como hermanos y hermanas que nos enriquecen.” —Papa Francisco, Laudato Si’, n. 91

LA CONSTANCIA

             marcó el camino

Las mujeres del territorio empezaron a esperar al padre José y a la hermana Adriana. A notar su ausencia. A extrañarlos. Un día, una mujer del sector de la décima con sexta, en el barrio San Bernardo, se les acercó con ese reproche tierno que solo se les permite a las personas de confianza:


Cuánto hace que no los veía. Extrañaba los abrazos.

Mujer del sector décima con sexta


Y luego habló de su cumpleaños, que había sido en enero, que nadie había celebrado. Ellos cantaron. Otras mujeres que pasaban se fueron acercando. Cantaron también. Y en esa esquina, en ese instante que no aparece en ningún informe de indicadores, algo se movió que difícilmente pueda ser revertido: una persona que se creía invisible descubrió que alguien la recordaba.

“El mayor logro que tenemos es que la mirada de ellas hacia nosotros ha cambiado. Cada vez les interesa menos si llevamos algo o no. Lo que importa es la relación.”

Hna. Adriana Patricia Angarita, NSCBP

Y el padre José lo confirma desde su propia experiencia:

“Hemos aprendido que el Reino no irrumpe con espectacularidad, sino en la repetición humilde de la presencia. Esa constancia - más que la intensidad - ha sido el verdadero proceso.”

P. José Suárez Trueba, SJ

Las caminatas están evolucionando hacia algo que el padre José llama con entusiasmo un centro de escucha callejero: un dispositivo pastoral sin paredes, sin horarios fijos, sin formularios de ingreso. Se construye allí donde ocurre el encuentro: en la calle, en la esquina, en el caminar compartido. La diferencia con cualquier centro de escucha pastoral no es solo arquitectónica: aquí no se espera que las personas lleguen con una demanda elaborada de su dolor.


La escucha callejera se ejerce también a través del cuerpo, del silencio, del tiempo compartido. Y en ese espacio, la persona puede contarte que está feliz porque vio a su hija o que está destrozada porque la acaban de asaltar. La vida entera, sin filtros, sin encuadre que segmenta y clasifica.


Las piedras del camino y la gracia de no ignorarlas

Una de las virtudes más infrecuentes en el mundo pastoral es la honestidad sobre los propios límites. El padre José y la hermana Adriana la practican con una soltura que hace su experiencia aún más confiable.


Esta práctica no transforma las estructuras por sí sola. No puede reemplazar las políticas públicas ausentes ni los cambios culturales que requieren generaciones. Es un aporte situado a la construcción de paz cotidiana, no una solución total. Lo que distingue a este proceso no es ser el único ni el mejor, sino su capacidad de reconocer con honestidad los propios desaciertos y su libertad relativa respecto a los marcos institucionales que con frecuencia son más carga que apoyo.


La hermana Adriana lo describe con la imagen de quien siembra sabiendo que tardará en ver la cosecha:

“Esta es una larga lucha de muchas organizaciones, muchas frágiles ante el lobby proxeneta y ante Estados que encontraron en la normalización de la explotación sexual una forma de mejorar sus estadísticas de empleo. Nuestro esfuerzo es uno más, y tiene la ventaja del reconocimiento de los desaciertos y de no tener que responder a un marco institucional. Dedicar tiempo a esto es como cultivar robles hacia su plena maduración.”

Hna. Adriana Patricia Angarita, NSCBP

El padre José, por su parte, nombra la lucha interior con la valentía de quien no ha terminado de resolverla:

“Ha sido una lucha creer en esto que hacemos. La lucha de apostar por una transformación que ocurre en lo invisible, en lo cotidiano, en lo que no aparece en ningún indicador, pero que es, quizás, lo único que verdaderamente dura.”

P. José Suárez Trueba, SJ 

Lo que no puede hacerse solo

El aviso más importante para quien quiera replicar este camino es uno que ambos dan con claridad: no se puede caminar solo durante mucho tiempo por territorios de esta intensidad. Se necesita una comunidad que discierna, que sostenga, que corrija.

 

Ese espacio lo encontraron, precisamente, en Caminando hacia la Paz. La comunidad latinoamericana fue la red que les permitió pensar en voz alta, contrastar su experiencia con la de otros caminantes del continente, recibir la mirada de quienes podían ver lo que desde adentro no se alcanza a ver. Sin ese sostén comunitario, el camino se habría vuelto insostenible.

“Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.” Mt 5.9

Hay una frase que el padre José y la hermana Adriana llevan como bandera y que condensa, mejor que cualquier marco teórico, la esencia de todo lo que han vivido y construido en estos territorios entre Los Mártires y Santa Fe: la paz comienza cuando alguien permanece. No cuando alguien interviene. No cuando alguien resuelve. Cuando alguien permanece.


Permanecer es el acto más contractual y más evangélico que existe en un mundo obsesionado con la eficiencia y los resultados visibles. Permanecer es decirle al otro, semana tras semana, martes tras martes: aquí estoy. Vuelvo. No me voy. Es la forma más radical de creer en alguien.

 

La hermana Adriana lo formula desde la espiritualidad de una pastora que se sabe oveja:

Quien nos educa es Dios Pastor. Él es quien acompaña las pascuas personales y comunitarias. Él provee. El tiempo es de Dios. El tiempo que le dedicamos a una persona es el mejor y más valioso recurso.”

Hna. Adriana Patricia Angarita, NSCBP

La convocatoria no tiene un destinatario único. Es para los equipos pastorales que ya caminan cerca de territorios de vulnerabilidad y buscan una postura diferente. Para las comunidades religiosas cuyo carisma las orienta hacia las periferias. Para las parroquias de barrio que tienen sectores, comunidades y personas en condición de vulnerabilidad. Para las laicas y los laicos formados en espiritualidad social - y son muchas las mujeres, laicas y religiosas, que se sienten llamadas a este tipo de pastoral - que sienten el llamado, pero no saben cómo responderle. Para las organizaciones de fe de América Latina y el Caribe que trabajan en los territorios más heridos.


La Pastoral en Salida y Encuentro es un llamado que nos invita a una actitud de apertura y disponibilidad al aprendizaje, la capacidad de dejarse tocar por el territorio y por las personas que lo habitan. El criterio central no es la experticia previa, sino la disposición a caminar procesos sin controlarlos, a escuchar sin dirigir, a sostener vínculos sin instrumentalizarlos. 

“El encuentro transforma cuando estamos dispuestos a dejarnos transformar.”

P. José Suárez Trueba, SJ


“Fui extranjero y me acogisteis. Estuve desnudo y me vestisteis. Estuve enfermo y me visitasteis.” Mt 25, 35-36

Que las huellas de los pasos del equipo de la Pastoral de Salida y Encuentro, sirvan como semilla. Que lleguen a los rincones donde hay personas que ya sienten el llamado, pero todavía no saben cómo responderle. Que inspiren a comunidades enteras a preguntarse no cuántas personas atendieron el mes pasado, sino si alguien - una sola persona, en un solo encuentro de un martes lluvioso - escuchó, miró a los ojos, recordó el nombre y dijo: te extrañaba. Porque allí, en ese pequeño milagro cotidiano, comienza la paz.

PARA CONTINUAR

este camino

WhatsApp: (+57) 321 354 6981

Fuentes y referencias:

[1] Caminando hacia la Paz. (2025). La Comunidad. Comunidad de Práctica para la Construcción de Paz en América Latina y el Caribe. Recuperado de https://www.caminandohacialapaz.com/lacomunidad

[2] Secretaría de la Mujer de Bogotá. (2015). Caracterización de personas que realizan actividades sexuales pagadas en Bogotá. Observatorio de Mujeres y Equidad de Género. Alcaldía Mayor de Bogotá.

[3] El Tiempo. (2015, 16 de junio). Explotación sexual infantil en Bogotá comienza antes de los 15 años. Recuperado de https://www.eltiempo.com/archivo/documento/CMS-15954316

[4] Portafolio. (2018, 26 de julio). Venezolanas, de las mayores víctimas de explotación sexual en Bogotá. Recuperado de https://www.portafolio.co/economia/panorama-de-la-prostitucion-en-bogota-519248

[5] Defensoría del Pueblo de Colombia. (2024, 9 de mayo). En lo que va del año en Colombia, la Defensoría ha atendido cerca de 80 casos de trata de personas. Recuperado de https://www.defensoria.gov.co

[6] Procuraduría General de la Nación. (2024, 30 de julio). Más de 190 casos de trata de personas registrados en primer semestre 2024. Recuperado de https://www.procuraduria.gov.co/Pages/mas-190-casos-trata-personas-registrados-primer-semestre-2024.aspx

[7] Cuesta, I. & Guerra, M. (2024, 2 de julio). No es turismo, es explotación sexual: el problema a fondo. Fundación Ideas para la Paz. Recuperado de https://ideaspaz.org/publicaciones/opinion/2024-07/no-es-turismo-es-explotacion-sexual-el-problema-a-fondo

Crónica

Carlos Henao Gaviria

Bogotá, Colombia 2026

 
 
 

Proyecto ganador en “Juntos Construimos Paz”, Feria y Concurso de Proyectos de los participantes del Diplomado en Construcción de Paz y Transformación Social de Conflictos


Una iniciativa de la directora, el personal y voluntarias de la Fundación El Buen Pastor (FBP) de Colombia, así como de la gerente regional de Good Shepherd International Foundation (GSIF) para América Latina y el Caribe.

En Venezuela, la crisis política, el colapso económico, la confrontación social causada por el choque entre ideologías, entre otras causas con graves y progresivas consecuencias, han motivado, especialmente desde 1999, una oleada de migración forzada hacia otros países. A finales de 2023 se calculaba que más de 7,722,000 personas se habían desplazado buscando oportunidades, siendo Colombia el país receptor con más cantidad recibida: casi 2.9 millones (37.6%) según la Plataforma de Coordinación Interagencial para Refugiados y Migrantes de Venezuela, creada por la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) y el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR).


Esa tragedia humana aumenta cuando las condiciones de los y las migrantes no son las que anhelaban hallar en los territorios receptores y, sobre todo, cuando no tienen un estatus regular o de refugiado legalmente acogido, haciendo que mucha gente se vea abocada a vivir en condiciones de xenofobia, exclusión o explotación.


Thiana de Lourdes Balza Mora, venezolana, voluntaria de la Fundación El Buen Pastor (FBP), explica que muchas mujeres y familias de su país llegan en búsqueda de posibilidades que se les negaron allí, tales como acceso a la salud, al trabajo, la educación, la seguridad, la alimentación, y que muchas, por no contar con recursos económicos suficientes, se ven obligadas a ubicarse en zonas de alto impacto social, como lo es el Barrio Santa Fe, en la capital de Colombia, Bogotá, caracterizado por fuertes carencias socioeconómicas


Al llegar a dicho barrio, la gran mayoría de esas personas y familias migrantes buscan ganarse la vida de forma digna, sea vendiendo comidas o dulces en las calles, o buscando obtener un trabajo formal, entre otros. Pero, en ocasiones, en ese contexto de vulnerabilidad enfrentan conflictos por diversos motivos. Por ejemplo, “las arepas que vende la mujer colombiana son más económicas que las que vende la mujer venezolana, o viceversa, y por ello se presentan enfrentamientos”, comenta Thiana.


Ese escenario exacerbado por políticas y prácticas dañinas asistenciales, desequilibradas e inequitativas que resquebrajan la confianza y la solidaridad, fue justamente el que eligieron Thiana y siete compañeras más que participaron en una de las cohortes del Diplomado en Construcción de Paz y Transformación Social de Conflictos para diseñar, como actividad final del proceso formativo, una propuesta que aportara a la solución de conflictos entre mujeres. De ahí nació lo que denominaron Transformación de conflictos con espacios de reconciliación comunitaria, propuesta que ha sido avalada por la Fundación El Buen Pastor (FBP), la oficina regional Good Shepherd International Foundation (GSIF) para América Latina y El Caribe, y otras entidades pertenecientes a la Red de Aliados en la ciudad de Bogotá, entre ellas la Fundación Eudes, presente desde hace varios años en el barrio Santa Fe.


Heidy Hochstatter García, Gerente Regional para América Latina de la GISF;  la Hna. Adriana Patricia Angarita Camacho, Directora de la FBP (entidad sin ánimo de lucro ubicada en Colombia y Venezuela); Laura Valeria Zapata Aristizábal (Coordinadora de Programas y Planeación), Juliana Valencia Cardona (Coordinadora de Proyectos) y María Isabel Muñoz Cano (Coordinadora de Talento Humano), también de la  FBP; Claudia Adriana Pérez Esteban y Doris Sánchez Contreras, voluntarias de la FBP en Bogotá, son las otras integrantes del grupo. Todas ellas emprendieron el camino propuesto desde el equipo docente del diplomado para formular esta propuesta, la cual está en proceso de implementación de una prueba piloto y que, por su calidad y pertinencia, fue una de las seleccionadas y reconocidas en la feria-concurso “Juntos Construimos Paz”, evento organizado por la Comunidad de Práctica Caminando hacia la Paz, entre octubre y diciembre de 2023.


Para diseñar el proyecto, primero analizaron las causas y las consecuencias del problema con mucho detalle, consultando fuentes fiables que les aportaran un panorama lo más fidedigno, veraz y completo posible. Posteriormente, analizaron los actores directos e indirectos involucrados en el conflicto, así como aquellos que podían aportar a su mitigación y gestión, reconociendo el tipo de relación entre ellos. A partir de allí, formularon una teoría de cambio en la que sustentaron el diseño de su propuesta: 

TEORÍA DE CAMBIO DE LA INICIATIVA

Si promovemos la participación de las mujeres en espacios seguros de encuentro y diálogo, en un ambiente de resignificación simbólica, entonces lograrán transformar el lenguaje de uso cotidiano como herramienta de solidaridad y paz, porque al desarrollar estrategias conciliadoras construyen sus proyectos de vida e inciden en los de sus familias y comunidad.

Después, vino la fase de ideación de la estrategia y las actividades a desarrollar, así como el diseño del plan de control y evaluación, para lo cual, como explica Valeria Zapata, tomaron como ejemplos metodologías significativas orientadas a la construcción de paz con mujeres, como lo es ¡Mujer, no estás sola!, con sus grupos de apoyo de mujeres (GAM): 


Partimos de esa experiencia cercana que tenemos en la región, pues hemos implementado dicha metodología en las cinco sedes que tenemos en Colombia y en la sede de Venezuela. En Bogotá, por ejemplo, actualmente no contamos con una sede física, pero mantenemos una articulación con organizaciones aliadas, como la Fundación Eudes, con la cual facilitamos la metodología con mujeres allí vinculadas, permitiéndonos continuar con el ejercicio apostólico en el sector Santa Fe. Dicha experiencia evidenció, en las narrativas de las participantes, que estábamos tratando con un perfil que es prioritario para nosotros como Fundación, y también para GSIF, como lo es el de las mujeres que viven en condiciones de múltiples violencias. 


Esa práctica previa les mostró, entonces, la vivencia de una disputa por el control territorial entre las mismas mujeres, y un choque en las relaciones, manifestado no solo en acciones de agresión, sino en el uso de un lenguaje asimétrico y violento para posicionarse en un rol de poder, como lo manifiesta Juliana Valencia. Por eso mismo, la iniciativa tiene como eje la transformación de esas narrativas, de esa forma de nombrar y referirse a las otras mujeres, de la manera de comunicarse entre ellas, promoviendo un diálogo desde una perspectiva de reconstrucción de las relaciones y del tejido social, y desde la promoción de la empatía y la convivencia, buscando superar prejuicios, divisiones, rivalidades, actitudes y situaciones de exclusión.


El proceso diseñado incluye cuatro componentes fundamentales que, poco a poco, van haciendo más robusto el proceso, complementándolo y enriqueciéndose a medida que se van desarrollando: 


  • Primero, dinamizar espacios de encuentro y conversación que a lo largo de la experiencia han tomado el nombre de ReconectARTE. Buscan facilitar el acercamiento, generar confianza y propiciar el diálogo. También, que con ejercicios artísticos “las mujeres logren mirarse entre ellas, ponerse en el lugar de las otras, empezar a encontrar puntos de identidad común, y disponer el corazón para acercarse a aquellas con quienes se tiene diferencias”, como dice Claudia Pérez.

  • Segundo, tras vivenciar ese primer componente, promover la inclusión y la solidaridad por medio de una estrategia denominada Talleres Retazos, con la que buscan que grupos colombo venezolanos de mujeres construyan habilidades para crear y comercializar, de forma conjunta, manualidades realizadas con materiales reciclados, sacando adelante emprendimientos colaborativos como una alternativa y oportunidad para reconstruir de forma simbólica el tejido social afectado por las relaciones asimétricas, la disputa en el acceso a los derechos y los lenguajes violentos. 

  • Tercero, la realización de un taller más completo, con las mismas participantes, aplicando la metodología ¡Mujer, no estás sola! y sus grupos de apoyo entre mujeres. Esto ha permitido desarrollar aún más capacidades para promover su empoderamiento y poner en práctica valores como la sororidad. Entre otros motivos, porque esta metodología (GAM) “tiene como gran valor permitirle a las participantes, luego, ser multiplicadoras de esta herramienta a otras mujeres”, como resalta Claudia Pérez.

  • Y cuarto, finalizar con la evaluación y sistematización de lo hecho, de tal manera que se pueda consolidar la propuesta y, sobre todo, empezar a aplicarla en otros territorios, incluso en los que se atienden desde las sedes de la Fundación, en la Provincia Colombo Venezolana.


Si bien todas las autoras trabajan o colaboran en instituciones hermanas, lo cual pudo facilitar el diseño de la propuesta, y si bien ya se tenía acercamientos previos con mujeres del barrio elegido, los testimonios de las premiadas en la feria-concurso resaltan el aporte del Diplomado en Construcción de Paz y Transformación Social de Conflictos pues, como dicen varias, no solo les permitió cohesionarse como grupo, entre el equipo de las organizaciones y las voluntarias, sino también fortalecer las lecturas de los contextos y las realidades, identificar metodologías y herramientas significativas, conocer otras formas de proceder y estrategias impulsadas por otras instituciones para la transformación positiva de los conflictos. También destaca que mediante el ejercicio práctico que se iba haciendo, revisando y enriqueciendo a lo largo de todas las sesiones formativas, se pudo llegar a un resultado digno de recibir apoyo interinstitucional para ser desarrollado.


“Yo creo que Dios nos ha abierto el camino, porque fue por medio de la participación activa en el diplomado que retomamos el pensar en este tema del conflicto entre mujeres migrantes y no migrantes, y fue una oportunidad para que la Fundación también se interesara en él y nos apoyara”, menciona Claudia.


Y complementa Thiana: “nos permitió soñar y nos dio herramientas para hacer esos sueños realidad, porque, justo hoy, por ejemplo, comenzamos la convocatoria en uno de los talleres piloto de la estrategia ReconectARTE, en la sede de la Fundación Eudes”.


Y es que el establecer lazos, redes de colaboración, así como vínculos entre las organizaciones e instancias de la Iglesia, es vital en la construcción de paz, y así lo comprendieron estas participantes en el diplomado, lo que las ha animado a compartir su propuesta en redes y espacios de encuentro entre organizaciones, para que más personas sumen y más entidades apoyen. Eso les ha posibilitado hasta el momento, por ejemplo, hacer un convenio con una productora audiovisual que, mediante ejercicios artísticos, lúdicos, creativos y prácticos, está apoyando los talleres del primer componente, como expone Juliana, y comenzar a establecer alianzas para, más adelante, continuar con la estrategia de los Talleres Retazos.  


Camila Jurado, de la productora, aclara:


Decidimos apoyar estos talleres porque, como nos lo ha enseñado la Hna. Adriana, no solo aprenden ellas, sino que también esto nos permite a nosotros “aportarnos”, al compartir con las mujeres.  Es algo recíproco que nos fortalece como personas.  Por eso, lo que queremos es brindar un espacio para tener el derecho y el privilegio de “habitar y cohabitar”, por medio del arte (juegos escénicos, dramatizaciones, ejercicios vocales, etc.), permitiéndonos conectarnos con nuestra propia voz, con nuestro propio cuerpo, con la capacidad de escucharnos y escuchar al otro, para descubrir quién soy y quién es. De ahí que hemos diseñado un encuentro en el cual, con herramientas artísticas, vamos a poder jugar y crear con la otra persona, sin juzgar quién es, para facilitar lo que sigue después.


La convocatoria es abierta, pero si bien desde la Fundación se puede impactar un número significativo de personas, la presente iniciativa, en su fase piloto, tiene como proyección que por lo menos 20 mujeres (colombianas y venezolanas) se vinculen inicialmente al proyecto y participen activamente en el desarrollo, pues como complementa Valeria, se busca

también posicionar un rostro y una espiritualidad, la del Buen Pastor, para promover que todas las personas aprendan a acoger solidariamente; en este caso, para que las mismas mujeres reconozcan formas de violencia que desdibujan el rostro de quienes las padecen, y para que, juntas, con presencia y acción conjunta entre diversas organizaciones de Iglesia, se reconstruya el tejido y se transformen los lenguajes.


Por eso mismo, las responsables de esta iniciativa agradecen el premio y la ayuda financiera que este incluye y hacen un llamado extensivo a todas las instituciones y personas que deseen vincularse de alguna forma para el desarrollo de la propuesta, para que esta logre los resultados y la incidencia esperada:


El sueño grande es impactar a un número significativo de mujeres, y que logremos fortalecer las actividades. Por ejemplo, logrando que, al final de los Talleres Retazos, se logre constituir una asociación de mujeres y que ellas alcancen a impulsar unos emprendimientos que les permitan obtener unos ingresos económicos, porque este es un pilar fundamental para encontrar una estabilidad e independencia económica –comenta Claudia–. 


Valeria, por su parte, señala la importancia de “hacer una feria para visibilizar los proyectos de transformación de tejidos, no solo para que ellas den a conocer sus proyectos productivos, sino el impacto que ha tenido esta iniciativa en la vida y dignidad mujeres”


En resumen, esta iniciativa es un proyecto semilla en el que ya se han desarrollado acciones significativas, como el acercamiento a la población, la gestión de los espacios físicos, la articulación con la productora audiovisual y, al momento de publicarse este artículo, la implementación de varios talleres de ReconectARTE.


Por eso, vale la pena resaltar y apoyarla, para que con rigor y optimismo, cada vez haya más condiciones para que las mujeres vivan una vida sin violencias, y para que los conflictos, por mínimos que parezcan, sean superados, generando hermandad entre colombianas y venezolanas.

Conozca más de los espacios de reconciliación comunitaria

entre mujeres de Colombia y Venezuela

Sentir y expresar...

Desde mi experiencia como migrante venezolana, y como participante en GAM, a mí el Diplomado me dio muchas herramientas para poder algo que deseo: ayudar a mujeres que, como yo, tuvieron que irse de su propio país, y que vivieron situaciones que hicieron que, incluso, tuviéramos temor o no quisiéramos hablar con otros compatriotas o, incluso, con familiares, por las diferencias en las formas de pesar o en las opiniones políticas.

Thiana

Fue muy significativo conocer formas de accionar, formas de encarar situaciones de conflicto y otras experiencias de construcción de paz desde otras instituciones. Como Fundación nos ha permitido tener una organización y poder autoevaluar nuestras iniciativas, y fortalecer las acciones de transformación que planteamos.

Juliana

Creo que lo más interesante del diplomado fue resignificar la idea de conflicto, porque somos un país que, por nuestra historia, ha asociado ese concepto con lo ‘armado’, con las violencias, desconociendo o minimizando los conflictos cotidianos de otros tipos, como los que se viven al interior de las familias, o los que viven las personas que han sufrido la migración interna o externa. También, que es posible solucionar los conflictos desde acciones cotidianas, que conecten con la realidad de la otra persona, y que la hagan sentir parte de la solución.   

Valeria

Para mí lo mejor fue pensar y plantearnos un proyecto desde cero; y que nos animaran a hacer la prueba piloto, con prueba y error; ha sido muy significativo para mí como persona y profesional. Me mostró que es posible afrontar conflictos que tal vez no son de tanta magnitud, pero que hacen muchos daños; por ejemplo, entre vecinos, entre compañeros de trabajo o en la misma familia. 

Claudia

Todas las personas e instituciones que deseen vincularse como voluntario y/o donante para apoyar esta experiencia, pueden comunicarse con:

Hna. Adriana Patricia Angarita Camacho 

Directora de la Fundación El Buen Pastor Provincia Colombo-Venezolana

Por: Gloria M. Londoño Monroy, FICONPAZ

2024

 
 
 

Fundación Instituto para la Construcción de la Paz, FICONPAZ y Secretariado Nacional de Pastoral Social - Cáritas Colombiana: Aprendiendo de su programa Fortalecimiento a los Consejos Territoriales de Paz, Reconciliación y Convivencia, ConPaz.


Desde su independencia, Colombia ha padecido constantes confrontaciones armadas por el choque entre ideologías políticas distintas. En los años 90, se llegó a un punto cumbre en el conflicto por la entrada en juego de actores de economías ilícitas enfocados en obtener beneficios para sí mismos, a cualquier precio. Siempre la sociedad civil, especialmente en la ruralidad, fue la mayor perjudicada, pues secuestros, masacres intencionadas, muertes colaterales, constantes choques entre opositores, entre otros hechos, dejaron a su paso millones de vidas profundamente afectadas.


En esa misma década, el país llegó a acuerdos para fundar una nueva constitución política que promovía con ahínco, por primera vez, la participación ciudadana y civil, considerando a las comunidades y colectivos vulnerables o minoritarios. Y fue entonces cuando empezaron a aparecer y a funcionar estrategias para hacer efectivo el mandato constitucional, como el Consejo Nacional de Paz, creado por ley en 1998.


El no saber cómo participar, el desconocer cómo organizarse, el no estar acostumbrados a que se escuchara su voz, el temor a la participación y la exposición pública, el desinterés de algunos gobiernos de turno por ese mecanismo de participación, hizo que el Consejo –conformado en aquel entonces por un 70% de representantes de instancias gubernamentales, y un 30% de la sociedad civil– se quedara en el papel, como un organismo ‘decorativo o de fachada’, con reuniones ocasionales y sin mayor impacto.


No obstante, por iniciativa y presión de la misma sociedad civil, tras los acuerdos entre el Gobierno nacional y las FARC, en 2016, se revivió y revitalizó la figura con el Decreto Ley 885 de 2017, bajo el nombre de Consejo Nacional de Paz, Reconciliación, Convivencia y No Estigmatización, como se le conoce en la actualidad.


Desde entonces, la Iglesia y otras organizaciones se han apropiado de esta instancia –actualmente con un 30% de representantes gubernamentales y un 70% de representantes de 30 sectores de la sociedad civil–, y han hecho que realmente ejerza su función: ser consultora y asesora para los gobiernos nacional, departamentales y municipales, para incidir de forma efectiva y pertinente en la toma de determinaciones que afectan, de forma directa o indirecta, la construcción integral de la paz y de una cultura de no-violencia.


Monseñor Héctor Fabio Henao, quien fuese por muchos años el director del Secretariado Nacional de Pastoral Social–Cáritas (SNPS), y quien es el fundador y director de la Fundación Instituto para la Construcción de la Paz-FICONPAZ, fue nombrado primer presidente del nuevo Consejo, y su principal reto fue enfrentarse a preguntas veladas que se hacían desde muchos sectores: ¿cómo organizarnos y hacer efectiva la voz colectiva, para que sea escuchada y considerada por los distintos niveles gubernamentales, en diversos territorios? ¿Cómo conformar y, sobre todo, dar vida a los consejos regionales y locales? ¿Cómo articularlos entre sí? ¿Cómo vehicular, desde las bases, decisiones, comunicaciones y propuestas hasta la instancia nacional, para que no se dispersen los esfuerzos y no se difumine o distorsione la voz?


Alejandro Pérez participó en ese primer momento desde SNPS-Cáritas en la definición y la puesta en marcha del Consejo Nacional, y por ello nos cuenta la trascendencia que tiene ese organismo y algunos retos superados:


La importancia del Consejo es que realmente es la instancia de participación más diversa que tiene la sociedad colombiana (participan niños, niñas, adolescentes, mujeres, hombres y personas de otros géneros, campesinos, organizaciones civiles, distintos sectores…) que está reglamentada y reconocida en el orden jurídico.


Al principio, nos enfrentamos a retos prioritarios. Uno fue cómo hacer, considerando esa diversidad, una construcción de política pública de manera articulada, escuchando a las regiones, a la ruralidad y a los sectores participantes para que se sintieran incluidos; eso implicaba preguntarse cómo organizarnos, cuál iba a ser el reglamento interno, cómo se iba a trabajar en las comisiones. Por otra parte, estaba el constituir los consejos territoriales (departamentales y municipales). Y uno más fue que, por el proceso de paz que se estaba adelantando, era necesario pensar cómo garantizar y tener participación en la implementación de los acuerdos.


Comenzó, entonces, todo un esfuerzo pedagógico y de acompañamiento para fortalecer los consejos territoriales, así como para motivar la participación, el compromiso y la implicación civil, de tal manera que la sociedad se apropiara de esos espacios y mecanismos de participación civil. Nació, entonces, ConPaz, con apoyo de entidades como el Departamento de Estado de los Estados Unidos, como comenta Alejandro, ahora gerente del programa:


“Comenzamos en 10 regiones, con 50 consejos de paz, con dos objetivos muy sencillos.


El primero, de fortalecimiento interno. Eso implica revisar, por ejemplo, decretos nacionales, acuerdos municipales y ordenanzas departamentales; crear el reglamento interno; definir el plan de trabajo a cumplir en un tiempo determinado, para que las acciones no vayan a la deriva; capacitar para facilitar la comprensión de conceptos y procesos que ni siquiera los gobernantes a veces comprenden (qué implica ser consejero o consejera, cuál es su alcance y rol, cuál es la diferencia entre el Consejo y lo que hacen otros estamentos, como la figura de Alto Comisionado para la Paz, por ejemplo).


Es importante destacar, en este punto, que es cada sector el que se organiza, el que define sus representantes; no es quien encabece la alcaldía o la gobernación, o nosotros. Por ejemplo, son los campesinos quienes eligen a sus campesinos, o los grupos de mujeres las que escogen quiénes llevarán sus voces.


El segundo objetivo es de fortalecimiento externo para hacer que se conviertan en espacios relevantes de construcción de paz y conciliación, mediante acciones específicas transformadoras. Es decir, cuando ya tenemos una instancia articulada, organizada, comenzamos a acompañar y animar las acciones que definen en su plan. Por ejemplo, en algunas regiones, hacer seguimiento a la implementación de los acuerdos de paz con las FARC en sus territorios, o hacer que el tema de paz se incluya en los planes de desarrollo que definen alcaldes y gobernadores y que aprueban concejales locales o miembros de las asambleas departamentales.


La primera etapa del programa terminó (en 2023) con 125 consejos en funcionamiento, en 13 departamentos de Colombia.


Los Consejos de Paz, Reconciliación, Convivencia y No Estigmatización son hoy una realidad en ejercicio; un movimiento que, incluso, está siendo esencial para la tramitación de conflictividades locales entre la sociedad civil (en la ciudad de Cali y en el departamento de Caquetá, por ejemplo, hay casos significativos). También, para la gestión de problemáticas ambientales, la promoción del respeto a la dignidad humana, temas relacionados con la diversidad de género, la atención de situaciones asociadas a la movilidad humana (interna o transnacional) y al desplazamiento forzado, o la unión con la institucionalidad local para desarrollar diversos proyectos que buscan el bien común, el bien de la casa común, tratando de evitar las vías de hecho, como explica Alejandro.


Promover el seguimiento desde la sociedad civil a la implementación de los acuerdos de paz ha sido de lo más destacado, porque eso no es solo responsabilidad de la Procuraduría o los países garantes. También, las acciones y la incidencia para hacer efectiva la justicia restaurativa; el haber podido organizarse para realizar propuestas y jalonar recursos para hacerlas posibles, trabajando mancomunadamente con la institucionalidad, o el participar en diálogos regionales hechos para diseñar o validar el plan de desarrollo nacional en el actual gobierno.


ConPaz ha sido, pues, una experiencia que está dejando muchos aprendizajes no solo para Colombia, sino para todos nuestros países de América Latina y El Caribe, pues si bien ese tipo de consejo se ha utilizado en diversos países del mundo para hacer posible la paz, el proceso de fortalecimiento, de animación, de acompañamiento y de seguimiento llevado a cabo ha posibilitado dar continuidad, estabilidad y proyección a las voces y a los esfuerzos, desde enfoques de pluralidad y equidad.

Además, ha dejado materiales educativos y documentación muy valiosa, que contribuye al fortalecimiento de los Consejos, pero que, también, puede servir para orientar procesos e instancias similares, esto, gracias a la creación de una caja de herramientas en línea llamada La despensa de la Paz, sitio web que: encuentra su inspiración en el Respuestario para los Consejos Territoriales de Paz, Reconciliación y Convivencia, esfuerzo conjunto entre la Misión de Apoyo al Proceso de Paz de Colombia – MAPP-OEA, el Secretariado Nacional de Pastoral Social – Cáritas Colombiana, la Fundación Instituto para la Construcción de la Paz – FICONPAZ y la Oficina del Alto Comisionado para la Paz – OACP, para brindar herramientas que promuevan y fortalezcan instancias de participación ciudadana, especialmente para fortalecer y promover los CTPRC” (Caja de herramientas en línea https://despensadelapazficonpaz.com/).


De todas formas, aún quedan muchos retos, como el seguir construyendo condiciones para derribar muros financieros o culturales que ponen barreras a las potencialidades que tienen los consejos territoriales. Por ejemplo, para que los diálogos en esos mismos espacios sean pacíficos, sin hostilidades; o el aprender a valorar la diversidad de actores que pueden participar, que pueden sentarse a construir en la misma mesa, el empresario más reconocido, un campesino, una persona excombatiente, o una persona sin estudios formales. También, el desmitificar ideas dañinas, como que quien hace parte de la sociedad civil participativa es de una posición política de izquierda adversa a la democracia o en combate con la institucionalidad; e igualmente, el construir cultura política, de lo que es ejercer la política desde la ciudadanía; seguir favoreciendo y animando la democracia local; el mancomunar capacidades, o el seguir buscando, juntos, la apropiación completa de la seguridad civil.


El futuro se construye desde el presente, lo mismo que la paz. Por eso es de destacar, para quienes hacemos parte de esta Comunidad de Práctica, esta experiencia que nos permite aprender del programa Fortalecimiento a los Consejos Territoriales de Paz, Reconciliación y Convivencia, ConPaz.

Para más información, se recomienda consultar:

Textos: Gloria Londoño Monroy

Fotografías: FICONPAZ

2023

 
 
 
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